Jueves dieciséis de abril del año dos mil veinte por Mariela Salaberry

¡Cuántas cosas!

Parece que hubiera pasado un siglo. Muchas palabras watsaperas. Imaginables e inimaginables. Circulan algunas fotos actuales, otras antiquísimas; música; recetas de cocina, chistes, poesías, pensamientos inesperados, conocidos y desconocidos; modernos, postmodernos, revolucionarios, filosóficos. Es como si el mundo empezara a chisporrotear.

Casi todos los días he respondido, como en un breviario, a las personas que me han escrito y que quiero. Dos por tres, sin darme cuenta, ¡lo hago en portugués! He notado que se entiende. Así que ya ni corrijo. No me sale ni un “che”, ni un simple “no te preocupés.” Además, la verdad, con tan variados interlocutores, parece que me estuviera convirtiendo en ministro de relaciones exteriores, rol que nao gosto, nao. Non me piace, per niente. Parece que ese tipo de trabajo es agotador. Así que no.

Hoy tomé una.decisión: me alejo un poco de todo eso. Respeto, escrupulosa, algunos horarios: uno, charlar un poco con mi hija. Me alegra el día. Otro, el tiempo de trabajar. Luego, descansar. Lo demás, vendrá por añadidura.

Oigo el timbre y salgo. Es Mario. Llegó en su moto, con varias paltas en una bolsa. Aún no están maduras. Dijo que se cayeron con el temporal de días atrás. ¡Qué regalo! Mario es, para nosotros, como un dios. Fue el que nos ayudó a arreglar y pintar la casa en la que vivimos hace unos trece años. Lo queremos muchísimo.

Charleteamos, alejados. Ni bien llegó dijo, sonriente: “Soy negativo”. Carcajadas. Nos contó alguna cosa sobre la vida de Alejandro, un muchacho que a veces trabajaba con él para ganarse unos pesos; los dos en negro. Alejandro era y es no vidente, por culpa de unas cataratas. Parece que había varias personas con ese problema en su familia. Ninguno se operó con los médicos cubanos. Un día, cuando estaba a punto de ser intervenido, se levantó y se rajó de la sala. ¡Asunto serio ese Alejandro!

Cuando Mario se marchó, paró en la puerta Miguel. Fue vecino nuestro hasta que una pareja de uruguayos que regresó de Australia le compró la casa, con plata que habían ahorrado allá. Él trabajaba como obrero de la construcción; ella como empleada doméstica.

Miguel vino en auto, con su mujer. Pasaron a saludar, nomás. Ella, no sé cómo decirlo, es bastante rarita. La verdad es que ¡he conocido personas tan raras! Algunas tienen una manera de imponerse con una ridícula superioridad. Solo ellas se la creen. El resto de los mortales parece que fuéramos los fundadores de la idiotez. ¡Qué se yo! Siempre hay cardos a la vera de los caminos.

Apenas se fueron, ya estando en casa, entró Ricardo Darín. Una amiga lo notó extraño también. Otra le contestó que lo que pasa es que está mayor. Estos comentarios, quizás baladíes, me hicieron pensar en la diferencia entre mirarse por el espejo y pensarse para adentro.

Cuando uno se mira al espejo, a veces da ganas de no verse. Pero si se mira para adentro, parece que tuviera veinte años. Haga clic en lo que prefiera. Si elige espejo, más vale que sea opaco. Si elije mirarse para adentro, trate de no mentirse. Tiene infinidad de opciones. Hoy elegí verme para adentro. Con esto del corona, no es cuestión de andar afuera.

Me veo jugando de tardecita a la escondida, con toda la gurisada de los alrededores, niñas y varones. O tratando de ganar una carrera de bicicletas. O juntando bichitos de luz.

Escondida, bicicletas, bichitos de luz; tropezones, agachadas, paradas, gritos, llantos, sudores, barro. Todo, en la enorme plaza de la ciudad. Para nosotros, era la liberación. Los monumentos que allí están hasta hoy, eran juguetes. Y eso que uno de ellos homenajea a Cristóbal Colón. ¡Quien diría!

También me veo jugando a la ronda en el patio de la escuela, cantando, afinadas o desafinadas:

Sale el sol, sale el sol

En la esquina de mi casa.

Voy a ver, voy a ver,

La vereda solitaria.

Que salga la dama dama

Vestida de marinero,

Si no tiene dinero,

La pala de acero.

Pasé esta letra a un pequeño grupo de amigas. Lo recordaron muy bien y agregaron otro:

De la soledad se debe huir,

se debe huir.

Sólo con las amigas se debe jugar,

se debe jugar.

¡Pobre George Moustaki! Pensar que cantaba: “Je ne suis jamais seule, avec ma solitude”.

¿Cómo haría?

Vaya uno a saber.

Así son las cosas.

LÍNEA DIRECTA AL CORAZÓN por Stella Maris Zaffaroni


¡Apagón!-gritó Macarena desde el patio del naranjo en el momento en que se cortó la energía.
-Gracias a Dios –suspiré yo y dejé caer mis dedos sobre el teclado de la PC…es que, te cuento, desde que tengo whatsapp web mi vida es una carrera en contra de las teclas y los timbres.
Nada más me levanto y pienso -Voy a conectar la máquina, me sirvo un cafecito mientras bajan los mensajes y leo en santa paz… ¡nada que ver!
Esta mañana, estaba en la cocina sirviéndome el café cuando empieza a sonar los ¡Ding! …es que alguno está escribiéndome.
Corro, porque no sé si te acordarás que mi casa tiene como media cuadra de largo, entonces corro desde la cocina a ver quién es… ¡una hija!
-¡Aleluya! ¿Cómo estás, nena?- antes de que me conteste ¡Ding!- otro en línea.
– Aló Rosy- mi amiga de Veracruz- ¿en qué andan?
¡Ding!
– ¿Y ahora quién?…el hijo:- ¡Viejita qué suerte encontrarte!
-Por acá todos bien, salvo que una de las chicas tiene dolor de oídos-dice la hija
¡Ding!
-Vamos con mi marido a almorzar fuera, ¿dime cómo estás tú?-Rosy
¡Ding!
-¿Vieja estás ahí?
¡Ding!
– vamos a llevarla al médico.
¡Ding!
Y yo que escribía-Me alegro mucho, que se diviertan (a una) y –Mejor vas al médico. (A los otros) y -¡Claro que estoy acá! ¿Sos tonto tú? (al hijo)
¡Ding¡, ¡Ding!, ¡Ding!
-¿Qué me divierta llevando a la nena al médico? ¿De qué hablás mamá?-la hija.
-¿Por qué decís que en lugar de salir a almorzar vaya al médico? ¡Es una premonición!, ¡nos va a pasar algo!- -Rosy.
-¡VVVIIIIEEEEJJJAAAA!- el hijo
Y yo escribo- No lo del médico, después Contame de la salida- a Rosy.
-Estoy acá, no me grites.- Al hijo que escribía en mayúscula.
-Nada de premoniciones es que son muchos juntos.- ya no sé a quién de tanto saltar de una pantalla a otra.
¡Ding!
– ¿Somos muchos juntos? Solo él y yo vamos a almorzar-decía Rosy
¡Ding!
-¿Vas al médico? ¿Qué te pasa?-el hijo.
¡Ding!, ¡Ding! ¡Ay por Dios!
-Chichí ¿en qué andás?-Macarena venía entrando y yo que no puedo dejar de mirar las teclas…y los mensajes que se apilaban y los ¡Ding! Que sonaban.
– Mujer, hacé video conferencias-dijo Macarena.
-Dear, sos mi ídola!-suspiré aliviada…y…-¿cómo se hace?- miraba la pantalla desconcertada.
-Acá- dijo y apretó algo y se abrió una pantalla- luego pasá a la otra conversación y hacé lo mismo.
Sintiéndome Cristóbal Colón rumbo al horizonte apreté ¡ah! Suspiré aliviada al ver que nada raro ocurría.
-Dale Chichí, hacé lo mismo con mi ahijado así lo saludo-dijo y yo apreté con más aplomo ¿viste? Onda canchera.
¡Ding!
Mensaje del hijo -Madre no tengo micrófono, así que no podemos contestar, te vemos, y te oímos.
¡Riiing!, la hija.
-¡Ola, Nonna!, estamos acá-se oían las voces de las nenas y mi hija me sonreía desde la pantalla.
Charlamos un ratito.
¡¡Riiing!-Estoy en cuatro patas bajo la PC buscando dónde fue a para el micrófono, hablame que te oigo-Rosy.
-Aló Rosy- dije al tiempo que escribía a la hija ¡Fue lindo oírlas!
¡Ding!
-Vieja hablá nomás, yo te escribo.
-Acá estoy, bien y en compañía de Macarena que quiere saludarte.
¡¡Riiing!-¿Voy a escuchar a Macarena?, ¡pues mira tú qué emoción! ¿A ella le gusta conocerme?-Rosy
¡Ding!
-¡Madrina cuánto te extraño! ¿Te venís a pasar unos días?-el hijo.
-¡No, ni loca!-vociferaba Macarena que estalló en una carcajada.
¡¡Riiing!
-¿Ni loca ha dicho? ¿No le gusta conocerme?-Rosy
-Macarena le contestaste a Rosy. Cambié la pantalla al hijo y ella repitió.
-Rosy, Macarena hablaba con mi hijo.
¡Ding!
-Degenerada-escribía el hijo-se ve que está segura de que te quiero…dale venite.
-Ni ahí-gritaba la otra en el micrófono por encima de mi hombro, mientras yo le daba a las teclas y trataba de adivinar lo que me decían las nietas.
-¡Ay! ¿ya decía yo ¿qué le pasa conmigo?-Rosy estaba absolutamente desconcertada.
– Nada, amiga, cuando hablan con mi hijo y son dos bestias, hay que ver cómo se tratan.-a Rosy
-Divino el canto- a mi hija; a mis nietas- cántenme otra- así gano algo de tiempo, pensé.
-Venite, desgraciada, si sabés que te queremos.- El hijo a Macarena.
-Lo que no sé es para qué me quieren- dijo entre medio de risas- y no van a atraparme.
¡¡Riiing!
– Mira, veo que está complicada, ahorita te llamo ¿quieres?-preguntaba Rosy.
-Todo bien- le decía yo al tiempo que sonaba el ¡Ding! eran mis nietas que, cansadas de tanto canto, me mandaban una foto. ¡Ding! ¡Ding! ¡Ding!, muuuchas fotos.
¡Ding!-Nonna ¿estás viendo las fotos?
¡RRRiiiiing! Sonó el timbre que anuncia otro en línea.
-¡Basta para mí-gritó Macarena y con la misma se fue-Estoy en el patio del naranjo tomando mate.-decía mientras se alejaba.
¡Ding!
– Viejita tengo que irme, chau, chau-y con la misma se desconectó el hijo.
¡Ding!
-Mamá nos está llamando-gritaban las nietas- te amamos Nonnaaaaaa.
¡Ding!
-¡Hasta luego, madre.- leí a la hija y…fuera.
-Aló-dije en el micrófono, ¿Rosy estás ahí?
-¿Amiga, ándale, ¿siempre es así de movida tu vida?-preguntaba la otra desde México.- y en ese momento…¡Apagón!

Dejé caer las manos con alivio y se me vino a la cabeza la señora Sónico, ¿te acordás que le dolían los dedos de tanto apretar teclas?
-Voy para allá –grité a Macarena y comencé a desplazarme hacia el patio.
Estoy yendo cuando oigo golpes en la puerta de entrada.
Abro.
-¡Teté!- dije al tiempo que lo sostenía…como que se derrumbó encima de mí.
-Se cortó…-trataba de acompasar la respiración.
-Sí ¡y no llegaste a subir al ascensor!
Movía la cabeza de acá para allá mientras se secaba la frente con un pañuelo ( de hilo of cors, Teté ni toca los descartables)
-A Dio gracia que no se metió en el ascensor- se burlaba Macarena- si no se nos queda el pichón atrapado en la jaulita- y entre risas le acariciaba el pelo (Teté odia que le toquen el pelo)
-Macarena, no lo pelees que está como ahogado.
-Largá el pucho, cariño. –le dijo ella al tiempo que le tomaba del brazo y marchamos los tres hacia el patio del naranjo y el mate amargo.

Y allí estábamos sentados, mirando la ciudad, el cielo azul, escuchando cada uno al otro, con calma, cuando sonaron unos golpes en la puerta.
-¿Quién es?- pregunté al tiempo que abría la mirilla (porque esta casa tiene mirilla tipo ventana, divina, toda trabajada…es de 1930 ¿te dije?).
-Era el portero que traía unas cartas.- Comenté mientras ocupaba otra vez mi sitio en la tertulia del patio.
-¿Sin ¡Ding!?- se burló Macarena y cebó otro mate.
– Con ¡Toc, toc!- comenté. Tomé una de las cartas, rasgué el sobre, saqué la hoja y suspiré:- ¡Adoro al cartero!, tan retro él.-dije.
Y el sonido de la bombilla, cuando Teté terminó del tomar el mate, le puso música a la frase.

Chichí

LA REINA DE PERSIA por Stella Maris Zaffaroni

Estábamos hablando por whatsapp con Macarena, por esto del tapaboca para entrar al súper. En eso ella dice:
-Abaya.
-¿Ah vaya? ¿Qué descubriste?, ¿qué, quién, va ya a dónde?.
-Nada que ver, dije abaya.
-Ah, estás asombrada.
-Y tú de la nuca- dijo y se rió.
Desconcertada miré el celular, ¡cómo si la foto de Macarena en la pantalla pudiera darme una pista!, ni plín que pesco de qué habla.
-¿Ah vaya?- dije con cautela.
-Sí, abaya, burka, nigab.
-Dear, ¿te pasa algo?, ¿te atoraste?, ¿en qué idioma hablas- decía yo y a la otra le habían agarrado tales carcajadas que no podía explicarme.
Medio que me molestó, te digo, me sentí idiota ahí con el cel en la mano oyendo su risa, sin entender nada!
Yo las burlas las tomo mal, muy mal; falta de autoestima, me decía mamá, eso me ponía peor.
-Macarena, se entrecorta, estoy en la cocina y pierdo la señal- mentí y corté.
Te digo; no pasaron ni 2 minutos que estaba llamándome.
-Chichí ¿no era que querías resolver lo de la máscara?
-Sí, ahora tengo que ponerme una para ir al supermercado.
-¿Y cuál es tu drama.
-Dear, me extraña, no hay maquillaje que aguante con esas que venden.
-Sí, eso me dijiste hoy cuando me llamaste.
-Bueno, además se me empañan los lentes.
-También me lo comentaste, te dije que probaras a frotarlos con jabón seco.
-¡Dear!, ¿tenés idea de lo que cuestan los lentes multifocales, con antiraflejo y fotocromático?
-Ni ahí, yo veo bien sin lentes.
-Mentime que me gusta- ahora la que se reía era yo- Tú decidiste que TE VES BIEN SIN LENTES y no te los ponés- dije con ratintín.
-Bueno sigamos con el tema de la máscara, ¿armaste alguna?
-Ay, qué querés que te diga, ví la que se hizo Olguita con una lámina de acetato…
-¿Y vas a copiarla?
-Ni muerta salgo a la calle con eso, es muy poco fashion.
-Es fashion total, porque ahora es moda andar de máscara.
-Bueno, pero no, me siento como un obrero.
-Ah, te salió la chica burguesa.
-Como quieras, yo soy como soy y no me animo a salir con eso.
-¿Y las que se arman con una botella.
-¿Se arman con una botella de buen vino para matar todo coronavirus?- me burlé.
-¡Buen la tuya!, gárgaras de alcohol, quesito, aceitunas y al diablo con el bajón.
-Probé con una de esas mascarillas …las que tienen un pedacito de metal sobre el puente de la nariz, pero
-A ver ¿qué pero le encontraste a ésas?
-No me quedan bien, me resaltan las ojeras.
-Ponete corrector.
-Puse, en realidad me maquillé toda. Un trabajo, te digo, no cualquier color va con el parque blanco sobre la boca.
-¿Y por qué no te resultó?
-Se ensució toda.
-Hermana vos tenés más vueltas que una oreja- dijo y se hizo el silencio.
-¡Qué hago? Hoy al súper tengo que ir.
-Abaya…
-¿Te asombra que vaya?
-No pensaba en… ¿abaya, nijab, burga?
-¡Otra vez con la letanía!, teneme piedad ¿no te has dado cuenta de que no te entiendo?
-Pichona, estoy hablando de lo que usan las mujeres musulmanas.
Estupefacta quedé, de flash.
-Macarena ¡sos lo más!- Aplaudí y allá voló el celular.
-¿Chichí?, aló, pichona, contéstame- le escuché decir cuando rescaté el cel, que por suerte cayó en la tierra del naranjo.
-Dear, acá estoy, casi saliendo para comprar…
-¿Con qué tapabocas?
-No voy al súper, voy a La Aguada a comprarme uno de esos ah vaya burka.
-Paso a buscarte con el auto, bajá que en 5 estoy ahí- dijo y cortó.
Mientras iba en el ascensor, me miré al espejo y me tapé la cara con la mano. Quedé mirando cómo resaltaban mis ojos: ¡Ay por Dios, soy una Sherezade! , en mi futuro hay mil y una noche, con un rey de Persia ¡of cors!
Chichí

SÁBADO CUATRO DE ABRIL DEL AÑO DOS MIL VEINTE por Mariela Salaberry

Esta noche no se oye ruido alguno. Apenas unas voces lejanas, de hombres y mujeres. Unas más agudas, otras más graves. No son voces de fiesta sino de conversaciones, con palabras muy bien articuladas. Debe ser gente que sufre insomnio. A veces suena una corta carcajada.

Algunos vecinos me han dicho, hace unos días, que hay quienes se pelean desde diferentes pisos, gritando frases groseras: “¡Apagá la luz, M&$#!” o “¿No se dan cuenta que esa chiquilina llora a gritos? ¡Hagan que se calle”! Me cuesta creerlo pero ¿por qué mentirían? Pienso si no se estará juntando mucha rabia con la cuarentena. A mí ya me está ocurriendo mientras escribo: la tambaleante mesa, hoy me da rabia, por ejemplo. Por suerte, poner una planchita de hierro debajo de una de las patas me tranquilizó: quedó inmóvil.

La ventolera de ayer ensució las enormes piedras del piso con ramas y hojas secas. Me salta un gen de mujer dominada, paro de escribir, agarro la escoba y las barro. Moverse dicen que hace mucho bien. Hace añares que se dice eso, no sólo ahora. Se me va un poco el frío. De la parra cayeron unas cuantas uvas casi secas. Las junto y las tiro para el terreno de al lado. Total, ahí no vive nadie. Vaya Dios a saber si no tienen ese virus.

Una extraña y helada sensatez me activa una irrefrenable necesidad de entrar para casa otra vez. Sigo trabajando en la cocina.

Hoy el reloj funciona. Le pusimos pilas nuevas. Marca las tres y cuarenta y cinco minutos. Cinco minutos en punto de la madrugada. El segundero gira y gira, impertérrito.

El hombre de la casa duerme, a pesar de que el gotero con aceite de cannabis que atrae su sueño, se le perdió. Ya estaba casi vacío, me parece. Pero no le dije nada para no pelearnos. El italo-argentino es bravo en los enojos. O se hace la víctima, cosa que me sulfura.

Uno de estos días estuvimos acordándonos de cuando recién llegamos de Italia a vivir a Montevideo, a esta misma casa, hoy cuarentenada. Él se despertaba de mañana antes que yo. Un día, cuando me levanté, me di cuenta que estaba escuchando un programa en la radio que se llamaba “la hora bolchevique”. Yo no lo podía creer. Era como si estuviera hablando Stalin. Además, cuando empezó nuestro enamoramiento, me había dicho que se había ido de Buenos Aires por culpa de Isabel Perón y su amigo López Rega.

Pensé en qué asociación de ideas habría hecho entre esa realidad que le tocó vivir y aquél programa. Casi me muero de risa. Imaginé que recién estaba conociendo las radios uruguayas o, a lo mejor, la tal “hora bolchevique” sólo trasmitía de madrugada. Nunca lo supe. Por suerte después entró a otras emisoras, sobre todo musicales. Creo que lo ayudó a no extrañar tanto Italia, donde vivió casi treinta años, país al que este invierno parecería que no puede ir, que es su mayor deseo.

¿Qué vamos a hacer? No sabemos.

Los días de hoy parecen domingos, como soñaba Thiago de Melo. O primero de enero. Nada por aquí, nada por allá; nada por el más allá. ¿Estaremos volviendo a “aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas”? ¿O a un tiempo que nos puede transformar en personas narcisistas y obsesivas? ¿O a una especie de medioevo con señores feudales que no se ven porque permanecen escondidos en sus castillos?

Este tipo de preguntas me hacía ayer, viernes de noche, cuando fuimos a la mutualista a retirar remedios. Por suerte estaba vacía. Propuse dar una vuelta, en el auto, por Dieciocho de julio. ¿Por qué no? Tiempo había. Él me dijo que a mí se me ocurre salir a pasear cuando no se puede. Pero no le disgustó. Creo que lo que pasa es que el corona virus a mí me despierta el espíritu de contradicción. En el centro no había un alma. Ni un boliche abierto. No lo dije, pero me vinieron unas ganas locas de tomar un café.

Hace años que no íbamos por ahí. Verlo así, fue impactante. César manejaba parloteando mientras yo miraba por la ventanilla. Los comercios sin marquesinas también cerrados, sin luces ni gentes por las veredas. La estatua de la Plaza Libertad parecía un árbol de Navidad, con muy prolijas guirnaldas de lucecitas de colores encendidas. Desde allí hasta la Plaza Independencia, el mismo tipo de luces. No sé si tantos adornos quedaron allí desde Carnaval o los pusieron en homenaje a la Semana Santa. Con pasmosa lentitud circulaban dos patrulleros a dos cuadras de distancia entre sí.

Volvimos por Dieciocho hasta Bulevar Artigas. Seguimos hasta la placita Varela y doblamos para llegar a Ada. Brasil, dirección Pocitos. Créase o no, por ahí nos perdimos. Mi compañero de amores y dolores, enlenteciendo la velocidad, me dijo: “Estamos en el Ombú”. Miré mejor y le dije, dubitativa: “Me parece que estamos en la rambla”. Estaba oscuro en los alrededores. Fue una confusión muy interesante. Porque “il Cesare” es de esos hombres que se ubica de una manera asombrosa, perfecta y pluscuamperfecta. En cambio, de mi parte más bien me pierdo con pasmosa frecuencia.

Me alegró darnos cuenta, de pronto, de que nos habíamos acercado a la rambla. A él circular por allí, le encanta. Aumenta la velocidad, atento, como si estuviera jugando una carrera de autos, aunque casi no había autos. Le acaricio la rodilla con cariño. Se detiene en la panadería del barrio: cerrada. Seguimos unas cuadras más hasta casa, sin ruido alguno.

Juro y perjuro, con palabras graves o agudas, que sobre este tema y sobre estos días, no voy a escribir ni una sola palabra más.

GOZADO LO DE MARY por Stella Maris Zaffaroni

Estoy muuuy aburrida, ya limpié el living, aproveché para cambiar los muebles de lugar, encaré con el escritorio, al cual también le cambié los muebles de lugar, barrí el balcón del escritorio, sacudí la alfombra, me rompí una uña y grité: ¡Basta para mí, bingo, cartón y lotería!

Largué trapos, pala y escoba en la despensa y… ¿Y ahora qué hago?
Entonces decidí llamar a alguien, abrí el cel y miré la lista: A éste no lo llamo porque me sale con el bajón, ésta… no ésta empieza a hablar del coronavirus y es lo último que quiero, seguí bajando por la pantalla y ¡María!, mi prima, a la que la familia llama Mariquita, hace mil que no hablamos y es divertida- pensé y con la misma la llamé.

-Aló Mary- le dije porque lo de Mariquita me suena a época de la colonia.
-¿Quién es?
-¿Cómo quién es?, Chichí soy, ya me viste en la pantalla cuando sonó el cel.
-Ah, estás tan rara en esa foto que no te reconocí.
¿No me reconoció?, yo no la reconozco a ella con esa voz de fastidio que tiene ¿habré marcado bien?
-Adorada- dije para endulzarla- ¿en qué andás?, ¿cómo estás?
-Estoy organizadísima con lo de la cuarentena-dijo.
Sonamos, pensé ya me sale con el coronado éste que me tiene hasta la coronilla.
-¿Y eso?
-Mirá estoy chocha…
-¿Con la cuarentena?
-No con la forma en que me organicé. Al lado de la puerta puse una caja, para los zapatos que uso al salir. Además puse un clavito, para colgar el tapaboca cuando regreso. También un banquito, donde dejo los guantes de goma y, después que me los pongo, cuando voy a salir, entonces me siento para calzarme los zapatos.
-¡Qué bueno lo tuyo!- le contesté mientras pensaba ¿no tendrá nada más interesante para hacer?
-En cuanto a mi día; no comienza con un baño, porque me baño cuando regreso a casa, lo comienzo con una taza de agua caliente con limón, para depurar el organismo. Luego me tomo mi jugo de naranja, que tiene vitamina C, me como una ensalada de fruta fresca con yogur, por las otras vitaminas y para ayudar a la flora intestinal.
-¡La mierda pensás en todo!
-Ah no termina ahí, me como una mezcla de avena, cebada y germen de trigo, por los fitoestrógenos.
-¿Los qué?
– Los fitoestrógenos que son los grandes aliados de la mujer.
-Haber sabido antes me los tragaba, mañana empiezo.
– Y termino…
-Empachada- dije y Mary soltó la carcajada.
-Nop, termino con una copa de kefir.
-¿No es un poco temprano, o te tomás eso para entonarte con el alcohol y poder encarar el encierro?
– Chichí- la risa le impedía hablar- Ay mujer, me hacés reír con tus locuras.
-¿Mis locuras?, si la que se toma una copa con el desayuno sos tú.
-El kefir es un probiótico que contiene microorganismos vivos que ayudan al tracto digestivo, y benefician a la flora intestinal y al aparato en general.
-¿Organismos vivos?, ¿desayunás comiendo bichos vivos?- casi me da una arcada.
Las carcajadas de Mary me obligaron a despegar la oreja del celular.
Cuando las carcajadas dejaron de vibrar le pregunté:-¿Para qué hacés tamaña burrada?, ¡sos una antropófaga!
Ahí empezó a reírse nuevamente y creí que se ahogaba- Chichí me llamaste bicho- otra vez las carcajadas y ya me estaba arrepintiendo de haberla llamado, cuando se calmó.
-Para que te escandalices aún más te cuento que, a media mañana , me tomo una tetera de té verde, que es antioxidante.
-Mary de mi corazón, si todo eso te comés antes de que sea mediodía…cuando termine la cuarentena no pasás por la puerta.
-¡Qué no voy a pasar por la puerta!, terminado el desayuno me pongo en You Tube una rutina de gimnasia, algunas veces pilates, otras zumba.
-Andás zumbando, sos una diosa.
-Ni tanto, cuando termino la rutina me doy un baño, luego me pongo la mascarilla limpiadora, cuando me la saco me pongo la hidratante, mientras espero miro algo en televisión, luego me la saco, me pongo la crema de árnica, por todo el cuerpo, las de hammemelis en las ojeras, la de tea tree en los pies, me paso el blanqueador por los dientes, ahora estoy lista para maquillarme. Después elijo qué conjunto voy a vestir hoy, qué zapatos…
-Mary, frená que ya me cansé, dame un respiro- dije y respiré ¡uf!
-El resto del día me lo paso entre que le pongo líquido carrel a las…
-Perdón que te corte, mas decime y a todo esto ¿tú novio qué dice, qué hace?
-Ah no, a mi novio le agarró el cierre de fronteras en Argentina, así que está en su casa en Buenos Aires ¿o tú te creés que yo haría toda esta serie de gansadas si él estuviera aquí? ¡De coginche nos la pasaríamos!- gritó entusiasmada.- Amor desenfrenado en tiempos de pandemia, adoré la idea- dijo y empezó jadear gozosa entre las carcajadas.
Me agarró como un ataque de envidia, así que le grité:- Besotes – y corté.


Chichí

UN DÍA CORONADO por Mariela Salaberry

Viernes tres de abril del año dos mil veinte.

En el fondo de casa, sobre una pequeña mesa que se tambalea y a la luz de una tenue lamparilla, escribo a mano.

El cielo se anuncia diáfano. Apenas oigo algunos ruidos. Da la impresión de que pasaran camiones; a veces una frenada fuerte. Luego, algo similar al sonido de las olas. O nada. Silencio absoluto. En algún momento, insistente, una moto circula sin silenciador. A esta hora no despiertan a nadie. La ciudad duerme.

A veces mis ojos parecen los de una mosca. Agrandados, giran de un lado a otro. Comienza a aclarar. Aún no han apagado las luces que alumbran los balcones de los edificios construídos a pocos metros del arroyo Malvín. Son tan altos y están tan pegados que parece que viviéramos en Nueva York. Para tratar de no verlos, ni de día ni de noche, dejamos sin cortar las ramas de los tres gigantescos árboles que crecieron en la parte de atrás del terreno, a unos quince metros. Pero no hay caso, igual se ven.

El viento agita las hojas de unas alegrías. Quizás esconden un dolor que quisiera huir. Y las de una solitaria higuera. También las de las cañas del terreno de al lado. Algunas ya están rodeadas de flores violetas. Esas que crecen sin que nadie les preste atención. Se les llama “campanitas”. El gato que siempre anda por el techo de chapa me tiene miedo. Salió disparando apenas sintió mis pasos. Por lo menos a esta hora no bajará. Lo conozco muy bien. Es un gato raro. Cuando caga en la tierra no cubre la mierda, como lo hacen todos los de su especie. La deja al aire libre. La verdad, es muy extraño. ¿O estará aburrido?

El árbol de nísperos está empezando a dar flores. Si fuera de día, alguna abeja cualquiera andaría por allí revoloteando. Unos pajaritos cantan, haciéndoles compañía. El cielo se cubrió de nubes y empezó a garuar. Es muy agradable oir las gotas que caen, dulces. Pero empezó el frío. Es hora de entrar a la casa. Subo la escalera y, de paso, vacío la oxidada lata de atún que uso de cenicero. Antes de llegar a la puerta hay que pasar por un corredor que apretuja este viento otoñal. En verano, al atravesarlo, nos calcina.

Ya adentro, el horno entibió el ambiente y la cocina huele al pan casero que preparó el hombre de la casa. Se llama César, Cesare. Es italo-argentino, con motas uruguayas. De pura casualidad no es también belga: vivió varios años en Bruxelas. Al finalizar su trabajo culinario, se enchufa en el celular, sentado en el sillón de hamaca que era de mi madre. No me sorprende. Tiene una aplicación con la que se conecta con media humanidad, dice. Se siente frustrado. Nunca, hasta el día de hoy, me había dicho algo así. No se explicó, pero lo entiendo. Este año no va a poder viajar a Italia, donde vive su único hijo. Además, allá está por empezar el verano. No agrego más palabras por ahora. Sobran.

Me acerco a la puerta de la heladera de nuestra vivienda. Allí pegamos, hace una eternidad, un mapa mundial, es decir, un mapamundi. Pienso que hay que cambiarlo. El papel se está rompiendo. Además, no nos ha sido de gran utilidad. Está cubierto de fotos, postales, pegotines que empiezo a tratar de tirar a la basura. ¡Qué dilema! La postal con la típica cara de Carlos Gardel, con el gacho y su dulce sonrisa, no la puedo tirar. Justo cubre toda la China, la India, Rusia y sus alrededores. Está sostenida por un pegotín que, además, también tapa parte del Océano Pacífico.

Las fotos familiares, sobre una diminuta Europa, tampoco puedo tirarlas. ¡Me dolería el alma! Ahí está mi “petite” familia franco-uruguaya. No son muchas. ¡Todas tienen una historia!

Más abajo he acumulado varias propagandas de pizzerías, farmacias, cerrajerías y hasta una empresa de control de plagas domésticas. Despego sólo dos. Las demás, pienso que tal vez un día pueda necesitarlas. ¿Un día? ¿Qué día?

La incertidumbre da un salto hacia la muerte. ¿Qué muerte? La que hoy, justo hoy, sin urgencia alguna, me encantaría tirar a la basura.

Miro la hora. El reloj se paró. Pero, ¿a quien le importa el tiempo cuando no hay tiempo?

Preguntas vanas ante la única que hoy es valedera en el planeta tierra: ¿cómo se detiene a este monarca tan cruel y siniestro que nos amenaza?

Tengo miedo, mucho miedo de que a mí tampoco me importe, como no le importa a las hojas de las cañas ni a la áspera higuera.

VOLVER A DURAZNO por Mariela Salaberry

VCuando supe que podía regresar a Uruguay sin riesgos aparentes, preparé todo con urgencia para viajar con mi hija. Volver fue tan veloz como cuando tuve que escapar, salvo que con menos miedo. La idea era ir lo más rápido posible a mi casa paterna, a mi ciudad natal. Lo demás vendría después.

Ver la ONDA, estacionada en la Plaza Libertad, me produjo un sentimiento de familiaridad con solo mirar el dibujo que representaba el famoso galgo en carrera, pintado a los costados, sobre color aluminio, logotipo de la compañía. El ómnibus, con la carrocería también de aluminio, ondulado y remachado, pintada de blanco salvo en una franja lateral (creo que de color gris), con sus pequeñas ventanillas y sus contornos bombés, como las heladeras de antes, me pareció que era el Concorde.

Apenas subí, miré las caras del conductor y el guarda, pensando en iniciar conversación. Creía conocer a todos de la época en que viajaba con frecuencia. Pero no; no conocí a ninguno. Tampoco entre los viajeros, salvo una señora que me saludó con extrema cortesía y cariño. Nunca supe quien era. Quedé encantada de que me hablara. Le seguí la corriente para no defraudar el entusiasmo con que venía, que se resistía a ser desplazado por cualquier contrariedad, por nimia que fuera.

¡Volvía! Al lugar donde había pasado dieciocho años de mi existencia. Soñaba con los amigos que iba a encontrar y mucho más. Tenía que atar lo que se había roto, después de doce años de destierro. Entredormida me acordé de la plaza. Era nuestro patio, nuestro lugar de juegos, de juntar bichitos de luz al anochecer, de carreras en bicicleta; de jugar a la escondida, sobre todo atrás del monumento a Colón en medio de la Plaza, que olía a pichí en cada rincón, con aquella bola de cemento arriba.

Esa bola, pelota, como se le quiera llamar, ocupaba una parte de nuestra imaginación. Jamás recuerdo que alguien nos hubiera enseñado que eso representaba el mundo redondo. Pensábamos que tenía cartas escondidas; cartas de Colón, de los Reyes de España, de algún marinero, de muertos que habrían contado allí sus experiencias por el cruce del océano, lleno de monstruos peligrosos. O cartas de amores perdidos.

La ansiedad se mezclaba con una sensasión de contento y temor. Mi hija, que de campo y vacas poco había visto en su vida, al rato se aburrió y se durmió hasta que llegamos. Fue muy cómico cuando volvimos a Montevideo y me mostró su primera poesía:

“Campo,

campo,

campo,

campo”.

Había repetido la palabra como siete veces.

Y nada más.

Nunca un viaje se me hizo tan largo.  Por la Ruta cinco iba registrando las ciudades y pueblos, que conocía de antaño. Me resultaba difícil reconocer el paisaje. Hasta que de a poco comencé a ubicarme, casi antes de llegar. Me paré antes de entrar a la ciudad, por miedo a que hubieran cambiado el recorrido. Pero no. Seguía igual. Mi familia nos esperaba en la parada, en la esquina de mi casa. Estaba mi madre, mi cuñada y cuatro de mis sobrinos. Parecían álamos allí parados. Una altura y una delgadez impresionante. No sabía quien era quien; no encajaban con el recuerdo de aquellos gurises que dejé de ver siendo niños. ¡Hasta sus nombres se me confundían!

Largos, húmedos, fueron los abrazos, entre sonrisas y preguntas inconexas. Hasta que arrancamos todos para casa. Mi vieja había armado un verdadero banquete del que solo recuerdo haber comido y bebido mucho. Y sentirme incómoda, insegura ante mis sobrinos, llenos de timidez. Para ellos yo era una desconocida absoluta y eso me cortaba el habla. Seguramente hice ese tipo de preguntas ridículas que hacen las tías, respondidas con parquedad por los muchachos.

El tema de la muerte de mi hermano, su padre, escapó por el bies de una conversación. Mi cuñada empezó a sollozar. Me acerqué a ella, nos abrazamos y quedamos que al otro día iríamos juntas al cementerio. Yo necesitaba hablar de mi hermano, muerto cuando estábamos viviendo en Sao Paulo. Me había enterado de casualidad, por un diario. El tema quedó por ahí, suspendido, en un silencio que alguien rompió con espontaneidad.

Me sorprendía que me llamaran por mi nombre. ¿Era, entonces, la misma persona que aquella que nombraban? ¿Quien era la que respondía a ese nombre tan sonoro? ¿A qué persona, de las tantas que fui, le estaban hablando? ¿Cómo era ésta, mi familia?

Había alegría, curiosidad, sorpresa, reconocimiento, búsqueda, confusión, recuerdos desencontrados, balbuceos. Un comienzo plagado de extrañeza. Después que todos se fueron, recorrí punto por punto toda la casa. Le mostré a mi niña el que había sido mi cuarto, mi biblioteca, el roperito de las muñecas, las muñecas. Los vestidos y sombreros emplumados de antiguos casamientos o cumpleaños. Eran de mis hermanas o de mi madre. Terciopelos, plumas, encajes, enaguas, sábanas y manteles llenos de puntillas bordadas a mano.  Un vestido mío, también de fiesta, minifalda, de gasa y raso negro. Era de cuando tenía quince años. Nos pusimos todo, inventando disfraces y muriéndonos de risa.

Después nos sentamos juntas al piano. Busqué viejas partituras. Traté de ejecutar las más sencillas. Ella, con sus siete añitos, nunca había visto a su mamá tocando el piano. Enseguida quiso unirse, entusiasmada, golpeando una tecla por aquí, otra por allá. No entendió por qué la rezongué. Sentada ante el piano, todo lo demás desapareció para mí, incluso ella. Oir una disonancia cuando apretaba con sus deditos cualquier tecla, me enojaba. Le enseñé a tocar “Para Elisa”. Así volví a aquella extraña realidad.

Al otro día, mientras guardaba la vajilla que había quedado sucia, no podía creer que me dirigiera, certera, a los lugares donde, desde siempre, habían estado los platos, las copas, los cubiertos de fiesta, los de todos los días. Encontrar los interruptores de las luces sin necesidad de preguntar dónde estaban. Me inundaba una sensación de pertenecer a algo que no sabía lo que era. Retomaba ese pedazo de vida por lugares insólitos y de una simplicidad que la ausencia había escondido.

Fuimos con María Delia, mi cuñada, al Cementerio. La última vez que había estado allí fue cuando murió mi padre, en 1972. Nunca me gustó ir a los cementerios ni a los velorios que se usan ahora. Prefiero los velorios de los cuadros de Figari. Sentadas en el borde de un escalón, en la soledad de aquella tumba de granito rosado, me contó mucho de mi hermano. Su vida cobró realidad en su voz dolida.  Vi su reflejo días después en la cara y en las charlas, ya distendidas, con sus cuatro hijos y su única hija: heridas que hasta hoy dejaron cicatrices, enormes huecos vacíos de preguntas, de vivencias, de consejos, de equivocaciones, de caricias, que les dejó su temprana muerte.

Mi sobrina estaba en Montevideo cuando llegamos. Cuando regresó, me llevó hasta la playa más alejada que pudo encontrar. Le daba vergüenza que alguien me viera con un bikini horroroso que me habían prestado. Charlamos mucho. Recuerdo que cuando hablamos de Martín, su padre, mi hermano, me preguntó: “Pero él de la familia se preocupaba, ¿no?”

Estuvimos veinte días en aquél momento. Me encontré con algunas viejas amigas, caminé mucho, fui al río varias veces. Recobré la caricia de las ramas curvas de los sauces, peinadas por el agua; habían crecido de manera increíble, hermosas. El río retomó su anchura en mi alma, su sabor, su tibieza, la placidez de la corriente.

En una de sus orillas, asomaba el Club Náutico, el de los bailes a los que íbamos casi todos los sábados en verano. Dije que quería ir hasta allí. Pero no. No se podía. Al Náutico se lo habían quedado los milicos: era y es propiedad del Ejército hasta hoy. Me sentí estafada. Una rabia sin sosiego me hizo olvidar otros atropellos. Fue como si me hubieran mutilado.

Pasó a ser mi tema de conversación con todos los que me encontraba. No podía comprender que aquello se hubiera permitido. Durazno no era Durazno sin el Náutico, sin la posibilidad de ir a bailar, hacer picnics, salir a pasear en bote. ¿Cómo era posible? En esa ciudad cuartelera no había respuesta. Al tocar el tema, veía vacilación en mis interlocutores. Oscuridad. Si yo hubiera estado allí, sé que las cosas no habrían cambiado. Sin embargo, pasados los años, tengo esa vivencia de muchísima pena. Cada vez que vuelvo al río, la rabia me sube a la garganta con la misma intensidad que entonces.

Además, los alrededores del Club Náutico, parecían haberse convertido en un balneario de lujo. Habían construído lindos chalets y jardines, con la entrada muy bien custodiada por un soldado con metralleta, al lado de una barrera, como la de los trenes.

Estuve paseando muchísimo. Salía a caminar del brazo con mi madre. Mi hija se pegó a sus primos, que la mimaban todo el tiempo. Aprendió a jugar a la baraja: truco, conga, trampas incluídas.

La ciudad me parecía una de aquellas fotos antiguas, con rostros conocidos y desconocidos. De esas fotos sepias, con personajes acartonados y vestidos impecables para la pose. Esas sonrisas buscadas, recorridas por una felicidad forzada. Esas fotos que nos traen un pasado ignoto, ordenado y pulcro.

Caminar por Durazno era caminar entre adioses. Todos los vecinos, aunque no se conozcan mucho, al cruzarse por la calle dicen, con un tonito muy particular: “Adiooós”. A veces alguien me reconocía y nos deteníamos a conversar. Era casi sistemático que al separarnos, tuviera que preguntarle a la vieja: “Mamá, ¿quien era?” Y ella me contestaba: “Esa es la mujer de Fulano; esa es la tía de Zultano; este es el hermano de Mengana”. Y así en más.

Ni que hablar de los hombres de mi edad. Los “dragones” por los que suspirábamos en mi juventud, casi todos habían engordado en forma asombrosa. Imaginaba, posiblemente equivocada, vidas aburridas atrás de sus cordiales saludos y sus rebozantes panzas.

Muchas de mis amigas y compañeras de Secundaria o de la escuela, ya no estaban más. Solo me encontré con algunas de aquellas con las que, aunque pasen los años, parece que nunca hubiera dejado de verlas. Otras, de las que no había sido tan amigas, me sometían a un interrogatorio minucioso sobre mi vida afuera. De tanto contarla, fui haciendo los relatos cada vez más frugales. Un poco porque me cansaba hablar siempre de lo mismo. Además, pasados los primeros días, el interés sobre mi vida me hacía acordar a los encuentros en los velorios: una oportunidad de chimenteo.

Cuando les tocaba contar a ellas, aparecía una impresionante cantidad de anécdotas, llenas de precisión, sobre sucesos que habíamos compartido. A mí, aunque tenían sabor a verdad, a proximidad, se me habían olvidado por completo. Me inundaba una sensación de tiempo detenido, inmutable. También hubo historias de horror. Cuando las quiero contar no puedo. Baste decir que, como mi casa quedaba al lado de la Iglesia y en otras épocas me conocía a todos los curas, fui a ver al que estaba de párroco en ese momento. Había abierto un espacio para mujeres golpeadas. “Son muchas acá, más de lo que se puede uno imaginar”, dijo.

Había momentos en que me sentía desnuda, haciendo intervenciones que luego me daba cuenta que no encajaban. Yo tenía un lenguaje más directo, sin tanta censura. Percibí que cuando tocaba algo espinoso, por ejemplo, los milicos, el temor reaparecía en la cara de mis amigos; la conversación se volvía un susurro y, al menor pretexto, se cambiaba de tema.

Esos veinte días hoy me parecen un cortometraje hecho por otra persona. A veces me lo paso por la cabeza antes de dormir. Corren las imágenes, suenan las conversaciones, el verdor de los plátanos, los inviernos helados, los insoportables calores del verano. Hasta que aparece el río Yi. Me acoplo a la corriente, ondulada y barrosa. Me sumerjo como cuando era niña, siempre con ganas de acercarme a las boyas rojas que indicaban el peligro de los remolinos. Entonces, logro dormir, como viajando otra vez.

VIU, MARÍA? por Mariela Salaberry

1.

No tuvimos mejor idea, mientras vivimos en Sao Paulo, que hacernos pasar por

argentinos (para disimular nuestro origen oriental). Se ve que todavía no nos habíamos dado cuenta que ya el Cóndor sobrevolaba, maldito, más allá de la Cordillera de los Andes. Hoy me pregunto si, en realidad, no queríamos darnos cuenta.

Salimos de París, como algunos de los uruguayos que, desde distintas partes del mundo, creímos que desde allí podríamos ayudar a la resistencia a la dictadura en Uruguay.

¡Cuántos eternos viajes se hicieron en ómnibus hasta Porto Alegre, a Pelotas o a Santana do Livramento! Tal vez alguien contará…

La cercanía de los dos países también ayudó a que fuéramos visitados por nuestros familiares.

Una vez vino mi madre, desde Durazno. La esperé en el Aeropuerto del Galeâo, en Río de Janeiro. De allí embarcamos en ómnibus hasta Sao Paulo. Era un viaje de seis horas.

Nosotros no queríamos que mamá supiera dónde vivíamos. No sabíamos si no habría sido seguida por los milicos, para después buscarnos a nosotros. Capaz que, sin darse cuenta, podía ponernos en peligro.

Durmió un poco, hasta que en un momento me dijo: “Nena, ¡qué lejos que queda tu casa!”. ¡Hacía como cuatro horas que veníamos viajando! Le dije que ya faltaba poco. Y seguimos.

Cuando llegamos a casa, en la calle Samuel Porto, le expliqué el asunto de que allí éramos argentinos. Me escuchaba. Para terminar le dije: “Así que, vieja, no hables nada de Uruguay ni de los uruguayos. Y acordate bien que acá nadie me conoce por Mariela. Acá soy María. Y al Hugo no le digas Hugo…”

– ¿Y cómo le digo?, me preguntó. Yo ya estaba cansada de la perorata y ella me salvó:

– Ya sé, le digo Tito -.

Y así lo bautizó.

Todo eso vino a cuento porque la íbamos a sacar a pasear por Sao Paulo con una vecina, Zulma, que era de Belem do Pará.

Salimos en aquél volskwagen medio cascarriento que teníamos, a recorrer palacios y plazas. El Hugo al volante, yo al lado con Sofía en la falda; mamá atrás con la vecina, de guía turística. Cada vez que terminaba de explicar algo, Zulma decía: “¿Viu, María?”

En un momento, frente a una estatua de Don Pedro II, empezó a contar todas las

amantes que el rey había tenido. Nada de tráfico de esclavos, nada de colonización portuguesa: amantes.

Mi mamá era tuerta, no veía mucho. Pero tenía un oído de tísica y había sido

profesora de historia. Al escucharla, dijo: “Viu María?”, como una broma elegante.

Y seguimos. Hasta que de repente, a lo lejos, vio flamear una bandera con varias

 franjas celestes y blancas, con el sol muy grande. Y dijo, emocionada:

  • ¡Una bandera uruguaya!, quiero decir, ¡argentina!

2.

Mi hermano Martín había muerto mientras nosotros estábamos en Sao Paulo. Me

lo dijo el Hugo. Tenía la manía de leer las necrológicas del diario “El País, antes que las noticias. Ese diario, como la yerba, lo comprábamos en el centro de la ciudad.

Quedé helada. No sabía qué hacer. Solo lloraba, tratando que Sofía no se diera

cuenta.

Hasta que me atreví a llamar a mi madre a Durazno. No me podía hablar. Apenas

 me dijo: “No me animaba a contarte”. Tuve que cortar la comunicación.

Días después, ella regresó a Sao Paulo. Ya no vivíamos en la casa de Samuel

Porto. Nos habíamos mudado al barrio Vila Mariana, rua Botucatú número quince.

Fue muy difícil aliviar aquél dolor, que hizo olvidar otros dolores.

3.

Pasaron los años. Cuando supe que ya no estaba más requerida, volví a Uruguay con Sofía. Solitas las dos.

Lo primero que hicimos fue regresar a Durazno, largo viaje por entonces. Miré al

chofer de la ONDA y a los pasajeros, tratando de encontrar algún conocido: nada.

Ella fue todo el tiempo mirando para afuera, por la ventanilla. En ese viaje se

inspiró para escribir un poema que decía:

Campo,

Campo,

campo,

Campo,

Campo…

Hasta ahora nos reímos…

En la esquina de casa, nos estaban esperando mamá y los cuatro hijos varones de

mi hermano Martín. Casi no los conocí: altos como álamos. No los veía desde que eran niños. Nos esperaron con un ágape faraónico.

Pasamos un mes entero en aquella ciudad: río, amigas, sorpresas.

Me dio muchísima rabia saber que al Club Náutico, a orillas del Yi, del otro lado de

 la playa El Sauzal, se lo habían apropiado los milicos. No pudimos ir a visitarlo. Para llegar allí había que atravesar una barrera enorme, custodiada por un soldado armado con ametralladora.

Me emocionaba prender la luz de casa en lugares que creía haber olvidado.

O encontrar, sin que me dijeran nada, los platos y los cubiertos en los armarios y

cajones de la cocina.

Volví a tocar un poco el piano, con Sofía sentadita a mi lado. Revisé mis viejas

partituras. Intenté volver a ejecutarlas. No pude.

Me enojaba cuando a ella se le ocurría hacer sonar las teclas a la “sans façon”,

sorprendida por los sonidos. Le enseñé a tocar Para Elisa y la pulguita. Me miraba encantada. Aprendió.

No podía creer que mamá hubiera guardado el roperito de mis muñecas, aquél que

había hecho el gallego Lores, un carpintero un poco loco pero con mucha sabiduría.

Acarcié con tanta dulzura como si fueran humanos, aquellos mis libros de tapas

amarillas…

Salí a pasear del brazo con mi vieja. Era puro adioses con personas que yo no

conocía. La ciudad y aquellas personas se habían vuelto para mí una fotografía, como una lejana película.

El mayor de mis sobrinos, también llamado Martín, un día me llevó al campo.

Charla va charla viene, le conté que había vivido en Brasil. Casi no le creo cuando me dijo que su abuela, es decir, mi vieja, en todos aquellos años ¡no le había contado nada!

Entonces, me vino a la imaginación el “viú María” de mi vieja, como si estuviera haciéndole una broma a las amantes del rey portugués Don Pedro II.

PERMISO por Mariela Salaberry

Durante los años en que vivimos en Brasil, para permanecer con cierta legalidad, era necesario renovar la entrada y salida al país varias veces. En mi caso, fue yendo desde Sao Paulo hasta Paraguay, país fronterizo.

El último viaje lo hice sola. Sofía quedó en casa con su padre. Al llegar a la aduana brasileña presenté los documentos de las dos diciendo: “A minha filha está doente, no onibus”. Pensaba que si no me creían, volvería para atrás. Pero el aduanero me creyó, ¡sin desconfiar! Y estampó los sellos salvadores.

Al atravesar el Puente de la Amistad, sobre el ancho río Iguazú, en lugar del furibundo caudal de agua que otras veces lo surcaba, se veía un enorme crater de agua seca: profundos pozos y quebradas, sin ningún ser viviente en el entorno. Ni pasto, ni árboles, ni siquiera algún pájaro distraído. Ni un castor, ni tatú, ni mulita, nada.

Parecía que el puente se fuera a quebrar; que íbamos a despeñarnos en aquél tétrico vacío. Entre los pasajeros se instaló el silencio, como si nos entrara por la mirada. La velocidad del ómnibus se enlenteció.

Pero no. Llegamos a la ciudad paraguaya.

El tiempo que tardé en regresar a la Rodoviaria de Sao Paulo y a casa, fue como en vuelo de picaflor. Contenta sí, pero ese viaje no lo hice más. Ni sola, ni con Sofía, ni con nadie. En el interín, había bajado en picada, el Cóndor a Porto Alegre.

Consulté con un abogado, hasta hoy amigo entrañable, acerca de la situación en la que estaba. Me recomendó ver a un despachante de Aduanas, conocido suyo.

Se llamaba Pereira. Su escritorio quedaba en el segundo piso de uno de esos edificios oscuros, cercanos al gigantesco Correo Central de Sao Paulo. La sala de espera tenía un aspecto desmadejado, poco cuidada, polvorienta. Por suerte, me atendió casi en seguida.

 Mayor que yo, delgado y canoso, se lo veía muy cómodo detrás de un escritorio lleno de papeles desparramados. No tenía esa posición erguida que tienen los escribanos. Más bien estaba sentado algo inclinado, como si estuviera en la playa esperando a que saliera el sol.

Escuchó muy atento lo que necesitaba decirle: que estaba viviendo sin papeles en Brasil desde hacía unos meses y que necesitaba obtener algún tipo de documentación. Me dijo que alguna solución habría y me dio cita para otro día. Salí de allí más tranquila. Había podido hacerme entender bien en portugués.

Fui varias veces a ver a Pereira. Parecía que el tiempo le sobraba para la charla, siempre tranquilizadora. Le di mi nombre pero ninguna dirección. Nunca me la pidió. Charla va, charla viene, aquellos encuentros empezaron a ser cada vez más tranquilizadores. Un día, hablando de su juventud, me dijo que había sido comunista.

¡Para qué! A partir de ahí, pude hablar por primera vez sin fingir. Empezamos a intercambiar anécdotas del uno y el otro, siempre sin apuro. Él se despachaba, gustoso, con historias de su juventud y con largas disquisiciones sobre las características de personas de varias nacionalidades que había conocido en su profesión. Parecía tener un fichero en la cabeza.

Un día me contó las modalidades que utilizaba para hacer documentos de residencia falsos. Una, la más barata (mil dólares), consistía en poner foto y firma del interesado sobre el fondo, verdadero, del documento de identidad. También, verdadera, la firma del delegado de policía a cargo. El trámite era veloz. La desventaja: era fácilmente detectable. La otra, más cara (cinco mil dólares), era absolutamente segura. Se ubicaba una partida de nacimiento de alguien que hubiera muerto en una zona lejana y a partir de ahí, se reconstruía toda una vida y una identidad falsa. Esa era inexpugnable.

Para mí, lo increíble de ambos procedimientos era saber cómo conseguía la firma de la policía y los fondos “verdaderos” de los documentos. Se lo pregunté. Me respondió con una sonora carcajada.

–Después que alguno de los delegados policiales termina el turno, viene acá de noche con los papeles y firma-, me explicó Pereira.

–¿Acá? ¿En este mismo escritorio?

–Sí, señora, acá mismo-, dijo él, con una sonrisa casi elegante.

Quedé como pasmada. Y hasta admirada. Era tal el sentimiento de liberación que viví en aquellas charlas,  que tomé estas “confesiones” como una muestra de confianza.

No pensé que era muy posible que Pereira estuviera intentando ver si yo picaba el anzuelo en alguna de las dos fórmulas. Pero como no disponía de mil ni de cinco mil dólares, ni se me ocurrió.

Hasta que un día el gobierno brasileño convocó a los extranjeros a legalizarse. Había muchos latinoamericanos que trabajaban en negro durante años y temían que eso fuera una trampa para perjudicarlos o expulsarlos del país. Varios de los compañeros y compañeras de ruta, con quienes milité en aquél gigantesco país, llegados desde lejanas tierras o incluso desde Uruguay, usaban pasaportes españoles.

No era mi caso. Pereira aconsejó que me presentara en Río de Janeiro, para no dejar ningún indicio de presencia en Sao Paulo. Hasta allá viajamos toda una noche en ómnibus, con un japonés, vestido como para una fiesta. Era empleado de Pereira. El japonés casi no hablaba. Prefería gesticular.

No dormí en todo el viaje. El japonés, ni bien se apoltronó, durmió a pata suelta como un bendito. Por suerte no roncaba. Llegamos muy temprano a la oficina de Inmigraciones. Pidieron muestras de orina y materias fecales. El japonés, siempre inmutable, entregaba el líquido amarillo por una ventanilla. El asunto es que yo no podía defecar. Mientras él me esperaba, fui varias veces a un bolichito, cruzando la calle. Tomaba jugos y más jugos de naranja: el intestino no respondía.

Pasé un buen rato de idas y vueltas, cada vez más ansiosa. Solo atinaba a gesticular un “no”, cada vez que salía del baño. Hasta que en una de las tantas, con disimulo oriental, el japonés  entró a las oficinas por una puerta lateral. Qué hizo, no lo sé. No tardó en salir. Impasible, se sentó a mi lado otra vez, serio, sin explicarme nada. Respetuosa de su silencio, tampoco pregunté.

Cuando ya imaginaba un rechazo, me llamaron por nombre y apellido. Me tomaron fotos y huellas digitales. Vuelta a esperar. Luego de un rato que pareció eterno, sentí resonar otra vez mi nombre. En la ventanilla me entregaron el documento. “¡Vaya a plastificarlo ahí enfrente!”, dijo el funcionario policial. “Está pronto”.

Era un papelito finito, amarillo. Nada que se pareciese a los documentos que usaban otros extranjeros, como la “modelo 19”, que era perfecta.  Es la estrella de David, pensé. ¡Que yo misma lo plastifique!, pensé. ¡Esto es joda!

Lo hice. Y ahí terminó la historia. Ya el japonés tenía preparado el regreso. Me guió por aquella extraña ciudad hasta el ómnibus. Otra vez, viajamos juntos. Él, mudo. Yo, despierta.

Pereira no me cobró ni un vintén partido por la mitad. Para mí, aquel hombre se volvió casi un ídolo.

Ya desde lejos, le escribí una carta agradecida, dando noticias y recordando nuestros encuentros.

Pasaron los años. Un día lo llevaron preso. Supe que entre las búsquedas que realizó la Policía, acusándolo de sus muchas ilegalidades, encontraron la tal carta. Supusieron que se trataba de un amor que podría darles más pistas de acusación. Lo interrogaron para saber de quien se trataba. No dijo nada. Posiblemente ni se acordaba de aquella mujer. Tampoco cayó en la redada el japonés.

Al tiempo, como no podía ser de otra manera, salió en libertad.

CON IRMA por Milton Romani Gerner

Irma Hernández de Trías

Revisaba uno por uno, cada papel, nota, carta, recorte, que me había dado María Esther Gatti, para documentar no recuerdo que libro. O quizás era para una película. O para rescatar una mínima sistematización de toda la documentación que teníamos sobre Mariana.

Lo único que sé, es que las cuatro bolsas de nylon que oficiaban como único archivo de aquel papelerío enorme,  eran sin embargo un inventario prolijo y contundente de una búsqueda incansable.

Para ese entonces, ya habíamos ubicado a Mariana, y aquel tesoro documental, estaba allí para ser escrutado en silencio.

Casi todas las cartas eran manuscritas. Cientos de petitorios a las más diversas autoridades militares, civiles, de ambos países. Organismos internacionales, periodistas. Escritas hasta con excesiva delicadeza.

Entre ellas me sorprendió, una, que no estaba firmada por María Esther Gatti. Era un petitorio, un Habeas Corpus a favor de María Emilia Islas, Jorge Zaffaroni y la pequeña Mariana, fechado a los pocos días del secuestro y presentado ante la Justicia en Buenos Aires.

El texto con una caligrafía muy peculiar, característica de una etapa de la escuela uruguaya, igualita  a la de mi mamá, denunciaba el allanamiento y la detención (de la familia Zaffaroni Islas) en la vivienda de la calle Venezuela de la Provincia de Buenos Aires.

Quedé sorprendido. María Esther por teléfono, me confirmó que así había sido.

En el fárrago de sentimientos y acontecimientos que se apretujaron durante tanto tiempo había aquilatado las virtudes de Irma Hernández de Trias, como así firmaba en ese texto. Esa mujer sencilla, de barrio, cuya figura y estampa, aun en todas las protestas callejeras, lucía con la misma sencillez de ir o venir a la feria. Cuando me pidieron hacer una semblanza de ella, lo primero que me acudió a la mente fue este acto de grandeza solidaria. Es necesario recordar que para fines de setiembre de 1976, ella estaba en Buenos Aires.

Que otra cosa sino, la virtud austera de una solidaridad infinita, de un amor inmanente pudo llevar a Irma, a realizar un habeas corpus en ausencia de María Esther, que tardaría tan solo unas horas en llegar.  Irma estaba allí, en Buenos Aires. Había quedado en la casa de su hija Cecilia, al cuidado de su nieto Marcos que era un bebé de pecho. Cecilia y Washington Cram no volvían, y no volvían, y solo cabe suponer la desesperación de esa noble mujer, que ya tenía a su otra hija Ivonne, presa en Uruguay. Fue su otro yerno Carlos Rodríguez Mercader quien llego para anunciar la noticia: habían sido secuestrados en plena calle. Él mismo sería víctima de lo mismo, días después. Irma quedó sola con su nieto Marcos. En esas circunstancias también firmó el habeas corpus por María Esther.

La vi por primera vez, en Buenos Aires, cuando viajaron un grupo de madres y algunos familiares desde Uruguay. Setiembre de 1979. Era la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA para su informe en el lugar (in loco). Una oportunidad única para denunciar las desapariciones y lograr que esas voces fueran escuchadas. En ese entonces, el silencio sobre el terrorismo de estado era total.  Ellas mismas vivían eso con una dosis muy grande de drama personal.

Es posible que la memoria me juegue mal y quizás nos hayamos visto antes. Pero recuerdo que las acompañé a ella, Luz, María Esther, Violeta y Milka que paraban en un mismo hotel. Viejo hotel con luminosidad que venia de grandes banderolas. A pesar del dolor, había entre ellas y nosotros, (Alberto Correa, Rosina Harley y Mónica Parada) un clima de camaradería, de cierto optimismo, que daba el dolor compartido. También de compartir el miedo. Porque en aquellos tiempos había mucho miedo.

La sede de la Asamblea Permanente por los DDHH en la calle Paraná, era el centro de actividad solidaria. El CELS estaba en formación. Allí hicimos una improvisada asamblea para leer el informe que presentaríamos en la audiencia que la CIDH nos daría. Por primera vez había viajado un grupo nutrido de madres y familiares, y en rigor era la primera acción colectiva.

Luego en un boliche de la esquina, se formalizaría la constitución del grupo de Madres y Familiares. Hasta esa fecha se conocían de verse en las filas: para ver a los jerarcas, de los juzgados, la sala de espera del ESMACO, o de Jefatura. así se fueron conociendo, todas. En esa esquina, Irma y otras, darían nacimiento a su grupo.

En las reuniones no era de las que más hablaba. Pero siempre lucía una sonrisa tenue, agradable. Que de alguna manera escondía dolores tremendos y mucho coraje. Sin alharacas, sin aspavientos, tranquila. La vi llorar más de una vez, a través de aquellos lentes gruesos que usaba. Caminaba con cierta dificultad, vestía sencillo a la uruguaya, discreta y austera. Se podría decir que era la misma que hacia los mandados, iba a buscar a su nieto a la escuela, y venía a Buenos Aires a reclamar por su hija, sus dos yernos y en solidaridad con los otros.

Lucía un peinado canoso, ondulado pero que uno podría adivinar que alguna vez estuvo poblado de rulos. De esos que se armaban en forma doméstica, y nuestras madres lo escondían en una de esas cofias espantosas. Usaba lentes de mucho aumento, de color verde. Era una mujer dulce, sencilla. Crió a su nieto Marcos en su vieja casa de Julián Laguna, visitó a su hija Ivonne Trías todos los años en las que estuvo en prisión; y buscó, buscó. Viajaba a Buenos Aires y estuvo en todas las marchas y protestas para reclamar por los suyos y por todos.

El grupo fundado en Buenos Aires, realizó su primera manifestación, su primer reclamo público, en Uruguay, en la Iglesia de los Vascos. No lucieron pañuelos como sus homólogas en Plaza de Mayo. Eligieron, devotas, un escapulario. O sea una cinta con la bandera uruguaya, colgada de sus cuellos, luciendo una gran foto de sus hijos e hijas. Que quedaban ubicados así, en sus pechos.

Silenciosas pero con un coraje inmenso desafiaron a los poderosos. Porque Irma, en su sencillez y hasta en su candidez, supo estar. Puso el cuerpo. No sé si en su fuero íntimo, entre mandados a la feria y su rol de ama de casa, en asumir criar a su nieto, sola, digo si alguna vez se enteró que era una pequeña heroína. Decir heroína es quizás romper una forma de ver la vida y el reclamo en una dimensión que ni ella ni ninguna de ellas, nunca pretendieron. Solo supieron protestar y reclamar para recuperar a sus hijos. Esa dimensión quizás sea la más brutal del terrorismo de estado: la que enfrentó, desde un reflejo cultural de humana cotidianeidad, velar por los hijos, a todo un plan político y militar de control absoluto.

Por eso, Irma es, simple y profundamente, una mujer protagónica de la resistencia, de una de las páginas mas bellas de la recuperación de la fibra humanista. Que en esas cosas sencillas, desmontaba, sin quererlo, el mandato patriarcal de sumisión, el cual  se rompía y se recomponía con una nueva dimensión de mujer. Porque en el reclamo también hubo reflexión política, caminos para tener un perfil u otro. Ellas supieron también, tener definiciones políticas, de alto nivel. Anotemos, que si existe una norma Convención Interamericana Contra la Desaparición Forzada, entre otras cosas fue porque en su incansable búsqueda. supieron ir más allá  y comprometerse con esta época y el futuro.

No hay reparación posible para algunas heridas que quedaran en nuestros cuerpos. Pero quizás, las semblanzas nos recuperen siempre a estas mamás que amaron y protestaron. Que surgieron para decir, ellos están, ellos son, nuestros hijos y nietos queremos saber donde están. En esto, sin quizás, hay una reparación posible. En la memoria. También como ellas lo dijeron, con la verdad de los hechos y la justicia reparadora. Porque seguiremos buscando, seguiremos reclamando justicia. Con Irma. Con el  recuerdo de mujeres como Irma Hernández de Trías, que seguirán siendo nuestras madres compañeras.

Publicado en la Revista No te Olvides No 18 Setiembre 2014

DOÑA IRENE por Mariela Salaberry

Para mi hija

Una de las mujeres más encantadoras y cálidas que conocí en mi vida fue Doña Irene, tu bisabuela.

Era chiquititita, de pelo corto y blanco. Usaba unos lentecitos redondos casi sin montura y, aunque no se pueda creer, con setenta años, andaba de championes. Siempre tuvimos, en la casa de la calle Botucatú, mientras vivimos en Sao Paulo, una foto de ella.

Estando yo en Montevideo, antes del golpe de estado, me guardó en su minúsculo apartamento de la calle San Martín y Fomento, durante un buen período. En esa época, yo estaba semiclandestina. En la habitación de ella, sin ventana, no cabía una cama de dos plazas. El baño no tenía bañera. Había solo un duchero, que funcionaba con alcohol azul. Tenía la alcuza a mano, pero no la usaba nunca. Doña Irene se bañaba con agua fría, invierno y verano.

Por entonces, después de las ocho de la noche tratábamos de no andar por la calle. A esa hora, se trasmitían los comunicados de las Fuerzas Conjuntas, requiriendo las personas que los milicos consideraban subversivas. Así que yo me guardaba en el apartamento con Doña Irene. Siempre me esperaba. Cenábamos juntas. Ella dormía en un silloncito pequeño que había en la habitación. A mí, siempre me hacía dormir en su cama. Así descansábamos todas las noches, después de unas lindas charlas. Era de una ternura impresionante.

Doña Irene era la mamá de tu abuela y de tus dos tías abuelas. Vivió durante bastante tiempo casada con don Julián, tu bisabuelo, un comunista acérrimo y hombre bastante rígido. Hasta que un día, tuvo otro hijo: el Coco.

No recuerdo haberlo visto nunca en casa de tu abuela ni de tus tías. Se ve que el “pecado” de Doña Irene las había golpeado fuerte. Nunca hablaron de cómo había sido su separación de Don Julián. Y al Coco, como te dije, no lo trataban. Ella sí lo recibía, a veces los fines de semana, en la calle San Martín, como a un duque. Algunos días le preparaba una inmensa olla de licor de huevo, que tenía como cinco centímetros de alto de espuma.

Un día en todos lados salió la noticia de que Jacqueline Kennedy se había casado con el multimillonario griego Onassis. Esa noche, con cara de disgusto, apenas entré, Doña Irene me dijo:

-Mariquita, ¡se nos emputeció la Jacquelinne!

¡Ella! ¡Que nunca decía malas palabras! Además, estaba verdaderamente disgustada. No supe cómo consolarla. Esa expresión, pasan los años y no la olvido nunca. Porque además, era la única persona que me llamaba Mariquita, con toda naturalidad. Es como si aún la viera, con sus lentes y su cara toda arrugadita.

En el momento en que a tu padre lo sacaron del Penal de Sierra Chica, en Argentina fue, como toda la familia, a despedirlo al Aeropuerto de Ezeiza. A tu padre lo adoraba. En esos días, ella se quedó conmigo. Hacía mucho tiempo que no la veía.

Hubo que ir dos veces al Aeropuerto. La primera vez no apareció. Volvieron todos muertos de miedo, sin saber qué había ocurrido. Yo no había ido; el lugar podía estar demasiado vigilado. Tu abuela tuvo que hacer de tripas corazón e ir a la Policía Federal, a averiguar qué había pasado. Le dijeron, sin importarles un comino, que el pasaporte no estaba pronto. Dieron otra fecha para el viaje. Ahí sí los acompañé, desde lejos. Y ¡al fin!, lo vimos partir.

Como te imaginarás, su salida nos dio a todos una inmensa felicidad. Los festejos los empezó tu abuela, en su habitación, en un Hotel en la calle Rivadavia. Nos había hecho llorar de la risa cuando, alzando una copa de vino, se puso a cantar, desentonando como loca, el himno de los comunistas italianos: “Bandiera rossa la trionfera, evviva il socialismo, evviva la liberta”.

            Esa noche hicimos una cena bacanal en un bolichón de Buenos Aires.  Doña Irene encabezaba la mesa. Y, ¿qué se le dio por hacer? Superando en gracia a tu abuela, me dijo:

  • Mariquita, dame un cigarrillo.

Me sorprendió. Nunca había fumado. Pero se lo di. Muy erguida, haciéndose la vampiresa, lo prendió y empezó a largar humo a raudales. ¡Cosa de no creer! ¿Te la imaginás? ¡Verla era un plato!

            Fue el mejor festejo, después de tanto tiempo de dolor.

Terminando por acá, te cuento que cuando tenía 93 años, la tuvieron presa con la tía Chola y Juan Acuña, su marido. Nosotros sabíamos que Acuña había sido detenido años antes, siendo integrante del Comité Central del Partido Comunista. Estaba en el Penal de Libertad.

Cuando ya los milicos estaban por cantar la retirada, lo sacaron del penal para ser sometido a otro interrogatorio. No se ahorraron el gusto de hacer un allanamiento en la casa de la calle Juana de Arco, donde había vivido. A la Chola la pusieron de pie contra la pared del baño. Casi al terminar el registro, entraron armados a la cocina, donde Doña Irene, ya bastante sorda, preparaba un arroz con leche. Cuando dos subalternos quisieron sacarla para afuera, sin soltar la cuchara de madera, les dijo:

  • Esperen un poco, la leche se va a derramar.

Los llevaron a Inteligencia y Enlace. Entre los tres, sumaban más de doscientos

años.

 

ANATOLE Y VICTORIA por Mariela Salaberry

Sabía que en la noche del día que ganamos el mundial del cincuenta, Obdulio Varela se había ido de copas con los jugadores derrotados. Pero no sabía si los brasileños todavía no nos guardarían rencor por aquel triunfo, cuando tuve que ir a hablar, en Sao Paulo, con un grupo ecuménico que trabajaba en la defensa de los derechos humanos, apoyados por la Arquidiósesis de esa ciudad. Su nombre era Clamor.

Mientras me dirigía, con mucha ansiedad, al pequeño escritorio que tenían detrás del edificio de la Curia Metropolitana, esa fue una de las ideas locas que se me ocurrieron. En el momento en que llegué, había una larga y apesadumbrada cola, esperando a ser recibida. Parecían ser los restos de un tronco comido por termitas. El suave run run latinoamericano que zumbaba me tranquilizó. Me sentí entre amigos, aunque para mi urgencia, aquello tenía una lentitud de tortuga.

En nuestra casilla de correos del simpático barrio Vila Mariana de Sao Paulo, en junio de 1979, habíamos recibido una información de la mayor importancia: las fotos de Anatole y Victoria Julien Grisonas, niños uruguayo-argentinos, desaparecidos junto a sus padres en el partido bonaerense de San Martín, habían sido publicadas por el diario “El Nacional” de Caracas. Al verlas, fueron reconocidas por una joven empleada que los había cuidado en un orfanato en Valparaíso, Chile, cuando la muchacha se encontraba de vacaciones en Venezuela.

 A esto se agregó, un papelito arrugado, de bordes desparejos y pocas palabras, escritas en mayúscula:

“ADOPTADOS POR UN DENTISTA. Valparaíso.

Decían mamucha y papucho”.

Esto fue lo que trasmití a la persona que me atendió en el cristiano escritorio.

Quiso la vida que por esos días, una información semejante llegara a la Curia: los niños, abandonados en la plaza O’Higgins de Valparaíso habían sido custodiados en una Casa de Menores hasta su adopción: el varón con cuatro años, la pequeña uno y medio.

Apenas unos días después, fui invitada a una reunión en la que un periodista de la TV Record se comprometió, muy decidido, a viajar a Chile a hacer las averiguaciones del caso.

Sin embargo, pasaron largos días sin que se supiera qué era de su vida. Mi compañero y yo nos inquietábamos cada vez más, hasta que decidimos proponer que yo fuera a Chile. Nuestra hija quedaría a buen resguardo en casa, con él, su papá.

Hice la propuesta en el grupo. Fue estudiada con cuidado. Dudaron. No les resultaba claro entender mis razones. Imaginaron algún extraño y oculto movimiento político. Les dije que los padres de esos niños habían sido compañeros de militancia muy comprometida años atrás; que ellos hubieran hecho lo mismo por mí. Temieron también que, en caso de ubicar a los niños, yo no pudiera mantener la reserva absoluta que la tarea suponía.

Finalmente, estuvieron de acuerdo. Me costó bastante admitir que no teníamos dinero para el pasaje. Pero no tuve más remedio. Para nosotros, así todo fuera mentira, una trampa o lo que fuese, había que ir a Chile a indagar. El hecho de que soy ciudadana franco-uruguaya, jugó en mi favor: el uso de un pasaporte francés en el viaje aportaba seguridad.

Me indicaron que, antes de partir, debía ser bendecida por Don Paulo Evaristo Arns, Cardenal de la Arquidiósesis de Sao Paulo. Durante la ceremonia, entre la majestuosidad y el silencio del recinto, se oían sus palabras, pausadas y graves. Me dieron una paz necesaria e inesperada.

Viajé a Santiago de Chile con una valijita azul de cuero. Un cuero blandito, tierno, de un tamaño muy fácil de transportar, sin rueditas. Casi no pesaba. Llevaba poca ropa y, en un inocente sobre de papel manila, las dos fotos, bien grandes, de Anatole y Victoria. En la cartera de mano, una libretita de ocho centímetros por cuatro, con solo el número de tres teléfonos a los que podría llamar si me pasaba algo, fuera bueno, fuera malo. Uno de París, dos de Sao Paulo.

Luego de atravesar la Aduana, el miedo y la ansiedad no me abandonaron. Adquirieron los olores y colores más inimaginables e inesperados.

Como no conocía la ciudad de Santiago ni llevaba referencia alguna, tomé un taxi y pedí al chofer que me llevara a un hotel céntrico. En el momento de registrarme, hablé lo menos posible, acentuando el francés. Fue como otra segunda aduana. Era un hotel medio pelo, que me permitió darme una ducha y pasar la noche.

Al otro día, fui a encontrarme con Belela Herrera. Ella tenía inmunidad diplomática, al ser representante de Naciones Unidas. No nos conocíamos. Cuando me hizo pasar, le expliqué por qué había ido a Chile. Pensé que iba a desconfiar de mí y de aquella historia casi de ficción que le acercaba. Sin embargo, hizo lo necesario para que al otro día pudiera recorrer Valparaíso, con un funcionario chileno de la Vicaría de la Solidaridad.

Fuimos en una combi blanca por aquella hermosa ciudad, él como chofer, yo observando. Yo miraba cada niño que jugaba y correteaba por las calles. Esperaba reconocer más que nada a Anatole, cuyos rasgos fisonómicos eran muy marcados, muy parecido a su papá, Roger.

Dimos vueltas y más vueltas. Llegó un momento en que todos los niños que veía, me parecía que podían ser Anatole. Hasta que nos dimos cuenta de que aquella búsqueda era inútil.

Al regresar a Santiago, fui a la elegante casa de Belela Herrera. Quedaba en una zona bastante alejada del centro. Me sentía desarmada, con mucha tristeza. Me invitó con un whisky y a que pasara la noche allí. No acepté. No podía quedarme quieta: caminaba por el living como un estúpido muñeco de resortes. Hasta que en un momento ella dijo: “Mirá, ahora que pienso, hay un psicólogo uruguayo que vive en Valparaíso. ¿No sería bueno verlo?”

Quiso la casualidad que yo hubiera conocido a ese hombre en la época en que se había fundado el Colegio Latinoamericano, en Montevideo. Mis sobrinos habían sido alumnos pioneros de ese Colegio y había participado en algunas reuniones con él.

Pensando en verlo al otro día, esa noche fui a cenar a un restaurante cerca del hotel: mi tercera aduana. Quería comer un buen churrasco. Siempre ahorrando las palabras, ya que no sabía si en Chile se usaba la palabra “churrasco”, elegí de la lista lo que más se le parecía. Hice como que no entendía cuando el mozo preguntó si lo quería jugoso o bien cocido.

Mientras esperaba, la televisión comenzó a trasmitir un acto que se estaba realizando en esos momentos en las calles de Santiago. Empezaron a aparecer los generales, encabezados por Pinochet, con unos capotones negros gigantescos que les llegaban hasta los pies, con sus caras sombrías, inundadas de poder. Una multitud enardecida agitaba antorchas llameantes y voceaba al líder.

La mirada de Pinochet me atravesó. Hasta hoy me veo sentada en una mesa como si hubiera sido un pajarito mojado, esperando que un halcón me capturase. ¡Fue horrible!

Además, me pregunté: “¿Qué estoy haciendo acá? ¿Qué es lo que me espera?” Me atravesó un flash, pensando en Hitler.

Permanecí como hipnotizada, hasta que el mozo trajo el churrasco. Fue tal el miedo que tenía, que apenas lo probé. Pagué y volando fui a refugiarme al hotel.

Al otro día, toqué el timbre en el consultorio del psicólogo en Valparaíso. Me abrió él mismo la puerta, en un momento bien extraño. Estaba atendiendo a una niña autista. En muy pocas palabras, le expliqué el porqué de mi visita, luego de tantos años.

Con rapidez, me dio nombre y dirección de una muchacha que trabajaba en una escuela a la que concurrían los hijos de los presos políticos chilenos. Y cerró la puerta, apremiado.

En cuanto pude, tomé contacto con ella. Era una mujer de unos treinta años, igual que yo en aquella época. A partir de ese momento, a pesar de que el encuentro fue helado, orientó todo el trabajo en Valparaíso. La primera vez, hablamos solo lo necesario. Le di las fotos de los gurises y nos despedimos hasta el otro día. Supuse que ella podría desconfiar de mí, tanto como yo de ella. Yo pensaba: si es una militante clandestina, me puede mandar en cana. Quizás ella pensaba lo mismo de mí. Tras ese pensamiento, se me aparecía la adusta cara de Pinochet.

Esa noche me quedé en una especie de hostal, próximo a la ciudad de Valparaíso. Entre los tirantes del cuarto se colaba un viento afilado y frío. Era tal el miedo que, después de cerrar con llave, corrí contra la puerta los escasos muebles que había en la habitación. ¡Ridículo! Si venía la cana, de una patada podría abrir sin ningún problema.

Al otro día, la muchacha me llevó a un lugar que era como una especie de anfiteatro enorme, completamente vacío. En las gradas se sentó una señora. Le mostramos las dos fotos. Era funcionaria del orfanato (Casa de Menores) donde habían estado Anatole y Victoria. Inmediatamente los reconoció. Contó que los habían encontrado abandonados en la Plaza O’Higgins de Valparaíso. Sus palabras coincidieron con lo narrado en Caracas por otra de las funcionarias. Agregó que una pareja de chilenos los había adoptado. No dio nombres. En ese momento, pensé que quizás estábamos tras una pista veraz.

De allí, fuimos al consultorio de un dentista y nos sentamos en la sala de espera. Cuando nos hizo pasar, como si dedicara el tiempo en revisarnos la dentadura, le mostramos las fotos. El hombre no lo dudó: conocía perfectamente la historia y el nombre de su colega, la adopción de los niños y hasta la dirección donde vivían. Nos informó también que su encuentro en la plaza O’Higgins había sido publicado en los diarios chilenos. En uno de los reportajes de “El Mercurio” del 29 de diciembre de 1976, el periodista, a quien las expresiones “mamucha y papucho”, típicamente rioplatenses, le habían llamado la atención, escribió: “Parecen uruguayos o argentinos”.

A partir de ese momento, cayeron todas las barreras de desconfianza entre la muchacha y yo.  Me invitó a pasar la noche en su casa. Para mí fue como un regalo del cielo. Podría estar en territorio conocido, sin temor, sin alarmas. Hicimos un largo viaje en ómnibus. Aquella casa de tablones de madera se volvió mi hogar y sentí el calor de la amistad. Conversamos horas, contando la historia de nuestras vidas militantes, de nuestros hijos, lo que viniera. Dormí en la cama de uno de sus hijos, arropada en una manta de telar abrigada, muy pesada.

Alguien, no sé si fue el dentista o quien, nos había dicho que los niños iban a un Colegio de padres franceses. Así que al día siguiente fuimos al Colegio. Como era domingo no había clases. El Colegio estaba vacío. Queríamos corroborar si Anatole y Victoria estaban anotados allí. Nos abrió la puerta un sacerdote, muy amable. Fuimos a mirar el registro de los alumnos. El padre los conocía, de modo que enseguida los localizó, en las hojas de un cuaderno de tapas duras.

¡Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que los dos estaban anotados con sus nombres verdaderos, aunque con otro apellido! No coincidían las fechas de nacimiento, pero la diferencia era mínima.

¡Ya era suficiente! ¡Eran ellos!

Nos dimos un fuerte abrazo con la muchacha. Fue de mucha emoción y de despedida.

A partir de ahí, lo único que quise fue irme. Primero fui a un locutorio. Llamé a París para avisar de la noticia, sin dar detalles. También a Sao Paulo.  Volví a Santiago, le avisé a Belela y me tomé el primer avión que salía para Sao Paulo, la última aduana. Otra vez el miedo. Tenía un dolor en las piernas impresionante.

Pasé migraciones sin problemas, siempre de boca cerrada. Me abrieron la valija y me sacaron una botellita de pisco que había comprado. Mientras lo hicieron, pensé que los milicos eran unas verdaderas ratas de caño.

Al fin, subí al avión. En el aeropuerto de Congonhas me esperaba todo el equipo de Clamor en un auto. La primera pregunta que me hicieron fue: “¿Vocé viu as crianças?”

Me pareció percibir la desilusión en sus caras. Pero después, cuando por segunda vez contaba, punto por punto, aquél increíble periplo tan intenso en tiempo real y subjetivo, no tuvieron dudas.

Este fue apenas el inicio de otra historia, semejante a los surcos que sin erque ni charangos, los mapuches fueron dejando por la cordillera de los Andes durante añares. Algunas pinceladas tomaron estado público en aquella época. Otras siguen siendo una macabra y cobarde incógnita.

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Hubo justicia
El juez federal Daniel Rafecas [1]acaba de dictar en la ciudad de Buenos Aires el procesamiento de los policías federales retirados Rolando Oscar Nerone y Oscar Roberto Gutiérrez, por su participación en la privación ilegal de la libertad de Victoria Grisonas. No así de Roger Julien, ya que todos los indicios en poder del juez apuntan a que se suicidó ingiriendo una cápsula de cianuro. Rafecas toma como ciertas las palabras de Álvaro Nores Montedónico, uruguayo, quien durante el juicio oral del año pasado recordó que mientras estuvo en Orletti, Gavazzo le aseguró que Roger había ingerido cianuro. Además, el juez acredita el testimonio en ese mismo sentido del informante que posibilitó encontrar a Simón, el hijo de Sara Méndez, y el de una vecina de la madre de Roger, Angélica Cáceres.
HOMBRES DE GORDON. Los agentes ahora procesados estaban vinculados al Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, y junto al otro policía Roberto Gómez Migenes, ya fallecido, participaron del operativo en San Martín. Hasta ahora solamente había podido acreditarse la presencia en esa jornada del agente de inteligencia argentino Eduardo Rufo. Todavía no se ha podido comprobar la participación de militares uruguayos, aunque los indicios señalan que los hombres de José Gavazzo debieron ser parte del espectacular y sangriento montaje.
[1] Brecha Edición 3030, 20 de mayo de 2011.

SANTA CRUZ DE LA SIERRA por Mariela Salaberry

En el período que viví en Brasil, no todo fue carnaval. Mientras no tuve un documento de residencia legalizado, viajé varias veces a la frontera, para regularizar mi situación. Necesitaba que me sellaran el pasaporte en Migraciones. Eran largos y tediosos viajes de ida y vuelta en ómnibus, hasta las Cataratas del Iguazú, junto con Lucía, mi hija. Allí obtenía esos sellitos de morondanga.

Una vez, pude acortarlos yendo en avión a Santa Cruz de la Sierra.  El viaje fue un placer. Servían unos panes riquísimos y comida boliviana abundante, de excelente sabor. No como esas de ahora, escasas y con gusto a heladera.

En Bolivia todo era más barato, así que elegí un Hotel con piscina y todo. Me quedé con poco dinero, sabiendo que al otro día regresaba a casa en Sao Paulo.

Esa noche dormí como piedra. Apenas me desperté, me apronté para volver. No tomó mucho tiempo. Sólo viajaba con una mochila verde, que hasta suerte me había dado de tanto usarla. Pagué el hotel y fui a la compañía de aviación a marcar el regreso.

Resultó que se necesitaba abonar una tasa extra, obligatoria, en dólares. No era mucho pero yo no lo sabía y no tenía aquel dinero, ni por lejos. Le expliqué a la muy arreglada señorita que me atendió, que nadie me había informado de ese pago suplementario. Apareció el “yo no tengo la culpa”, hermético e implacable, que tantas veces sucede en situaciones enojosas. Me dio mucha rabia.

Le sugerí que se comunicara a Sao Paulo, con la agencia que me había vendido el pasaje.  No funcionó. Volví al hotel a pedir un día más de alojamiento. Prometí el pago para el día siguiente, desde Sao Paulo. La negativa también fue rotunda. No tenía a quien recurrir. Mi marido estaba de viaje y no había manera de encontrarlo. Llamé también a una amiga brasileña. Estaba enferma, pero me prometió que no tardaría en enviar los famosos dólares. Sin alarmarlos, le avisé a mis suegros que iba a demorar un poco en llegar. Ellos se habían quedado en casa, con Lucía.

Salí caminando hacia una plaza. Los árboles eran altísimos, de hojas grandes y troncos enormes. Unos perezosos inmensos y peludos, de largas patas, colgaban inmóviles de las ramas. El calor era sofocante. Algunas cholas andaban en la vuelta, con sus pollerones, muy conversadoras. Pero no pude disfrutar del panorama boliviano, que sólo conocía por fotos e historias.

Busqué la sombra de un banco para sentarme. Lo único que me pasaba por la cabeza era que tenía que encontrar una solución. De pronto, vi una Iglesia. Tenía las puertas cerradas. Como un rayo, se me iluminó el pensamiento, empujado por la desesperación. Ahí me tienen que ayudar, pensé. Para eso se supone que existen las iglesias. ¿Por qué no a mí?

Ya era cerca del mediodía. El calor se tornó más intenso y húmedo. No recuerdo si toqué timbre en una puerta lateral o abordé a un cura, al que le expliqué lo que pasaba. Lo cierto es que fui a parar a un Colegio de monjas.

Al llegar allí, vi una larga cola de mendicantes esperando. ¡Cuánto quisiera tener hoy las palabras de los grandes maestros para describir aquél panorama! Ver aquello me dio la sensación de estar en el siglo XIX, en una de aquellas novelas de Dickens o Edmundo D’Amicis, que nunca más había vuelto a leer desde mi infancia.

Había gente sucia, con piel enferma y ropa desgarrada. Gestos serios y avejentados, espaldas curvadas, bocas sin dientes, feos olores, pies casi descalzos, cabellos largos enmarañados, engrasados. Algunos se despiojaban, como la cosa más natural de la vida. Todo era oscuro.

Allí me puse a esperar. Mi forma de vestir y mi aspecto desencajaban. Pero no pareció que mi presencia llamara la atención a ninguno de los mendigos. La monja que abrió la puerta, en un orden que abrevaba en siglos de compasión cristiana, nos fue dejando pasar. Fuimos entrando a un salón inmenso, con largas mesas de madera y muchos bancos. Todos nos acomodamos, sin apuro. Sobre platos descascarados, ella fue sirviendo, con un cucharón grande, un ensopado. Lo devoramos hasta la última gota. Nadie hablaba con nadie.

Terminado el sopón, esperé que todos se fueran para dirigirme a ella. Le expliqué lo que pasaba. Me oyó, parca. Se metió la mano en el bolsillo del hábito y empezó sacar moneditas. Bien contadas, una a una, me las dio; también me indicó un lugar donde podía pasar la noche. Supuse que tanta monedita debía provenir de las limosnas que recogían los monaguillos en la Iglesia, después de las misas.

Por muy poco dinero, alquilé una habitación compartida en una pensión. El sitio tenía un patio central, con un aljibe en el medio. A su alrededor, daban las puertas de varias habitaciones. Una rutina extraña invadió mis días: comer en el convento, levantar las moneditas, pagar la pensión, ir a la agencia de viajes a ver si mi amiga había enviado los dólares que faltaban y andar remoloneando por la ciudad. De la pensión al convento, del convento a la agencia, de la agencia a la plaza, alguna vez tratando de descubrir si los perezosos se movían o no.

La tarde era larga. Insistente, me daba otra pasada por la agencia de viajes.

Hasta que una mañana, la señorita que allí me atendía todos los días, cambió. Me dijo:

–Señora, mire, entre los empleados de acá juntamos el dinero que usted necesita para volver a Sao Paulo.

Yo no podía creer lo que oía. Pedí que me lo repitiera y me puse a llorar. Quise atravesar el mostrador para abrazarla. Viví un momento confuso. No estaba acostumbrada a tanta generosidad y, mucho menos, de personas que casi no me conocían. Los demás empleados seguían en sus tareas, como si nada hubiera ocurrido. Ella me dijo que esa misma tarde me podía ir. No me salían las palabras que, después de casi treinta años, quisiera haberle dicho. Fue un momento de mi vida tan intenso que hasta hoy me emociona y que deja estas palabras escritas en la mesa de mi cocina, con una estúpida birome bic.

Lo sucedido en Santa Cruz de la Sierra fue decisivo para que, de allí en adelante, rehuyera todo tipo de viaje a la frontera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOS CRIAMOS JUNTOS un relato de Mariela Salaberry

Entró a la oficina del periódico, casi sin saludar. Se sentó y se presentó como Julián. Estaba bien empilchado y peinado, como si hubiera salido de la ducha. Sacó un sobre de la campera y lo abrió. Era una foto. La miró. Parecía que no podía desprenderse de ella. Cuando pudo, me la mostró. En colores, tomada con una cámara simple, sin pretensiones, era la clásica foto de familia reunida detrás de una mesa, con un lindo mantel y una torta de cumpleaños infantil. La miré con curiosidad. Inmediatamente señaló a un muchacho que estaba de pie, rodeado de varias personas.

   –Mire, este es un torturador- dijo, todavía sin soltarla.

   La voz le temblaba. La mano también. Parpadeaba. Parecía apurado. Me la acercó un poco más y repitió, entrecortado:

   –Se lo juro por mi madre, es un hijo de puta, es milico, de Inteligencia. Es este, fíjese bien, éste-, agregó, apuntándolo con el dedo, golpeando sobre la imagen del sujeto, sin vacilar.

   El señalado era un hombre bastante joven, lentes culo de botella, vestido de pinta, con algo de bobón y gesto aburrido. Un tipo común y corriente, serio.

    Dejó la foto sobre la mesa y casi sin esperar, sacó del bolsillo la hoja de un diario. Allí había publicados varios nombres de represores. Uno de ellos estaba subrayado con birome. Dijo que era el de la foto: José Felipe Sande Lima.

   –Es él, es él. Lo conozco desde chico. Nos criamos juntos. Vive frente a mi carpinteria… Usted me tiene que creer… Esto que le digo es verdad. Lo conozco desde chico. Ahora me entero que es un semejante hijo de puta. ¿Usted se da cuenta? ¡Años pasé sin saber nada! Hasta jugábamos juntos.

   Mientras hablaba se movía, cruzaba y descruzaba las piernas. Las palabras se le atropellaban de tan rápido que hablaba. Insistía en que le tenía que creer, quizás porque a él mismo le costaba creerlo. Miraba la foto y fruncía el ceño, repitiendo varias veces con incredulidad:

   –Desde que era chico…, desde que era chico lo conozco, parece mentira–. Estaba furioso. Sufría.

            Quizás había sido la primera vez que hablaba de este asunto con alguien que no fueran sus compañeros de trabajo. Necesitaba confianza, mucha confianza para espantar la rabia.

   Me detuve a mirar la foto. La ingenuidad de la imagen me asombró. No era la primera vez que escuchaba historias que navegaban, como esa, entre la ficción y la realidad. Pero habíamos vivido tantas situaciones terribles en tan poco tiempo, que no podía darme el lujo de no escuchar bien a Julián.

   Le pregunté si había hablado con el milico. Me detuvo con un gesto firme:

   –Espere, espere. Ya le voy a contar lo que pasó–. Se acomodó en la silla. Pareció retomar algo de su compostura.

   –La cosa es así: yo tengo una barra de amigos, allá en Sayago, ¿sabe? Cada tanto nos juntamos en la carpintería a comer un asado. Cuando nos enteramos que éste era un torturador, por el diario, sabe, decidimos invitarlo a un asado y ahí, apretarlo, a ver qué decía.

   Parece que el whisky corrió a piacere y el asado también. Hasta que lo empezaron a acosar. Así lo contó Julián, ya sin ningún balbuceo, como quien cuenta una historia de misterio.

   –Contame como es tu trabajo –le dijo uno.

   –Tranquilo nomás.

   –Pero ¿qué es lo que tenés que hacer?

   –Soy secretario. Poca cosa.

   La rueda de amigos se le acercó, como bobeando.

   –¿Secretario? ¿De quién?

   Otro, un poco más audaz, haciéndose el distraído, preguntó:

   –¿Vos no serás secretario de Gavazzo? Yo me lo cruzo dos por tres cuando salgo de trabajar. ¡Qué tipo ese!

   –No me jodan. No vamos a ponernos a hablar de trabajo ahora. Es tardísimo. Además, la vieja no anda bien. Me tengo que ir. Ya saben cómo se pone si le llego tarde.

   –Pará un poquito… Vos sabés que tu vieja te va a esperar toda la vida. ¡Qué vieja la tuya! Del que no me acuerdo es de tu padre. Habría mucho para hablar. Pero eso, ahora, vamos a dejarlo.

    Así se fue alargando la conversación, por distintos caminos, hasta que uno fue al centro:

   –Mirá lo que dice este diario. Acá está tu nombre. Sos vos, -¿no?– ¿el que estaba ahí torturando gente?

   Dijo el carpintero que primero empezó a negar todo. Después, se cagó en los pantalones. La última frase que se oyó fue uno que le dijo:

   –¿Qué te parece si ahora que estás solito empezamos a hacer lo que vos hacías con los presos?

Entre aserrín y polvo, el milico no sabía qué hacer. Empezó a traspirar, parecía que iba a romper los lentes de tanto secar los cristales con la punta de la camisa.  Al dar un paso atrás, casi se cae sobre un banquito de madera. Hasta que, trastabillando, logró salir.

   –Lo dejamos-, contó Julián. -¿Qué más podíamos hacer? ¿Ustedes pueden hacer algo? ¿No pueden tratar de hablar con él a ver si confiesa?

   Yo estaba helada. Vivía aún en la etapa de esconder las emociones, así que disimulé. No me había perdido ni una de las palabras de Julián. Creí en su sinceridad. Me despedí de él y guardé la foto en mi agenda para mostrársela a los compañeros que habían sido detenidos por Gavazzo y su banda, los del grupo llamado en la jerga de inteligencia militar “300 Carlos”. Sande Lima era el 311.

   Lo reconocieron inmediatamente. Era el que los golpeaba cuando estaban en el suelo, después que las sesiones de tortura más terribles habían terminado. Lo hacía sin que le dieran órdenes.

   A los pocos días, vino de Buenos Aires un abogado que trabajaba, tenaz y firme, en la investigación de los uruguayos desaparecidos en Buenos Aires. Cuando le conté esta historia, me propuso intentar ver al sujeto. Julián nos dio la dirección de la casa, bajo promesa de que no dijéramos que era él quien nos la había dado. Fuimos. No sabíamos bien qué íbamos a hacer, pero fuimos. Golpeamos la puerta, hasta que una señora la entreabrió, con la cadena puesta. Apenas preguntamos, con nombre y apellido, la cerró de un golpe.

   Fui a ver a Julián y le conté. Me dijo que después del famoso asado, el milico había desaparecido del barrio.

   –Acá, nosotros lo quemamos con la gente que lo conocía. Todo el mundo le dejó de hablar. Y ¿sabe una cosa? Estaba por casarse, y cuando la novia se enteró, también lo dejó.

   No podría decir que Julián estaba contento. Pero la pequeña venganza ciudadana parecía haberlo dejado más tranquilo.

   Pasados unos días, Sande Lima subió al mismo ómnibus que yo, con los mismos lentes culo de botella y el mismo aire insulso. Me dio mucho miedo. Un miedo que creía que la vida había diluído. Pero no. Reapareció en ese cotidiano y vulgar trayecto en ómnibus.

Demasiados, vergonzantes años después, entre los pocos milicos enjuiciados, fue procesado por “homicidio muy especialmente agravado”. Y por estafa.

J. Sande Lima