USS DESTROYER ALMAGRO: LA PAZ ES YA por Milton Romani Gerner*

Delenda est Venezuela. A la manera de moderno y anfetamínico Catón, Luis Leonardo Almagro sigue gritando donde sea que “hay que destruir Venezuela”. Es como una obsesión maníaca. Lo vocifera siempre que puede, actúa con una intensidad tan destructiva como patética. Destruye todo a su paso.

Destruyó, con show mediático armado junto a Juan Guaidó, Sebastián Piñera e Iván Duque, un pretendido Día D en el que las fronteras se vulnerarían porque venía ayuda humanitaria. La propia Cruz Roja advirtió que no participaría en estas acciones porque no se cumplía con los principios de imparcialidad, neutralidad e independencia que rigen su accionar. Millones de dólares y horas de medios de comunicación para disfrazar la pretendida ayuda humanitaria y Almagro va y dice: “La ayuda milit… ehhh… ayuda humanitaria”. Como docente de Psicopatología, ya guardé el video para mostrar gráficamente qué es un acto fallido, un lapsus: expresión genuina del inconsciente.

Destruye, como autodesignado presidente de la Organización de Estados Americanos (OEA), a la OEA misma. La está dinamitando. En su credibilidad, en su institucionalidad. No hay antecedentes de secretario general alguno que haya ignorado como él a los 34 embajadores que integran el Consejo Permanente, autoridad máxima luego de la Asamblea General (o reunión de ministros). Está a su servicio y no al revés. Ha procedido con soberbia y prepotencia, humillando a representantes genuinos de los estados. A pesar de ello, no ha podido congregar voluntades para emitir resoluciones del tenor que él invoca públicamente y que se emiten como si fueran de la organización.

Destruye el multilateralismo. Impedido de pronunciamientos del tenor bélico que su desvarío aconseja para Venezuela, apoyó la creación del Grupo de Lima, una práctica reñida con toda la tradición de la OEA o de cualquier organismo multilateral. El funcionamiento democrático impone mayorías o consensos. Si no se logran ciertos cometidos, es improcedente conformar grupos laterales que continúen en posiciones minoritarias. Lamentable y liquidacionista. Para los países pequeños, como los hermanos caribeños y muchos latinoamericanos, esto es un toque de alarma.

Destruye lo que él mismo afirmaba en su discurso de asunción, el 18 de febrero de 2015: “Mi norte es América. Mi sur también es América. Mi centro y el Caribe son América. Toda ella, su gente, su mezcla, sus penurias y sus oportunidades. Mi objetivo es poner a la OEA al servicio de todos los americanos, independientemente de su raza, origen, extracción social u orientación sexual. Más derechos para más americanos será nuestro lema, con la OEA cada vez más cerca de la gente. Juntos podemos darle a la OEA una credibilidad que hoy todos reclaman”.

Destruyó la confianza que depositamos en él la fuerza política que integraba, el equipo que lo acompañó en el ministerio, incluido el apoyo que le dio Pepe Mujica para que asumiera como secretario general. Como embajador ante la OEA, hice las tareas, alianzas y contactos pertinentes para que asumiera y le diera un giro de nuevo tipo al organismo. Lo hice con orgullo y pasión militante. Tarea difícil pero posible: borrar la leyenda negra de la OEA y potenciar sus aspectos más progresistas (sistema interamericano de derechos humanos, políticas de drogas, enfoques diferentes respecto del desarrollo e inclusión). Realmente se podía cambiar la OEA. Había condiciones. Almagro las destruyó todas.

Destruye toda posibilidad de generar climas y caminos de diálogo entre venezolanos. Reparte insultos de imbécil a todo el que discrepa con él y pretende abrir caminos pacíficos. Es verdad que el gobierno de Nicolás Maduro no dio muestras ni confianza de un diálogo posible. No menos cierto es que la extrema derecha que lidera hoy la oposición tampoco se ha caracterizado por tener mejor disposición. Han apostado al golpe militar interno, al bloqueo, a la injerencia de todo tipo y a preparar las condiciones para una invasión armada al suelo venezolano, alentados por un vocero como Almagro, que imposta representación. Estas medidas, lejos de resquebrajar la moral del gobierno chavista, lo han fortalecido.

Se ha generado un clima de linchamiento en el que sirve todo insulto, toda provocación, toda mentira y ninguna sensatez. Sr. Mike Pence: ¿que harían el día después de que las tropas ocuparan eventualmente suelo venezolano? Ahora que hasta el propio Grupo de Lima, liderado por Brasil y Chile, niega esa posibilidad, ¿continuará adelante? ¿Se les ocurre que los seis millones de venezolanos y venezolanas que votaron y apoyan a Maduro se irán tranquilitos a sus casas? ¿O ese es el objetivo: generar un largo conflicto desestabilizador de toda la región?

Una pregunta similar es válida también para la dirección mayoritaria del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV): ¿se piensa sensatamente que la oposición, en este clima de emergencia, volverá a sus casas resignada? ¿Se supone que no hay bronca social? ¿Son todos terroristas sus presos? ¿No sería mucho más inteligente sentarse finalmente a negociar, como promueven México, la Comunidad del Caribe y Uruguay? Negociar significa ceder en algunos puntos. Es así.

La no injerencia implica que no se establezcan condiciones. Correcto. Pero se tendrá que admitir que una de las salidas inevitables será dirimir esto en las urnas, en un clima de libertad y pacificación. Hemos leído el planteo de chavistas agrupados en una plataforma que sugieren el uso del artículo 71, referido al referendo consultivo. ¿No sería interesante al menos conversarlo?

Sería bueno recordar hoy aquella magnífica intervención del comandante Hugo Chávez en la Cumbre del Grupo de Río en 2008, convocada a raíz de las reacciones suscitadas por la incursión militar colombiana en territorio ecuatoriano, que mató a 22 guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Álvaro Uribe era el presidente y también fue a esa cumbre. A pesar de que el propio Chávez había ordenado movilizar diez batallones a la frontera y dijo que enviaría los nuevos aviones Sukho Su30 MK2 en caso de que se ordenara una incursión militar colombiana al territorio venezolano o un nuevo ataque a Ecuador, la magia de la diplomacia y la política resplandeció con una invitación a un apretón de manos de los confrontados. No sé si es comparable. Pero es verdad que siempre hay un espacio para negociar y bajar las armas.

Almagro: abstente de comprender esto, porque en tu fuga hacia adelante lo único que tienes seguro es tu autodestrucción. Es más, podrías ahorrar tiempo y colaborar renunciando ya a tu cargo y dejando que el honorable y sabio secretario general adjunto, el buen amigo Néstor Méndez, se haga cargo de la organización, seguramente con más apego a la institucionalidad y con el respeto debido a sus colegas embajadores. Sería un salvataje magnífico. Algo así como una ayuda humanitaria para la OEA.

Publicado en La Diaria el 27 de febrero de 2019

Fotografía de AFP

*Milton Romani fue embajador ante la OEA y fue secretario general de la Junta Nacional de Drogas

TEXTO DE LA PROCLAMA LEÍDA EN EL ACTO POR LA PAZ Y POR EL DIÁLOGO EN VENEZUELA

Venezuela vive horas críticas. El pueblo venezolano enfrenta el delicadísimo momento histórico de enfrentarse tal vez, aunque nos atemorice tremendamente sólo pensarlo, a una guerra, promovida y patrocinada por la injerencia externa. Por eso, para quienes creemos en una América Latina libre, soberana, unida y en paz, Venezuela es hoy el continente. Y el continente es Venezuela. Todos y todas nos jugamos una parada grave en estos días en la tierra de Bolívar.

En ese contexto, expresamos claramente y sin miramientos que el liderazgo de Uruguay y México en el llamado al diálogo por Venezuela, con la reunión que hoy se realiza en nuestra capital, es de crucial importancia. Reconocemos y saludamos el papel de nuestro gobierno para facilitar una salida pacífica a la conflictividad interna de Venezuela, especialmente en momentos en que los países aglutinados en el “Grupo de Lima” y otros Estados a nivel mundial se alinean a Estados Unidos en su intentona injerencista y belicista. Estrategia norteamericana de afán imperial con decenas de antecedentes a lo largo de la historia y en los diversos continentes, donde los pueblos han puesto siempre los muertos.

Las organizaciones y movimientos sociales que nos reunimos hoy en Montevideo, en el marco de una serie de movilizaciones en diversos países de las Américas por la paz y el diálogo en Venezuela, tenemos claro que el futuro de ese país lo deben resolver los venezolanos y las venezolanas.

Reivindicamos la soberanía de ese pueblo, su derecho a la autodeterminación, y nos manifestamos en solidaridad ante el momento actual. 

A la ofensiva de la derecha internacional, los pueblos respondemos con más unidad y solidaridad.

Somos plenamente conscientes del gravísimo momento histórico al que nos enfrentamos, que de la mano intervencionista y belicista nos puede conducir a una guerra civil en Venezuela, o lisa y llanamente a una ocupación militar de Estados Unidos y aliados. De esta manera el pueblo uruguayo honra una vez más su historia de compromiso con la paz y la democracia.

Vaya si la paz y la democracia estarán en juego en América Latina hoy. Fue un golpe de Estado parlamentario el que destituyó a Dilma Rousseff de la presidencia de Brasil en 2016. Y fue un golpe judicial (y político, claro está) el que apartó a Lula de la posibilidad de ser candidato a las elecciones del pasado año. Algunos les llaman “golpes blandos”. No hay “golpes blandos”, hay golpes y punto, hay afrentas y ataques directos a la democracia y las voluntades populares, con graves consecuencias para la gente común y los luchadores sociales. No olvidemos que hace apenas poco más de un año en Brasil fue asesinada la militante política y concejal en Río de Janeiro, Marielle Franco. Asesinato impune hasta hoy. Ni que actualmente el gobierno fascista brasileño obliga al exilio a los activistas políticos de su país, como ocurrió con el diputado Jean Wyllys, por temor a la persecución y las ejecuciones.

Fue un fraude flagrante y alevoso el que permitió en 2017 a Juan Orlando Hernández seguir gobernando Honduras, país donde el asesinato de la dirigente indígena Berta Cáceres en 2016 sigue impune, porque los autores intelectuales del crimen no han caído. Mientras tanto, Colombia se destaca mundialmente por los asesinatos de líderes sociales, más de 170 en 2018. Mujeres, indígenas, campesinos, sindicalistas, defensores del medio ambiente y los territorios engrosan esos números de muerte. Y en Argentina, desde la asunción de Mauricio Macri, los trabajadores y trabajadoras siguen perdiendo derechos, al igual que el campesinado organizado, y la investigación del asesinato del activista Santiago Maldonado en 2017 se dio por cerrada, con explicaciones que no convencen a nadie y, por supuesto, sin justicia.

Por todo esto y mucho más no nos confundimos: la defensa de la democracia y de los derechos de los pueblos se juega en toda América Latina. Los medios masivos de comunicación, al servicio de la derecha y las clases dominantes, juegan un rol central en los procesos de desestabilización de la democracia en América Latina en estos años. Su tergiversación de los hechos, cuando no la mentira lisa y llana, también atentan contra la democracia y el Estado de derecho en la región. Y el caso Venezuela es su preferido, su caballito de batalla.

Pero nuestro pueblo organizado tiene unidad, memoria y análisis. No subestimen nuestra inteligencia. Sabemos a fuerza de sangre que toda América Latina atraviesa una profunda arremetida contra la democracia y los derechos conquistados por la clase trabajadora y los movimientos populares. Y cualquier atentado contra un pueblo hermano de América Latina es un atentado contra todos y todas, contra nuestros derechos colectivos, contra nuestra soberanía popular.

El intento de golpe de Estado en Venezuela, con una persona que se auto proclama presidente y países que la respaldan con el liderazgo de Estados Unidos, con sabidos intereses geopolíticos en Venezuela y la región, hace parte de una ofensiva de la derecha fascista latinoamericana contra los proyectos populares y soberanos, contra la izquierda y la clase trabajadora.

Así lo hemos leído en el marco de la Jornada Continental en Defensa de la Democracia y contra el Neoliberalismo desde 2015, con un importante Encuentro en Montevideo en 2017, y que este año nos reunirá en Cuba en noviembre. Y juntos y juntas en ese marco consideramos que solamente la salida negociada y pacífica entre el gobierno venezolano y una oposición democrática, óigase bien, oposición democrática, puede trazar los caminos de diálogo para la superación del conflicto político interno, avivado por la injerencia extranjera y sus intereses imperiales.

Nos preocupa y ocupa Venezuela. Queremos la paz para ese país por sobre todas las cosas y rechazamos cualquier alternativa que facilite el camino a la guerra. La historia, antigua y reciente, nos brindan vastos ejemplos de las gravísimas consecuencias de los ofrecimientos de “ayuda humanitaria” o en “defensa de la libertad” de los mismos actores que hoy se relamen por entrar a Venezuela. Colombia moviliza miles de soldados a la zona fronteriza con Venezuela y cabe al menos dudar que el único objetivo sea controlar el flujo migratorio venezolano.

Por eso llamamos al diálogo, a que se siga el camino iniciado por Uruguay y México, en defensa de la paz, para facilitar una salida negociada entre actores democráticos. Reivindicamos nuevamente la autodeterminación y soberanía del pueblo venezolano, y le manifestamos nuestra más profunda y sentida solidaridad militante.

Nuestra solidaridad con Venezuela es, al mismo tiempo, un llamado a la continuidad de la lucha articulada de nuestros pueblos frente a las imposiciones imperialistas para el desmonte de la democracia y de los derechos colectivos conquistados históricamente. No podemos permitir que nuestros derechos desaparezcan como consecuencia de las estrategias golpistas. A la ofensiva de la derecha respondemos con más unidad y solidaridad, y hoy en Uruguay hacemos honor a nuestra historia de lucha por la democracia, la justicia social, la paz y la soberanía de los pueblos.

¡VIVA EL PUEBLO VENEZOLANO!

¡NO A LA INJERENCIA EXTRANJERA Y LA GUERRA!

¡SÍ A LA DEMOCRACIA, SÍ A LA PAZ, SÍ A LA AUTODETERMINACIÓN DE LOS PUEBLOS!

¡VIVA LA UNIDAD Y LUCHA DEL PUEBLO URUGUAYO!

EL DÍA DESPUÉS por Milton Romani Gerner*

Diálogo para la paz en Venezuela.

La posición de Uruguay respecto de Venezuela no es nueva. En marzo de 2014, y luego de los graves enfrentamientos que les costaron la vida a casi 70 personas en Venezuela, en el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA), como embajador ante la OEA promoví, junto con Argentina y Brasil, el texto de una declaración que finalmente fue aprobada. Expresaba el respeto al principio de no intervención en los asuntos internos de los estados y el compromiso con la defensa de la institucionalidad democrática y del estado de derecho. Al mismo tiempo manifestaba el “más enérgico rechazo a toda forma de violencia e intolerancia” y hacía un llamado a la paz y al respeto a los derechos humanos y libertades fundamentales, “incluyendo los derechos a la libertad de expresión y reunión pacífica, circulación, salud y educación”. Remitido el texto consensuado, recibí instrucciones de quien era mi superior, el ministro de Relaciones Exteriores, Luis Almagro. Uruguay no cambió. El que cambió es Almagro.

Aquella declaración fue votada por una contundente mayoría (29 a 3). Es por ello que Estados Unidos odia el multilateralismo y ahora tiene en Almagro su líder. Porque en ese plano nunca han podido sostener posiciones ni estar dispuestos a negociar y consensuar. Ni en la OEA ni en la Organización de las Naciones Unidas han logrado triunfar con su posición intervencionista respecto de Venezuela. Fracasaron. El Grupo de Lima se arma luego de las derrotas en la OEA. Lastimoso.

Lo que ocurre actualmente en la OEA es un espurio secuestro de funciones. Hay un portavoz autoproclamado (a la manera de Juan Guaidó): el secretario general Almagro habla en nombre de toda la organización. Ni el Consejo Permanente ni la Asamblea General se han pronunciado sobre el tema. Sin embargo, él habla en forma destemplada y genera hechos consumados.

La guerra y la paz

Alguien dirá que ha pasado mucha agua bajo el puente desde 2014. Que nuevos acontecimientos han generado situaciones graves. Cierto. Ni el gobierno de Nicolás Maduro ni la oposición han mostrado hasta ahora disposición a negociar, a sentarse a debatir salidas pacíficas y de coparticipación en la institucionalidad. Lo único que reafirma esto es subrayar que la no intervención y la promoción de caminos de diálogo para la paz es más urgente, más perentoria que nunca. Lo otro es la guerra, a la que parecen ciegamente apostar muchos actores internos y externos. La pregunta política y humanitaria ineludible es la que el general Liber Seregni nos enseñaba: pensemos el día después. La digna posición asumida por México y Uruguay es la más sensata, humanitaria y apegada a derecho. Porfiadamente, la paz. No la calificaría de neutral, sino todo lo contrario.

El señor Almagro y todos los que desde diferentes intereses y puntos de vista alientan un golpe para derrocar a Maduro, promueven intervenciones militares o económicas, o pretenden generar un estado de zozobra permanente. A lo único que juegan es a eso, a la desestabilización permanente de la región. A prolongar la confrontación.

Maduro y la fracción mayoritaria del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) han cometido errores graves. Han caído en un ciego autoritarismo y han violado derechos humanos. Las fuerzas políticas de izquierda podemos, debemos criticar el proceso justiciero iniciado por Hugo Chávez y preguntarnos en términos políticos si esto es verdaderamente su continuidad. Pero eso no impide defender con gallardía la soberanía y la no intervención de Estados Unidos y demás potencias en Venezuela y en la región. Toda intromisión externa, además de violar un principio de derecho internacional, no resuelve y agrava el conflicto.

Es cierto que todos los estados ceden soberanía en temas de derechos humanos. Pero en todo caso existen organismos internacionales con potestades para juzgar e intervenir en estos casos; los otros estados no tienen potestades para intervenir. Nadie puede arrogarse ese derecho, porque, por otra parte, nadie tiene la suficiente estatura moral para ello. En el caso de Estados Unidos, podríamos hacer una larga lista de violaciones al derecho internacional y a temas internos que lo condenan en reiteración real. No creo que nadie insinúe invadir Estados Unidos por la violación de la soberanía iraquí al demostrarse que no había ningún arma química.

Los sofistas del cambio en paz

La oposición de Uruguay ha elegido el camino del acoso y el derribo. No le importa nada. Todo es útil para hostigar al gobierno, aunque sea contra esta noble iniciativa liderada por México y Uruguay, que recoge lo mejor de la tradición diplomática de nuestro país. A uno de los críticos de la iniciativa, el doctor Julio María Sanguinetti, habría que recordarle que él y su partido no midieron los prerrequisitos para dialogar con el gobierno dictatorial encabezado por el general Gregorio Álvarez. Habría que recordarle los vínculos estrechos que abonó con el general Hugo Medina, al que supo retribuir con el cargo de ministro de Defensa Nacional de su gobierno y con la ignominiosa ley de caducidad. Recordarle que admitió llevar adelante un proceso electoral con libertades cercenadas, presos políticos y, en el colmo de los colmos, con dos destacadísimas personalidades de los otros dos partidos sin poder competir. Recuerdo que intentó argumentar eso con un eslogan electoral: el cambio en paz.

Tanto más llamativa resulta la actitud política publicitada por el cardenal Daniel Sturla. En abierta contradicción con lo señalado por su superior de Roma, el papa Francisco, y en supuesta solidaridad con la Conferencia Episcopal de Venezuela, tuvo la osadía de sugerir voltear a Maduro. Podría haber matizado, adhiriendo al mismo tiempo a los caminos de diálogo y paz, como es costumbre en la iglesia católica y en todo el cristianismo. Pero no. Eligió sumarse a la guerra. Triste.

Otra luz en el camino

Una luz sensata se abre en el ambiente político de Venezuela. El portal Contrapunto informó días pasados sobre una conferencia de prensa de varios ex ministros de Chávez y dirigentes políticos que plantean: “Para parar la guerra: referéndum consultivo ya”.

Gustavo Márquez Marín, ex presidente del Banco de Comercio Exterior y ex ministro de Estado para la Integración y Comercio Exterior, dijo: “Lo que nosotros estamos planteando es la ruta de la paz. Además del rescate de la soberanía popular. Porque a fin de cuentas, es el pueblo de Venezuela, todo el pueblo”, quien debe decidir, y no una manifestación de “100, 200 o 500.000 personas”, en referencia a la autoproclamación de Guaidó.

Publicado en La Diaria el 6 de febrero de 2019

*Milton Romani Gerner fue embajador ante la OEA y fue secretario general de la Junta Nacional de Drogas.

LAS IMÁGENES DE DIOS DE BOLSONARO por Antonio Coelho

La imagen de Dios de Bolsonaro es la del Antiguo Testamento, la convicción del pueblo judío, el Dios Pantocrátor, el Todopoderoso que realizó una alianza con el pueblo de Israel.

Toda la historia de Israel se explica como el camino del Pueblo Elegido, guiado por Dios.

La referencia al poder de Dios lleva consigo dos elementos.

El poder de Dios repercute en el poder de Israel, esto genera un racismo religioso.

El poder de Dios repercute en el poder de Israel, esto genera un complejo de superioridad.

Como consecuencia, la violencia se pone al servicio de Israel. Cuando partimos de la omnipotencia desgraciadamente se saca lo peor y la religión se vuelve muy peligrosa.

Porque Dios no es capaz de ser integrado en ningún sistema de pensamiento, en ninguna religión, en ninguna sociedad ni en ninguna geografía.

Según la imagen del hombre que tenemos, será la imagen de Dios que aceptaremos.

La imagen de Dios de Bolsonaro es la del Libro de Los Reyes, del Libro de Los Jueces, del Dios de los Ejércitos, del Dios que mata a los niños en Egipto, que viola las mujeres, que arrasa con pestes.

Ese no es el Dios de Jesús, el crucificado en la cruz, que era para el Imperio romano el signo donde terminaban los criminales, las personas despreciadas. Ese Jesús desnudo, sin poder que muere en la cruz a consecuencia  de su entrega por los más débiles,  los leprosos,  las prostitutas, que reconoce como personas  a las mujeres,  a los niños, invisibles en la sociedad judía, no tiene nada que ver con la imagen de Dios de  Bolsonaro.

En un pueblo como el brasilero, es terrible una imagen de Dios racista.

SN 394/18

Publicado en  PRENSA ECUMÉNICA – ECUPRES 

ALGO DE LO QUE CAMBIÓ EN BRASIL por Pablo Anzalone

Los resultados de la primera vuelta en Brasil deben hacernos pensar. Las encuestas volvieron a equivocarse y el mejor posicionado es un candidato que no se presenta en los debates. Un candidato sin propuestas económicas ni programáticas sobre ningún tema. Un tipo cuyo discurso es la reivindicación de la dictadura, con la salvedad que se equivocó en torturar y debía haber matado a los presos políticos. Un sujeto con una actitud machista exhacerbada, que propone ametrallar las favelas y promueve un discurso de odio, racismo y misoginia. Lleva más de 25 años como diputado federal y sólo fue conocido cuando dedicó su voto favorable al impeachment contra Dilma al militar que la torturó. El desgaste del sistema político y de las opciones tradicionales determinó que salieran bien parados nuevos candidatos de derecha asociados a Bolsonaro.
En esta elección se produjo un quiebre del modelo de campaña donde la televisión juega un rol fundamental. El candidato con mas minutos de televisión y mayor estructura partidaria, Alkimin del PSDB tuvo el peor desempeño de la historia de su partido. El PMDB y el PSDB tuvieron fracasos electorales contundentes. Aunque castigado el PT pasó a segunda vuelta y tiene la mayor bancada parlamentaria. Otras izquierdas que apoyan a Haddad en la segunda vuelta como el PDT de Ciro Gomes tuvieron buena votación y el PSOL con el liderazgo de Guillerme Boulos duplicó su bancada.
Es la gran elección de los “fake news” divulgada por WhatsApp y por redes sociales, un campo que no tiene ninguna regulación ni responsabilidad. Operó para Bolsonaro el apoyo de los evangélicos, un fenómeno religioso conservador con una influencia cada vez mayor en Brasil y en la región.
Bolsonaro es un energúmeno. Su candidatura es un llamado a la violencia. En el medio de la campaña fue apuñalado. Asesinaron en Bahía a un maestro de capoeira “Moa do Katende” por cuestionar a Bolsonaro y apoyar al PT. La polarización política penetró profundamente en la sociedad brasileña, en las familias, el trabajo, las amistades. Los “bolsominions” (aquellos pequeños seres empeñados en seguir al personaje más malvado de cada momento) se sienten con la libertad de expresar su odio contra los gays, los negros y los pobres. Esa violencia que tuvo su expresión en el asesinato de Marielle Franco puede crecer en este contexto.
Pero la sociedad brasileña no está desmovilizada. La movilización contra la detención de Lula fue una recomposición de su vínculo con los sectores populares. El reciente movimiento “ele nao” de mujeres contra Bolsonaro fueron hitos masivos de rechazo político y cultural al fascismo. Cuarenta millones de brasileños no votaron en la primera vuelta. Haddad encara la segunda vuelta poniendo el énfasis en sus propuestas para los problemas del país. Una apuesta a la racionalidad del debate y a la democracia.

Publicado en Voces 9 de octubre 2018

BRASIL EN LA ENCRUCIJADA por Pablo Anzalone*

El resultado de la primera vuelta en las elecciones brasileñas es un duro golpe a la democracia en ese país. No sólo porque haya quedado en la primera posición un candidato derechista, sino porque Jair Bolsonaro se ha destacado por sus apologías a la dictadura, el asesinato, la tortura, la violencia, la desigualdad contra las mujeres. Falta en Brasil la construcción de una cultura de derechos humanos (DDHH) que rescate la memoria, la verdad y la justicia sobre los crímenes de la dictadura.

Todavía falta el balotaje y algunas semanas de movimientos políticos y campaña. Es cierto que hubo siete millones de votos anulados, tres millones de votos en blanco y casi 30 millones de abstenciones, que el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, obtuvo 31 millones de votos y Ciro Gomes, del Partido Democrático Laborista, más de 12 millones. Pero un tercio del electorado, 46% de los votantes, 49 millones de personas, votaron a Bolsonaro. Estos resultados nos obligan a reflexionar, crítica y autocríticamente. No sólo a los brasileños, sino a todos.

La democracia en Brasil tiene otras heridas graves y recientes, como la destitución de Dilma Rousseff sin razones válidas y con discursos extraordinariamente reaccionarios. O los procesos para impedir que Lula da Silva fuera candidato. Sin pruebas, incumpliendo con las garantías procesales en reiteradas ocasiones, con una evidente intencionalidad política, la Justicia brasileña encarceló al dirigente político más popular del país, a quien las encuestas daban como seguro ganador frente a Bolsonaro. Sérgio Moro y un puñado de jueces le dieron el triunfo a Bolsonaro. Extremaron su ensañamiento, no dejaron que Lula fuera candidato, pero tampoco lo dejaron hablar públicamente y censuraron incluso la posibilidad de que fuera entrevistado. El asesinato de Marielle Franco es un símbolo de la violencia contra los favelados, las feministas, los activistas populares, una violencia creciente –institucional y parainstitucional– que afecta la democracia como un todo.

Pero también hay restricciones a la democracia que han sido estructurales en Brasil, como la enorme concentración del poder mediático, del poder financiero, industrial y agrario, los privilegios de un Poder Judicial elitizado e impune (ningún juez va preso y tienen salarios exorbitantes). Una de las críticas que se les hacen a los gobiernos del PT es la de no haber transformado estas estructuras antidemocráticas, asumiendo que no se trata de transformaciones fáciles. Como señala Emir Sader, cuando el PT asumió el gobierno no tenía condiciones para cambiar todo eso, pero sí cabe cuestionar en qué medida trabajó para generar nuevas correlaciones de fuerzas que lo hicieran posible.

Hasta hace pocos años, todo el poder político usufructuaba de un estatus de privilegio que incluía la impunidad de las prácticas corruptas. Fue el gobierno de Dilma el que cambió esa situación y generó la posibilidad de la investigación y el juicio mediante la operación conocida como Lava Jato. Alcanza recordar el chantaje de Eduardo Cunha para ver lo que esto significó para el sistema político brasileño. Es trágico ver que para impulsar ese cambio no se recurrió a una amplia movilización ética, política y social, comenzando por las filas propias, sino al empoderamiento de algunos estamentos de la Policía Federal y el Poder Judicial, que convirtieron el Lava Jato en una operación política contra el PT, exonerando al propio presidente Michel Temer, a Aécio Neves y a otros connotados políticos de derecha. Una operación que utilizó la delación premiada sin pruebas y la difusión mediática como instrumentos de persecución política, afectando las garantías democráticas.

El apoyo a Bolsonaro es una expresión del poder de los estamentos militares y represivos, de un poder agrario extremadamente reaccionario, de la influencia creciente de iglesias conservadoras, y del peso de los prejuicios racistas y misóginos en la sociedad brasileña. Jesse Souza fundamenta con lucidez que el problema central del Brasil moderno no es la corrupción, sino la esclavitud y sus efectos, el abandono sistemático de las clases humilladas, estigmatizadas y perseguidas, las relaciones de dominación entre clases sociales, la lucha de clases. Brasil ha sido la mayor sociedad esclavista de la historia de la humanidad, dice Souza, y eso tiene efectos sociales y culturales profundos. El sentido de clase de esta ofensiva de la derecha es muy claro cuando se analiza la reforma laboral del gobierno de Temer, la prohibición constitucional de aumentar el presupuesto que se destina a la salud y a la educación públicas o la propuesta de Bolsonaro de vender las empresas estatales.

Es extraordinario que en una sociedad de este tipo hayan podido triunfar Lula y el PT y que hayan gobernado durante más de una década, desarrollando programas sociales que sacaron de la pobreza a 30 millones de brasileños, generando un gran crecimiento económico con redistribución y una política internacional que ubicó a Brasil como una potencia mundial.

Para las izquierdas, asumir el gobierno es una gran palanca de cambios pero también el peligro de estatizarse, de ser cooptadas por un Estado que las distancia de sus bases sociales y les hace perder capacidad de movilización popular. En un sistema político fragmentado, la búsqueda de gobernabilidad llevó al PT a alianzas con el Partido del Movimiento Democrático Brasileño, que luego significaron un altísimo precio político y múltiples traiciones. Uno de los huevos de la serpiente. Cuando la coyuntura internacional empeora, y aumenta el predicamento de las políticas de ajuste, esa ecuación se hace más compleja; la falta de mayores avances culturales, ideológicos y políticos, los problemas sin resolver, los errores, generan coyunturas nuevas, más favorables para la reacción.

En cambio, la derecha tiene enclaves de poder más antiguos y al mismo tiempo que utiliza ampliamente las modernas tecnologías de control, pudiendo incluso llegar a movilizar a grandes sectores, como sucedió en Brasil en 2013. Esa disputa por la capacidad de representar las aspiraciones de cambio de la población es un tema central. Como señalaba Frei Betto en 2016, subestimar los aspectos ideológicos de los cambios ha sido una de las causas principales de los retrocesos de los gobiernos progresistas en América Latina.

La experiencia de la última década latinoamericana no ha sido estudiada en profundidad en sus avances, sus límites y sus errores. La relación entre movimientos sociales, partidos, gobiernos progresistas y Estado es una de las claves para analizar estos procesos. En ese sentido tienen importancia las formas de democratización de la sociedad y el Estado que se produjeron en este período. La “democratización de la democracia”, como señalaba Francisco Panizza, es un nudo crítico. Una democratización mayor, con la conquista de nuevos derechos, el aumento de la transparencia, el fortalecimiento de los actores sociales y culturales del cambio, es una forma de reivindicar la política y expandirla en tiempos de crisis del pensamiento crítico y de amenazas de la ultraderecha.

Las movilizaciones populares ante la detención de Lula y el movimiento “ele não”, protagonizado por las mujeres contra Bolsonaro, son un elemento de esperanza en la difícil coyuntura brasileña. Recomponen un vínculo y construyen una actitud de lucha, de indignación ante la ultraderecha y sus planes violentistas y antipopulares.

*Lic. en Ciencias de la Educación y Mg. en Sociología

Publicado en La Diaria el 11 de octubre de 2018

BRASIL: EL ETERNO PAÍS DEL FUTURO ATRAPADO EN SU PASADO COLONIAL por Jorge Majfur*

Días antes de las elecciones en Brasil, un joven brasileño se me acercó y me dijo: “Dios quiera que gane Bolsonaro. Es un militar y acabará con la corrupción”. No quise contestar. Estimo a este muchacho como una persona de bien, tal vez demasiado joven para ser otra cosa. Pero las dos breves frases resumían varios tomos de la historia y del presente latinoamericano.

Para empezar, lo obvio: si en el continente hubo gobiernos y regímenes corruptos, esos fueron los regímenes militares. Primero, porque toda dictadura es corrupta por definición y, segundo, porque los robos directos fueron siempre masivos, sólo que bastaba con denunciarlos para desaparecer o aparecer flotando en algún río con evidencias de tortura. Bastaría con mencionar el más reciente caso de la investigación a la fortuna del general Pinochet, un militar que acumuló varios millones de dólares con su salario de presidente no electo, por no ir a otros detalles como los miles de asesinados y muchos más perseguidos. Por no hablar de esa farsa autoconcedidas, como las condecoraciones, de asumirse la “reserva moral” y “bastion de coraje” de los pueblos por el solo hecho de poseer las armas que ese mismo pueblo financia con su trabajo, para que luego sus propios ejércitos los amenacen con “poner orden”, el orden de los cuarteles y de los cementerios. Esa misma cultura de la barbarie de no pocos generales y no pocos soldados y de no pocos carángidos que presumen de machos y de valerosos combatientes pero que nunca ganaron ni fueron a ninguna guerra contra otros ejércitos, y sí se dedicaron a servir a la oligarquía rural y a aterrorizar y amenazar a sus propios pueblos. Con la complicidad, claro, de millones de carángidos, ahora escondidos en su nueva condición de cowangry digitales.

No pocos generales y no pocos soldados que presumen de machos nunca ganaron ninguna guerra contra otros ejércitos, pero se dedicaron amenazar a sus propios pueblos

Esta práctica y mentalidad militar aplicada a la vida civil y doméstica (desviada de todo propósito de ser de un ejército, es decir, la seguridad contra hipotéticos ataques exteriores), como las históricas y brutales desigualdades sociales de proporciones feudales, es una tradición latinoamericana que no nació con la guerra fría sino mucho antes de que nacieran las nuevas repúblicas y se consolidó con la corrupción, el racismo profundo e hipócrita, sobre todo en Brasil (el último país del continente en abolir la esclavitud), donde hasta el candidato a vicepresidente del capitán Bolsonaro, el general Mourão, un hombre mulato, como la mayoría de sus compatriotas, se congratula que su nieto aporte al “branqueamento da raça“. ¿Nunca nadie se ha cruzado con esta especie de ciudadano con un profundo desprecio racial y social por el noventa por ciento de su propia familia? Por no seguir con los mismos problemas históricos en otras regiones que destacan por su brutalidad en el Caribe o en América Central.

RICARDO MORAES / REUTERS- Jair Bolsonaro.

Lo segundo, menos obvio, es la apelación a Dios. De la misma forma que Estados Unidos reemplazó a Gran Bretaña en su consolidación de la verticalidad colonial española, las iglesias protestantes hicieron lo mismo con esas sociedades ultraconservadoras (patrones dueños de todo y silenciosas masas de pobres obedientes), las que habían sido previamente moldeadas por la jerarquía de la iglesia católica. A los protestantes, a los pentecostales y otras sectas les llevó por lo menos un siglo más que al dólar y a los cañones. El fenómeno se inició en los sesenta y setenta, probablemente: esos señores inocentes, presuntamente apolíticos, que iban puerta en puerta hablando de Dios, debían tener una clara traducción política. El paradójico efecto del amor cristiano (aquel amor radical de un rebelde que andaba rodeado de pobres y seres marginales de todo tipo, que no creía en las chances de los ricos en llegar al cielo y no recomendaba tomar la espada sino dar la otra mejilla, que rompió varias leyes bíblicas, como la obligación de matar a las adúlteras a pedradas, que fue ejecutado como un criminal político) terminó derivando en el odio a los gays y a los pobres, en el deseo de arreglarlo todo a los tiros, como es el caso de candidatos medievales como el capitán Jair Messias Bolsonaro, y de muchos otros a lo largo de América Latina. Apoyado por un fuerte y decisivo voto evangélico y por gente en trance regada en sudor y gritos histéricos, dice “hablar en lenguas” y solo habla el idioma inconexo de su propio odio político y su fanatismo ciego en que Dios los prefiere a ellos con una pistola en la mano antes que a alguien que, de forma pacífica, lucha por la justicia, el respeto al diferente y contra el poder arbitrario, como se supone que hacía Jesús.

En medio de la euforia de la década dorada de los gobiernos progresistas, como el de Lula, advertimos dos errores: el optimismo ingenuo y los peligros de la corrupción, que podía tener un efecto dominó. Porque la corrupción no fue una creación de ningún gobierno, sino que es una marca de identidad de la cultura brasileña. No menos en Argentina, por nombrar solo un caso más.

Era la coartada ideal: hacer creer que la corrupción no tenía doscientos años de brutal ejercicio, sino que la habían creado un par de gobiernos populistas de izquierda cinco, diez años atrás

A todo eso, hay que agregar que los tradicionales narradores sociales de la América Latina más rancia y poderosa, encontraron en la Venezuela de Maduro (de la igualmente patética oposición no se habla) el ejemplo y la excusa perfecta para seguir aterrorizando sobre algo con lo cual casi todos los países del continente han convivido desde la colonia: pobreza, crisis económicas, despojo, impunidad, violencia civil y violencia militar. No, el Brasil de Lula, el que sacó a treinta millones de la miseria, el de los súper empresarios, el de “Deus é brasileiro“, el Brasil que se iba a comer el mundo y había pasado el PIB de Inglaterra, no es el ejemplo de la propaganda brasileña… sino Venezuela.

Era la coartada ideal: hacer creer que la corrupción no tenía doscientos años de brutal ejercicio, sino que la habían creado un par de gobiernos populistas de izquierda cinco, diez años atrás. Por el contrario, estos gobiernos fueron una excepción ideológica en un continente profundamente conservador, racista, clasista y sexista. Todo lo que ahora encuentra resonancia con un mundo que abandona los ideales de la Ilustración y se sumerge de forma neurótica en un nuevo Medievo, desde Europa hasta América latina, pasando por Estados Unidos.

Resta por saber si esta reacción medieval de las fuerzas tradicionales en el poder es solo eso, una reacción, o una tendencia de varias generaciones.

Para la segunda vuelta, la coalición contra Bolsonaro ya ha lanzado el lema: “Juntos pelo Brasil do diálogo e do respeito“.

Estamos ante un mundo que abandona los ideales de la Ilustración y se sumerge de forma neurótica en un nuevo Medioevo. Resta por saber si esta reacción medieval es solo eso, una reacción, o una tendencia de varias generaciones

Sólo este lema demuestra que quienes se oponen a Bolsonaro en Brasil, como quienes se oponen a Trump en Estados Unidos, no entienden la mentalidad del cowangry. El cowangry necesita saber que hay alguien más (no él, no ella) que va a devolver las mujeres a la cocina, los gays a sus closets, los negros al trabajo en las plantaciones, los pobres a las industrias y a las iglesias, que alguien va a tirar alguna bomba en alguna favela (“muerto el perro, muerta a rabia”), que alguien va a torturar a todos los que piensan diferente, sobre negros pobres, profesores, periodistas y otros con ideas foráneas, todo en nombre de Dios, y de esa forma alguien acabará con todos esos miserables, responsables de sus propias frustraciones personales.

*Escritor y profesor uruguayo estadounidense, autor de La reina de América y Crisis, entre otros libros.

REFLEXIONES SOBRE LOS ALINEAMIENTOS INTERNACIONALES DE LA IZQUIERDA por Alvaro Portillo

Un pasado con inocultables enseñanzas

 El internacionalismo ha sido en la historia de la izquierda una constante en su matriz de pensamiento. Ello tiene sus orígenes en las experiencias de las internacionales en los orígenes mismos del socialismo científico en tiempos del propio Marx y Engels. El razonamiento de este posicionamiento tiene que ver con la necesidad de una lucha contra el capitalismo en todos los lugares en donde se manifieste. Por su pare en la medida que se trata de un sistema estructurado las formas de enfrentarlo se supone deben de tener una misma matriz de actuación.

Ello funcionó con altibajos hasta la Revolución Rusa, que trajo aparejada una de las primeras grandes divisiones en la izquierda: el movimiento comunista internacional por un lado, y la socialdemocracia por otro. De ahí en más la historia de la izquierda en el siglo XX fue de enfrentamientos y divisiones entre distintas concepciones en la interpretación de los procesos políticos y las respuestas correspondientes.

Comunistas pro soviéticos, trotskistas, maoístas, seguidores de Tito, cubanistas, guevaristas, etc, etc. Una historia en la que la división fue una constante producto del sectarismo político e ideológico. Importantes episodios de la historia de las luchas populares fueron objeto de interpretaciones diferentes y con las consiguientes divisiones políticas. Piénsese por un momento los ríos de tinta y los virulentos debates ( en ocasiones acompañados de acciones violentas) que despertaron acontecimientos como los siguientes: la Revolución Rusa, la Revolución Española, el ascenso del nazismo y el fascismo, la Revolución Cubana, la lucha armada, la experiencia de la Unidad Popular en Chile, la Revolución China, entre otros.

Una de las mayores y más trágicas ironías fue que a nivel de los procesos nacionales, estos debates en la mayoría de los casos condujeron a la división de la izquierda y de las fuerzas populares en general.

A más de un siglo de esta historia cabe preguntarse ¿ es necesario acordar acerca de la caracterización de procesos políticos de otros países para encarar la acumulación política en el propio país? ¿ el internacionalismo requiere de plena identificación con los regímenes en cuestión?

En la actualidad y desde la perspectiva latinoamericana ha sido una constante la intervención norteamericana en todos aquellos procesos políticos en los que se avizora las más mínima posibilidad de alteración del orden político capitalista dependiente. ¿ Ello debe llegar a concluir que cualquier confrontación es expresión de una manipulación de los servicios norteamericanos? Todo indica que no. Es evidente que allí van a estar y tratarán de capitalizar todo lo que ocurra pero no son necesariamente las fuerzas motrices.

La reciente experiencia de las denominadas primaveras árabes es un excelente ejemplo. Regímenes como los de Libia, Irac, Siria, Tunez o Egipto, teniendo muchas veces un discurso nacionalista o socializante, realmente eran regímenes despóticos, atravesados por la corrupción y el nepotismo de las castas gobernantes.

La protesta popular que se desencadena manejaba sobradas razones para cuestionar y luchar contra esos gobiernos. Intereses claramente imperialistas condujeron a que todas la potencias occidentales intervinieran a favor de las revueltas populares con el claro propósito de recuperar y acceder a recursos naturales o posiciones geográficas estratégicas. El resultado es conocido: destrucción, cientos de miles de víctimas, millones de refugiados, países casi totalmente destruídos, entre otras consecuencias nefastas.

Retrospectivamente ¿esto hubiera ameritado a cuestionar las legítimas protestas populares contra los regímenes en el poder y ofrecer el apoyo político y moral a los gobiernos de turno?

Parece de elemental sentido común que la deriva asumida por la movilización popular encuentra su causa en la inexistencia de una dirección política progresista en esos movimientos que supiera conjugar la lucha democrática con la construcción de una sociedad más justa.

Un poco más atrás en el tiempo se puede observar el caso de los acontecimientos en Hungría en 1956 y en la antigua Checoeslovaquia en 1968. En ambos casos hubo una generalizada protesta popular con un programa de transformaciones democráticas en una perspectiva socialista. Las dos experiencias fueron cruelmente reprimidas por la fuerzas de ocupación soviéticas . Décadas después, la implosión de la URSS habilitó procesos de democratización en esos países los que se caracterizaron por una adhesión incondicional al sistema capitalista, y en la actualidad son gobiernos de ultra derecha.

¿ El hecho de que tanto la revuelta húngara como la checoeslovaca tuvieran en su momento el caluroso apoyo de EEUU y todas las potencias occidentales justificaba apoyar una intervención y la brutal represión desplegada?

Pareciera que estas son las cosas que hay que desterrar de las matrices de razonar de la izquierda.

Los puntos cardinales de la brújula política

Más firmes que nunca en la crítica al capitalismo y en una permanente búsqueda de cómo ir superándolo surge como encuadre necesario del análisis de los distintos procesos políticos objeto de controversia internacional, el principio de autodeterminación de los pueblos. Cada sociedad nacional tiene el derecho de resolver su propio destino, y en principio no corresponde intervención alguna.

En segundo lugar, el respeto por las instituciones democráticas y los derechos humanos en todas sus expresiones corresponden ser defendidos por la comunidad internacional , su vigencia es innegociable. Son las formas de cómo hacer saber esos cuestionamientos y cómo han de expresarse los que indicarán cada situación en particular.

La realidad actual de Nicaragua y Venezuela plantean estos aspectos de forma contundente. En ambos países hay represión violenta, muy débiles derechos vigentes, desigualdades sociales crecientes, corrupción y nepotismo, persecución política, violencia represiva, entre otras cosas. Asimismo  un divorcio creciente entre el discurso socializante y nacionalista que tuvo cierta validez en el origen de estos procesos , y la realidad actual.

De lo anterior se desprende en primer lugar que la postura más coherente es la defensa de la autodeterminación en esas sociedades, señalando en simultánea  la crítica a la violación de los derechos humanos que allí se realiza.

Pero la segunda y más importante a nuestro modo de ver lección que hay que tener en cuenta es que se trata de asuntos que no deben incidir en la acumulación política propia. A favor o en contra de unos y otros, es válido que pueda dar lugar a un debate pero nunca a acciones definitorias en el campo de la unidad política.

La unidad en sí misma no es un valor absoluto. Su sentido es la necesaria construcción colectiva que los sectores populares emprenden para lo cual necesitan acumular la fuerza necesaria que permita avanzar en las transformaciones. Resulta incoherente resquebrajar esa unidad por lo que ocurre a unos miles de kilómetros de distancia.

Finalmente, viene a cuenta una reflexión para la evaluación de esas y otras experiencias similares. Un relevante descubrimiento de la izquierda en particular a fines del siglo XX y en Uruguay, ha sido la importancia trascendental de la democracia como forma del contrato social, y la vigencia de los derechos humanos en todas sus manifestaciones.

Instituciones que la Humanidad empezó a reconocerlas en el siglo XVIII , lejos de ser el mero ropaje del sistema capitalista, constituyen la mejor forma de dignificar la condición humana y hacer posible una convivencia de iguales.

Por lo tanto son una condición necesaria aunque no suficiente para la construcción de una sociedad más justa y solidaria.

Junto a lo anterior, es también condición necesaria del avance y efectivización de un proyecto de cambios una ética incuestionable en el manejo de los recursos públicos y en la gestión en general. La democracia y los derechos, y la ética son componentes esenciales e inclaudicables.

Lamentablemente en las experiencias de los gobiernos progresistas en Latinoamérica el ejercicio de la democracia y una ética irreprochable en la gestión, no han sido una constante. He ahí la razón  de los fracasos (además de todas las otras intervenciones e injerencias de las derechas nacionales y sus mandantes norteamericanos)

Se trata por lo tanto de aprender de estos fracasos para evitar su réplica en nuestro proceso. Ello no debe significar  dejar de considerar y valorar una gran cantidad de aciertos que los gobiernos progresistas tuvieron en su gestión. Por lo tanto el camino no es el enbanderamiento acrítico , ni la condena que promueve la derecha. Señalar los errores y los aciertos hace posible que el discurso propio de los cambios sea más creíble y goce de legitimidad.

La construcción de una dirección política y moral de la sociedad supone no perder de vista nunca el propósito de la transformación . El común  de la gente aspira comprender desde su propia experiencia histórica los caminos del cambio social y para que ello ocurra  es indispensable ser claros y coherentes en la perspectiva del análisis y la valoración.

Julio de 2018

MODERNIZACIÓN Y CLASES SOCIALES EN BRASIL por Pablo Anzalone

En varios de sus trabajos académicos, pero en particular en su último libro, A elite do atraso. Da excravidao a Lava Jato,1 Jessé Souza, uno de los teóricos e investigadores más relevantes de Brasil, se plantea un ambicioso propósito teórico: generar una nueva concepción del Brasil moderno y de sus raíces. Retomando ideas de Gilberto Freyre, Florestan Fernandes y otros autores, criticándolas y reconstruyéndolas, cuestiona duramente la idea de continuidad con Portugal y la corrupción heredada como problema central del Brasil. Ese lugar clave lo ocupa en cambio la esclavitud y sus efectos, el abandono sistemático de las clases humilladas, estigmatizadas y perseguidas, las relaciones de dominación entre clases sociales, la lucha de clases. Polemizando con enfoques economicistas (tanto liberales como marxistas) de las clases sociales, Souza afirma que la dinámica de las clases, sus intereses y luchas son la clave para entender lo más importante que sucede en la sociedad, pero ellas no son meras relaciones económicas ni la única motivación del comportamiento humano es, en última instancia, económica.

Mientras el liberalismo define las clases por la renta de los individuos, el marxismo lo hace por el lugar en la producción. Sin embargo, esos enfoques son limitados, funcionan hasta cierto punto cuando se trata de adultos, pero no cuando nos referimos a adolescentes o niños. En la percepción de las clases y sus luchas, la socialización familiar diferencial es un aspecto clave. Para Souza, en el capitalismo se procura explicar las cosas en base exclusivamente al intercambio de mercancías, al poder y el dinero. Pero esa relación no es verdadera. Por detrás del dinero y el poder opera la jerarquía moral que determina las conductas. Toda dominación necesita de justificación social y política. En un momento fue la iglesia cristiana, que, tomando ideas de Platón sobre la virtud como dominio del espíritu sobre el cuerpo, las matrizó en la sociedad durante siglos. Eso condujo a la idea de que los latinoamericanos (y los brasileños en particular) son seres moralmente inferiores.

Con la modernización capitalista el rol de legitimación de las relaciones fácticas de dominación pasó al “prestigio científico”. Esa nueva jerarquía moral funciona en forma más eficiente aún porque no aparece claramente su origen. Tampoco percibimos la eficacia de las ideas. Toda la dimensión simbólica tiende a ser olvidada en su rol determinante de la acción social. La ciencia moderna se basa en un pre-supuesto, que es falso y racista, pero influye sobre las ideas y los comportamientos. La teoría de la modernización es una especie de “sentido común mundial” que se basa en la imitación acrítica de los modelos europeos y norteamericano, fijando una jerarquía moral entre los países, entre espíritu y cuerpo, entre personas de primera clase y de segunda clase. Esa teoría justifica la pobreza como algo transitorio, atrasos en el camino hacia el destino manifiesto que es la sociedad europea o norteamericana.

Las clases sociales son para Souza un fenómeno sociocultural y no sólo económico. Hay un aprendizaje que determina la pertenencia a una u otra clase, y por lo tanto el éxito o el fracaso social. En el proceso de modernización de Brasil, un elemento fundamental es la creación de una “ralea de nuevos esclavos” como continuidad de la esclavitud. La conformación de esta clase explica de manera significativa la situación social, económica y política brasileña. Las investigaciones empíricas de Souza en 2009 muestran que la situación de la “ralea de nuevos esclavos” no cambió mucho desde la esclavitud. La constitución del “negro” como “enemigo del orden”, la propiedad y la seguridad pública justifica la represión sistematizada por la Policía, que opera como intimidación y control de los sectores más pobres. Estos excluidos de hoy, la “ralea de los nuevos esclavos”, recibieron una pesada herencia de odio y desprecio contra los más débiles; dicha herencia viene de la humillación propia de la esclavitud, ya que no hubo quiebre sino continuidad, a pesar de su abolición formal. Esas clases populares en Brasil no fueron solamente abandonadas a su suerte luego de la abolición de la esclavitud, sino también “humilladas, engañadas, tuvieron su formación familiar conscientemente perjudicada y fueron víctimas de todo tipo de preconcepto, sea en la esclavitud como hoy en día” (Souza, 2017).

A diferencia de lo que postulan las concepciones liberales, la inclusión de sectores sociales postergados no es nunca un resultado “natural” del crecimiento económico y la expansión del mercado. Por el contrario, surge de un proceso político colectivo, un “aprendizaje”. El mercado, por sí solo, tiende a utilizar esa marginación en beneficio de las clases superiores; este no es un estado transitorio sino una herencia que se reproduce de generación en generación.

Sin embargo, el capitalismo se diferencia del orden esclavista porque en este último las posiciones sociales son visibles claramente por el fenotipo y el estatus de origen. En cambio, en el capitalismo las desigualdades son producidas de una forma que no es transparente para las personas.

Para sostener sus privilegios, las clases dominantes deben poseer alguna forma de capital: económico, social (relaciones personales) y cultural. Los tres tipos más importantes de capital operan juntos y esa conjunción determina la posición relativa de poder y prestigio de las distintas clases. No obstante, por debajo de la élite económica la lucha mayor es por el acceso al capital cultural. Mientras el capital económico se concentra cada vez más y se transmite por herencia, el capital cultural, entendido como posesión de conocimiento útil y reconocido, es el único que el capitalismo se planteó democratizar, aunque en grados muy desiguales. Además de la contienda por los distintos capitales mencionados, la lucha de clases incluye y requiere una justificación de los privilegios, y en ese sentido es también una lucha por las interpretaciones y legitimaciones de las posiciones de clase.

Las clases son mecanismos de reproducción de privilegios. La élite está en la cima y domina a la clase media por las ideas. Los medios de comunicación juegan un rol importante en esa construcción, pero la prensa distribuye las ideas, no las crea. Quienes las crean son los intelectuales, sustitutos modernos de los profetas religiosos. Por esos motivos la élite crea la Universidad del Estado de San Pablo (USP) y luego más universidades. Se forja una ideología dominante en Brasil en los años 20 y 30 que tiene su punto de apoyo inicial en la obra de Gilberto Freyre, luego en Sérgio Buarque y más adelante en otros teóricos. Se generan un conjunto de instituciones de enorme influencia en la sociedad.

Brasil es la mayor sociedad esclavista de la historia de la humanidad. Sin embargo, las concepciones dominantes consideran el esclavismo como un aspecto secundario y ponen el acento en la herencia de Portugal y en la corrupción de la política. Esas concepciones hegemónicas son las teorías del culturalismo que se van a presentar como si fueran una ruptura con el racismo, con la idea de que el stock cultural sustituye al racismo. La concepción hegemónica es culturalista y racista. Distorsiona el conflicto de clases colocando en su lugar una contradicción falsa entre Estado patrimonial corrupto y mercado virtuoso. Orienta así el pensamiento sobre los problemas brasileños desde las ideas claves de patrimonialismo y populismo, dos invenciones que son funcionales a la alianza antipopular en Brasil desde 1930. Construyen la oposición binaria moderno/tradicional, que se vincula a la dualidad espíritu/cuerpo. Todas las relaciones actuales están marcadas por la relación del espíritu y el cuerpo. Incluso la relación de hombre y mujer, asignando al hombre el carácter racional y a la mujer lo afectivo. Las clases superiores se dedican a trabajar con el espíritu y las clases subalternas al trabajo manual.

La generalización del racismo culturalista norteamericano y de la teoría de la modernización fue una política de Estado desde el presidente Truman en la posguerra, que invirtió mucho dinero para convertirla en un paradigma universal; muchos trabajos académicos fueron financiados para convencer de que Estados Unidos era el modelo universal y los demás países simplemente avances incompletos hacia él.

Souza reivindica que sólo un pensamiento totalizador puede dar sentido a estos procesos y respuesta convincente a las tres grandes cuestiones que desafían a individuos y sociedades: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿para dónde vamos? Sérgio Buarque construye una narrativa totalizadora del Brasil y de su historia que no deja lagunas, produciendo una legitimación completa para la dominación oligárquica y antipopular con la apariencia de estar haciendo crítica social. Mientras estas ideas conciben la corrupción dentro del Estado y la política, omiten y ocultan la verdadera corrupción, legitimada e invisibilizada, que consiste en traspasar las empresas estatales y las riquezas del país a capitales extranjeros y nacionales. Ese es el sentido último de la Operación Lava Jato.

Para Souza, períodos de crisis como el que vive Brasil hoy son una oportunidad única, porque en las crisis la legitimación pierde su “naturalidad” y es susceptible de ser deconstruida.

Sin embargo, la crítica no basta sin la elaboración de una nueva concepción global que sea mejor que el paradigma anterior. Para eso define tres ejes conceptuales: a) tomar la experiencia de la esclavitud como elemento explicativo central de la sociedad brasileña en lugar de la continuidad con Portugal y su patrimonialismo. La sociabilidad que surge de la esclavitud es excluyente y perversa. Continúa porque no fue comprendida y criticada a fondo. b) Un segundo eje es la percepción de que el patrón histórico de las luchas políticas del Brasil moderno puede ser analizado en función de la lucha de clases y por las alianzas y preconceptos que esta lucha genera, más que por cualquier otro factor explicativo, con la salvedad de que no deben concebirse las clases de un modo economicista sino como construcciones socioculturales donde la socialización familiar juega un rol fundamental. c) El tercer eje es la necesidad de un diagnóstico más profundo del momento actual, que demuestren la eficacia de esta nueva concepción frente al paradigma “racista culturalista”.

Es un enfoque innovador y polémico, que enriquece el análisis de los procesos recientes en Brasil desde una mirada que recoloca la importancia de los aspectos simbólicos en la lucha política y social. La capacidad de la élite de hegemonizar a la clase media y movilizarla contra el Partido de los Trabajadores, y los errores de este para fortalecer una alianza entre la clase trabajadora y la ralea, aparecen como dos conceptos fuertes en la coyuntura brasileña, tanto pasada como futura.

Publicado en La Diaria el 30 de mayo de 2018 |

BRASIL: EL ASESINATO EN LA RUTA DEL GOLPE por Ruben Montedónico

A inicios del año compartía opiniones sobre el acontecer de Brasil leyendo algunos escritos. Varios de ellos señalaban las principales dolencias sociales del país y concluían que el Estado estaba en fase terminal, con el Poder Judicial politizado, que no impartía justicia; se percibían formas corporativistas de avances y apropiaciones de los recursos públicos, todo ello dando inicio a un proceso electoral general en el que la oposición al régimen de excepción -fueran sus candidatos populistas o no- tenían buenas oportunidades de triunfo. Así lo pensaba y trasmitía -por ejemplo- Paulo Roberto Paixão Bretas en su opinión de proyección acerca del 2018.

Al propio tiempo, otros analistas de la región recordaban que habían pasado casi cuatro años desde que de manera sostenida se venía operando una restauración conservadora, refiriéndose a la agudización de los ataques contra el chavismo y la vía emprendida en Venezuela, la propia situación brasileña con la politización del Poder Judicial y su papel selectivo sobre los hechos de corrupción conocidos como “lava jato”, y el cambio en el gobierno argentino con el ascenso de un oligarca a la presidencia. Sus opiniones se fundaban en las presencias de Michel Temer, Mauricio Macri y la reciente de Sebastián Piñera -por segunda ocasión- en Chile. Por supuesto, este regreso a los gobiernos con personeros de la derecha y sus partidos estaba acompañado no sólo del visto bueno sino del definitivo apoyo de Washington, apostando que el respaldo estadunidense se sostendría en el gobierno de Donald Trump, que advirtió su oposición a todo trato con potencias que intentaban ensanchar y saciar sus apetencias en América Latina, como los casos de Rusia y China.

Sin embargo, en medio de las protestas por la intervención militar decidida por Michel Temer en Río de Janeiro, el asesinato de la legisladora de ese estado, Marielle Franco- junto con su chofer- cimbraron al país. Las movilizaciones populares de condena a este acto ganaron las calles y también los espacios de la comunicación de nuevo tipo que en ciertos casos funcionan rápidamente, con fuerza impulsora desde las redes sociales.

La vida de Marielle Franco (de 38 años) contada por Eric Nepomuceno era intachable: iniciaba su primer mandato político esta negra carioca, nacida y criada en una favela, madre a los 18 años, lesbiana, con una licenciatura en ciencias sociales y un doctorado en administración pública, de acción destacada en poco más de un año en el Congreso de su estado denunciando las actuaciones ultrajantes y violentas de la policía militar contra sus pares. Este crimen expuso la desidia y la absoluta indefensión en que vive la gran mayoría de la población marginada. La mayor parte de las sospechas sobre la ejecutoria del asesinato recayeron de inmediato sobre la policía militar. Otra teoría indica la posibilidad de que pueda ser un sujeto de las “milicias” en que participan otras policías, ex policías y aún bomberos: en el pasado enfrentaron a bandas de narcotraficantes; ahora les venden protección e impunidad. Nepomuceno cae en la cuenta de que Marielle fue “víctima de la misma violencia que denunció. Formaba parte de una sociedad amenazada y enferma, atendida por médicos ineptos e inconsecuentes.”

Ante la muerte de Franco -del Partido Socialismo y Libertad (PSOL)- y con la participación de Chico Buarque, frente a la Asamblea Legislativa del Estado de Río de Janeiro, la multitud estalló en gritos de “Fuera Temer”. Por su lado, Nalu Faria, dirigente feminista, ante la pregunta de cuál era la responsabilidad que le cabe al régimen de Michel Temer, respondió: “Lo que los movimientos y la gente en general están diciendo de este asesinato es que fue consecuencia de la intervención militar de Río y, por lo tanto, un resultado del golpe. En el gobierno de Temer, desgraciadamente, se ha incrementado demasiado la violencia y la represión de la policía así como la criminalización de la lucha y la protesta. En este contexto, la gente de izquierda, Marielle en particular como militante del PSOL -de fuerte papel opositor- y muy comprometida con las luchas, se convirtió en blanco de estas persecuciones”.

En mayo de 2017, la ONU examinó las políticas públicas de Brasil acerca de los derechos humanos y criticó las reformas implementadas, advirtiendo que el congelamiento de los gastos del rubro era “incompatible” con los compromisos adquiridos internacionalmente por el país.

Más allá de señalar posibles autores materiales del crimen, también en Brasilia el entorno de Temer y éste mismo sintieron las repercusiones políticas del hecho que apuntan al régimen como coautor intelectual e impulsor de la situación que vive el país. Algo de lo que intuía Celso Furtado en los 90 se está viviendo por este tiempo: las políticas de conciliación de clases puestas en práctica por los sectores dominantes de la burguesía -que posibilitarían la extranjerización de “commodities” y tecnología nacionales- se sitúan a contracorriente y se ven cuestionadas en la práctica por demandas de las mayorías.

Asimismo, con dicha percepción del primer momento se quedaron aquellos que depusieron a Dilma Rousseff al sentirse y saberse apoyados desde el Departamento de Estado y la propia Casa Blanca: para eso está la Cuarta Flota estadunidense, disuelta en 1950 y que reapareció en la última década del siglo XX y su arsenal es capaz de destruir a cualquier oponente continental. En el caso brasileño vigilan el área marítima continental y en particular están destinados a defender los intereses estadunidenses del denominado pré-sal (aguas profundas), en los que se ubican bolsones de hidrocarburos que espera le sean concesionados. Algo de explotación similar a lo ocurrido con la empresa aérea de vehículos de mediano porte -básicamente- Embraer, que cedió el 51% de su paquete de acciones a Boeing. Aquella percepción los llevó a pensar que poseen un poder ilimitado -incluido el electoral- y se sienten capaces de continuar con un gobierno legitimado en el porvenir inmediato en las urnas, aunque para eso precisan “descarrilar” a Lula y ponerse de acuerdo sobre un candidato que los represente y tenga alguna chance de triunfar.

Es entonces que los números no les cierran: en un país de alrededor de 205 millones de habitantes, más de 40 millones de trabajadores carecen de salarios suficientes para sufragar la vida familiar; el desempleo alcanza a 13 millones; se incrementó la cantidad de puestos precarios; regresó el hambre de muchos y aumentó la violencia a la par de los incumplimientos sociales. El cuadro que se compuso fue el de un ataque sistémico del capital contra el trabajo.

Por otra parte, en un escenario internacional pleno de acontecimientos diversos que atraen miradas de todos, damos unas líneas -por el peso específico del país- a los comicios rusos: como se preveía sin necesidad del escrutinio, Vladimir Putin se quedará otro rato -de seis años- en la presidencia de acuerdo con cerca del 77% por ciento de los votantes, que le destinaron algo así como el 12% a un millonario representante de los comunistas, en un día que concurrieron algo menos de 70% de los electores.

De las declaraciones del reelecto se puede rescatar su señalamiento de que “Las relaciones entre Estados Unidos y América Latina son relaciones complicadas basadas a menudo en cierta presión de carácter político y económico, pero espero que la actual administración tenga la posibilidad –y esta posibilidad sea una realidad– de construir las relaciones del siglo XXI con base en la igualdad y respeto de los intereses mutuos”.

Por ahí también lanzó una frase pedante dedicada a sus seguidores pero destinada al mundo -según interpreto-, algo parecido a “Urbi et orbi”: “Estamos destinados al éxito”.

Debates sobre políticas internacionales

Escribe Pablo Anzalone

Artículo publicado en el semanario Voces 19 de noviembre 2015

Existen discusiones importantes sobre  política internacional dentro del Frente Amplio. Como las hay en  otros temas. Y también hay resoluciones de  congresos, propuestas programáticas aprobadas,  declaraciones de la Mesa Política y el Plenario Nacional, que  definen los acuerdos o las mayorías en la fuerza política. Por suerte hay debates y no “pensamiento único”, acrítico o subordinado a la opinión de tal o cual liderazgo. Al mismo tiempo las tres administraciones frenteamplistas han tenido improntas diferentes, énfasis distintos o por lo menos parcialmente distintos.

Con la oposición blanca y colorada las diferencias son más profundas. Han demostrado una clara voluntad internacionalista, alineándose con las derechas del continente en sus peores emprendimientos, desde el derrocamiento de Lugo al intento de golpe en Venezuela. Son furibundos denostadores del Mercosur, Unasur, Celac, Alba y defensores de los Alca, TLC, TISA, TPP o cuanto instrumento promueva EUA. Sería deseable tal vez pero es bastante improbable alcanzar políticas de estado en esta materia.

La concreción de un TLC con EUA en el primer gobierno  frenteamplista y recientemente la participación en el TISA son dos puntos culminantes de los debates dentro del Frente Amplio. Hay que valorar  en Tabaré una actitud  de consideración y  respeto por las discusiones y por las resoluciones del  Frente Amplio en estos temas que no son menores.  Recordemos también  que el TLC con México apareció como sustituto del que no se aprobó con EUA. En estos días se conocieron los resultados: mientras Uruguay vende poco más de 100 millones de dólares a México, este país nos vende más de 1000millones, mientras vendemos soja ellos nos venden celulares y computadoras. Se consolida una división internacional del trabajo que  nos posterga. Lo ha dicho la CEPAL en estos días: la profundización de la especialización en recursos naturales durante el ciclo de altos precios y la persistencia de una estructura productiva con reducidas capacidades tecnológicas, hacen más difícil salir de la situación actual.

El planeta vive una crisis profunda del capitalismo, que, como otras veces, está reorganizándose a partir de ella. Bajo el predominio del capital financiero y de las grandes corporaciones se está modificando el mundo y de ahí la complejidad actual de los escenarios internacionales.  Frente a las dificultades para acuerdos multilaterales  las grandes corporaciones   están promoviendo la negociación plurilateral.  En una conferencia reciente en el Centro de Estudios sobre Integración Regional CEFIR  sobre los mega-tratados  como TTP [1]y TISA[2], José Manuel Quijano señalaba que éstos no son tratados de libre comercio sino tratados cuyo fin es crear nuevos derechos para el capital internacional. EL TPP procura precisamente quitar todos los obstáculos para las empresas transnacionales. Cambia el ordenamiento jurídico internacional, el poder judicial. Afecta las empresas públicas. Son negociaciones cerradas, no democráticas, sin participación y conocimiento de gobiernos y poblaciones, con gran peso del lobby  corporativo. Dice Quijano: la visión “hay que estar porque todos están” es demasiado simple.

Por otro lado China, una potencia con enorme gravitación,  está excluida  del TPP y promueve un tratado distinto, el RCEP (que es el actual ASEAN más seis)[3]. China  desarrolla una política activa de acuerdos e inversiones en América Latina. ¿Qué impactos tendrá en el Mercosur el RCEP?

Como han señalado Quijano, Conde, Caetano, Mujica y otros  la gran apuesta para nuestros países era la integración regional y sin embargo ella enfrenta hoy graves dificultades. A pesar de ello, dar las batallas necesarias para desbloquear ese rumbo parece ser la mejor opción que nos queda. CEPAL  fundamenta  algo similar cuando señala que “avanzar hacia un espacio integrado y con reglas comunes es indispensable para promover los encadenamientos productivos, aumentar la resiliencia del comercio intrarregional y favorecer la diversificación productiva y exportadora”.  El contexto es complicado,  los resultados de las elecciones argentinas, el debilitamiento del gobierno de Dilma, entre otros,  agregan incertidumbres.

Los atentados  terroristas en París  tensaron todavía más  la situación mundial y el peligro de más guerras, más xenofobia, más islamofobia, más violencia  y muerte, está planteado. En algún momento habrá de reconocer que son consecuencias nefastas  de las políticas de EUA y Europa  hacia el medio oriente y el norte de África y cuestionarlas  con claridad. Más aún cuando Uruguay está ahora en el Consejo de Seguridad de la ONU.

[1] El  Trans-Pacific Partnership (TPP) es un acuerdo entre 12 países  del área del Pacífico que refiere a una cantidad de temas de política económica.

[2] El Trade in Service Agreement (TISA) es una propuesta de tratado internacional que abarca más de 20 países.

[3] Regional Comprehensive Economic Partnership es un propuesta de tratado de libre comercio entre las 10 naciones que integran hoy ASEAN ( Association of Southeast Asian Nations)  y otros 6 países como China, India, Japón, Australia, Corea del Sur. Estas negociaciones comenzaron en 2012.

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