DOÑA IRENE por Mariela Salaberry

Para mi hija

Una de las mujeres más encantadoras y cálidas que conocí en mi vida fue Doña Irene, tu bisabuela.

Era chiquititita, de pelo corto y blanco. Usaba unos lentecitos redondos casi sin montura y, aunque no se pueda creer, con setenta años, andaba de championes. Siempre tuvimos, en la casa de la calle Botucatú, mientras vivimos en Sao Paulo, una foto de ella.

Estando yo en Montevideo, antes del golpe de estado, me guardó en su minúsculo apartamento de la calle San Martín y Fomento, durante un buen período. En esa época, yo estaba semiclandestina. En la habitación de ella, sin ventana, no cabía una cama de dos plazas. El baño no tenía bañera. Había solo un duchero, que funcionaba con alcohol azul. Tenía la alcuza a mano, pero no la usaba nunca. Doña Irene se bañaba con agua fría, invierno y verano.

Por entonces, después de las ocho de la noche tratábamos de no andar por la calle. A esa hora, se trasmitían los comunicados de las Fuerzas Conjuntas, requiriendo las personas que los milicos consideraban subversivas. Así que yo me guardaba en el apartamento con Doña Irene. Siempre me esperaba. Cenábamos juntas. Ella dormía en un silloncito pequeño que había en la habitación. A mí, siempre me hacía dormir en su cama. Así descansábamos todas las noches, después de unas lindas charlas. Era de una ternura impresionante.

Doña Irene era la mamá de tu abuela y de tus dos tías abuelas. Vivió durante bastante tiempo casada con don Julián, tu bisabuelo, un comunista acérrimo y hombre bastante rígido. Hasta que un día, tuvo otro hijo: el Coco.

No recuerdo haberlo visto nunca en casa de tu abuela ni de tus tías. Se ve que el “pecado” de Doña Irene las había golpeado fuerte. Nunca hablaron de cómo había sido su separación de Don Julián. Y al Coco, como te dije, no lo trataban. Ella sí lo recibía, a veces los fines de semana, en la calle San Martín, como a un duque. Algunos días le preparaba una inmensa olla de licor de huevo, que tenía como cinco centímetros de alto de espuma.

Un día en todos lados salió la noticia de que Jacqueline Kennedy se había casado con el multimillonario griego Onassis. Esa noche, con cara de disgusto, apenas entré, Doña Irene me dijo:

-Mariquita, ¡se nos emputeció la Jacquelinne!

¡Ella! ¡Que nunca decía malas palabras! Además, estaba verdaderamente disgustada. No supe cómo consolarla. Esa expresión, pasan los años y no la olvido nunca. Porque además, era la única persona que me llamaba Mariquita, con toda naturalidad. Es como si aún la viera, con sus lentes y su cara toda arrugadita.

En el momento en que a tu padre lo sacaron del Penal de Sierra Chica, en Argentina fue, como toda la familia, a despedirlo al Aeropuerto de Ezeiza. A tu padre lo adoraba. En esos días, ella se quedó conmigo. Hacía mucho tiempo que no la veía.

Hubo que ir dos veces al Aeropuerto. La primera vez no apareció. Volvieron todos muertos de miedo, sin saber qué había ocurrido. Yo no había ido; el lugar podía estar demasiado vigilado. Tu abuela tuvo que hacer de tripas corazón e ir a la Policía Federal, a averiguar qué había pasado. Le dijeron, sin importarles un comino, que el pasaporte no estaba pronto. Dieron otra fecha para el viaje. Ahí sí los acompañé, desde lejos. Y ¡al fin!, lo vimos partir.

Como te imaginarás, su salida nos dio a todos una inmensa felicidad. Los festejos los empezó tu abuela, en su habitación, en un Hotel en la calle Rivadavia. Nos había hecho llorar de la risa cuando, alzando una copa de vino, se puso a cantar, desentonando como loca, el himno de los comunistas italianos: “Bandiera rossa la trionfera, evviva il socialismo, evviva la liberta”.

            Esa noche hicimos una cena bacanal en un bolichón de Buenos Aires.  Doña Irene encabezaba la mesa. Y, ¿qué se le dio por hacer? Superando en gracia a tu abuela, me dijo:

  • Mariquita, dame un cigarrillo.

Me sorprendió. Nunca había fumado. Pero se lo di. Muy erguida, haciéndose la vampiresa, lo prendió y empezó a largar humo a raudales. ¡Cosa de no creer! ¿Te la imaginás? ¡Verla era un plato!

            Fue el mejor festejo, después de tanto tiempo de dolor.

Terminando por acá, te cuento que cuando tenía 93 años, la tuvieron presa con la tía Chola y Juan Acuña, su marido. Nosotros sabíamos que Acuña había sido detenido años antes, siendo integrante del Comité Central del Partido Comunista. Estaba en el Penal de Libertad.

Cuando ya los milicos estaban por cantar la retirada, lo sacaron del penal para ser sometido a otro interrogatorio. No se ahorraron el gusto de hacer un allanamiento en la casa de la calle Juana de Arco, donde había vivido. A la Chola la pusieron de pie contra la pared del baño. Casi al terminar el registro, entraron armados a la cocina, donde Doña Irene, ya bastante sorda, preparaba un arroz con leche. Cuando dos subalternos quisieron sacarla para afuera, sin soltar la cuchara de madera, les dijo:

  • Esperen un poco, la leche se va a derramar.

Los llevaron a Inteligencia y Enlace. Entre los tres, sumaban más de doscientos

años.

 

Puede dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s