VOLVER A DURAZNO por Mariela Salaberry

VCuando supe que podía regresar a Uruguay sin riesgos aparentes, preparé todo con urgencia para viajar con mi hija. Volver fue tan veloz como cuando tuve que escapar, salvo que con menos miedo. La idea era ir lo más rápido posible a mi casa paterna, a mi ciudad natal. Lo demás vendría después.

Ver la ONDA, estacionada en la Plaza Libertad, me produjo un sentimiento de familiaridad con solo mirar el dibujo que representaba el famoso galgo en carrera, pintado a los costados, sobre color aluminio, logotipo de la compañía. El ómnibus, con la carrocería también de aluminio, ondulado y remachado, pintada de blanco salvo en una franja lateral (creo que de color gris), con sus pequeñas ventanillas y sus contornos bombés, como las heladeras de antes, me pareció que era el Concorde.

Apenas subí, miré las caras del conductor y el guarda, pensando en iniciar conversación. Creía conocer a todos de la época en que viajaba con frecuencia. Pero no; no conocí a ninguno. Tampoco entre los viajeros, salvo una señora que me saludó con extrema cortesía y cariño. Nunca supe quien era. Quedé encantada de que me hablara. Le seguí la corriente para no defraudar el entusiasmo con que venía, que se resistía a ser desplazado por cualquier contrariedad, por nimia que fuera.

¡Volvía! Al lugar donde había pasado dieciocho años de mi existencia. Soñaba con los amigos que iba a encontrar y mucho más. Tenía que atar lo que se había roto, después de doce años de destierro. Entredormida me acordé de la plaza. Era nuestro patio, nuestro lugar de juegos, de juntar bichitos de luz al anochecer, de carreras en bicicleta; de jugar a la escondida, sobre todo atrás del monumento a Colón en medio de la Plaza, que olía a pichí en cada rincón, con aquella bola de cemento arriba.

Esa bola, pelota, como se le quiera llamar, ocupaba una parte de nuestra imaginación. Jamás recuerdo que alguien nos hubiera enseñado que eso representaba el mundo redondo. Pensábamos que tenía cartas escondidas; cartas de Colón, de los Reyes de España, de algún marinero, de muertos que habrían contado allí sus experiencias por el cruce del océano, lleno de monstruos peligrosos. O cartas de amores perdidos.

La ansiedad se mezclaba con una sensasión de contento y temor. Mi hija, que de campo y vacas poco había visto en su vida, al rato se aburrió y se durmió hasta que llegamos. Fue muy cómico cuando volvimos a Montevideo y me mostró su primera poesía:

“Campo,

campo,

campo,

campo”.

Había repetido la palabra como siete veces.

Y nada más.

Nunca un viaje se me hizo tan largo.  Por la Ruta cinco iba registrando las ciudades y pueblos, que conocía de antaño. Me resultaba difícil reconocer el paisaje. Hasta que de a poco comencé a ubicarme, casi antes de llegar. Me paré antes de entrar a la ciudad, por miedo a que hubieran cambiado el recorrido. Pero no. Seguía igual. Mi familia nos esperaba en la parada, en la esquina de mi casa. Estaba mi madre, mi cuñada y cuatro de mis sobrinos. Parecían álamos allí parados. Una altura y una delgadez impresionante. No sabía quien era quien; no encajaban con el recuerdo de aquellos gurises que dejé de ver siendo niños. ¡Hasta sus nombres se me confundían!

Largos, húmedos, fueron los abrazos, entre sonrisas y preguntas inconexas. Hasta que arrancamos todos para casa. Mi vieja había armado un verdadero banquete del que solo recuerdo haber comido y bebido mucho. Y sentirme incómoda, insegura ante mis sobrinos, llenos de timidez. Para ellos yo era una desconocida absoluta y eso me cortaba el habla. Seguramente hice ese tipo de preguntas ridículas que hacen las tías, respondidas con parquedad por los muchachos.

El tema de la muerte de mi hermano, su padre, escapó por el bies de una conversación. Mi cuñada empezó a sollozar. Me acerqué a ella, nos abrazamos y quedamos que al otro día iríamos juntas al cementerio. Yo necesitaba hablar de mi hermano, muerto cuando estábamos viviendo en Sao Paulo. Me había enterado de casualidad, por un diario. El tema quedó por ahí, suspendido, en un silencio que alguien rompió con espontaneidad.

Me sorprendía que me llamaran por mi nombre. ¿Era, entonces, la misma persona que aquella que nombraban? ¿Quien era la que respondía a ese nombre tan sonoro? ¿A qué persona, de las tantas que fui, le estaban hablando? ¿Cómo era ésta, mi familia?

Había alegría, curiosidad, sorpresa, reconocimiento, búsqueda, confusión, recuerdos desencontrados, balbuceos. Un comienzo plagado de extrañeza. Después que todos se fueron, recorrí punto por punto toda la casa. Le mostré a mi niña el que había sido mi cuarto, mi biblioteca, el roperito de las muñecas, las muñecas. Los vestidos y sombreros emplumados de antiguos casamientos o cumpleaños. Eran de mis hermanas o de mi madre. Terciopelos, plumas, encajes, enaguas, sábanas y manteles llenos de puntillas bordadas a mano.  Un vestido mío, también de fiesta, minifalda, de gasa y raso negro. Era de cuando tenía quince años. Nos pusimos todo, inventando disfraces y muriéndonos de risa.

Después nos sentamos juntas al piano. Busqué viejas partituras. Traté de ejecutar las más sencillas. Ella, con sus siete añitos, nunca había visto a su mamá tocando el piano. Enseguida quiso unirse, entusiasmada, golpeando una tecla por aquí, otra por allá. No entendió por qué la rezongué. Sentada ante el piano, todo lo demás desapareció para mí, incluso ella. Oir una disonancia cuando apretaba con sus deditos cualquier tecla, me enojaba. Le enseñé a tocar “Para Elisa”. Así volví a aquella extraña realidad.

Al otro día, mientras guardaba la vajilla que había quedado sucia, no podía creer que me dirigiera, certera, a los lugares donde, desde siempre, habían estado los platos, las copas, los cubiertos de fiesta, los de todos los días. Encontrar los interruptores de las luces sin necesidad de preguntar dónde estaban. Me inundaba una sensación de pertenecer a algo que no sabía lo que era. Retomaba ese pedazo de vida por lugares insólitos y de una simplicidad que la ausencia había escondido.

Fuimos con María Delia, mi cuñada, al Cementerio. La última vez que había estado allí fue cuando murió mi padre, en 1972. Nunca me gustó ir a los cementerios ni a los velorios que se usan ahora. Prefiero los velorios de los cuadros de Figari. Sentadas en el borde de un escalón, en la soledad de aquella tumba de granito rosado, me contó mucho de mi hermano. Su vida cobró realidad en su voz dolida.  Vi su reflejo días después en la cara y en las charlas, ya distendidas, con sus cuatro hijos y su única hija: heridas que hasta hoy dejaron cicatrices, enormes huecos vacíos de preguntas, de vivencias, de consejos, de equivocaciones, de caricias, que les dejó su temprana muerte.

Mi sobrina estaba en Montevideo cuando llegamos. Cuando regresó, me llevó hasta la playa más alejada que pudo encontrar. Le daba vergüenza que alguien me viera con un bikini horroroso que me habían prestado. Charlamos mucho. Recuerdo que cuando hablamos de Martín, su padre, mi hermano, me preguntó: “Pero él de la familia se preocupaba, ¿no?”

Estuvimos veinte días en aquél momento. Me encontré con algunas viejas amigas, caminé mucho, fui al río varias veces. Recobré la caricia de las ramas curvas de los sauces, peinadas por el agua; habían crecido de manera increíble, hermosas. El río retomó su anchura en mi alma, su sabor, su tibieza, la placidez de la corriente.

En una de sus orillas, asomaba el Club Náutico, el de los bailes a los que íbamos casi todos los sábados en verano. Dije que quería ir hasta allí. Pero no. No se podía. Al Náutico se lo habían quedado los milicos: era y es propiedad del Ejército hasta hoy. Me sentí estafada. Una rabia sin sosiego me hizo olvidar otros atropellos. Fue como si me hubieran mutilado.

Pasó a ser mi tema de conversación con todos los que me encontraba. No podía comprender que aquello se hubiera permitido. Durazno no era Durazno sin el Náutico, sin la posibilidad de ir a bailar, hacer picnics, salir a pasear en bote. ¿Cómo era posible? En esa ciudad cuartelera no había respuesta. Al tocar el tema, veía vacilación en mis interlocutores. Oscuridad. Si yo hubiera estado allí, sé que las cosas no habrían cambiado. Sin embargo, pasados los años, tengo esa vivencia de muchísima pena. Cada vez que vuelvo al río, la rabia me sube a la garganta con la misma intensidad que entonces.

Además, los alrededores del Club Náutico, parecían haberse convertido en un balneario de lujo. Habían construído lindos chalets y jardines, con la entrada muy bien custodiada por un soldado con metralleta, al lado de una barrera, como la de los trenes.

Estuve paseando muchísimo. Salía a caminar del brazo con mi madre. Mi hija se pegó a sus primos, que la mimaban todo el tiempo. Aprendió a jugar a la baraja: truco, conga, trampas incluídas.

La ciudad me parecía una de aquellas fotos antiguas, con rostros conocidos y desconocidos. De esas fotos sepias, con personajes acartonados y vestidos impecables para la pose. Esas sonrisas buscadas, recorridas por una felicidad forzada. Esas fotos que nos traen un pasado ignoto, ordenado y pulcro.

Caminar por Durazno era caminar entre adioses. Todos los vecinos, aunque no se conozcan mucho, al cruzarse por la calle dicen, con un tonito muy particular: “Adiooós”. A veces alguien me reconocía y nos deteníamos a conversar. Era casi sistemático que al separarnos, tuviera que preguntarle a la vieja: “Mamá, ¿quien era?” Y ella me contestaba: “Esa es la mujer de Fulano; esa es la tía de Zultano; este es el hermano de Mengana”. Y así en más.

Ni que hablar de los hombres de mi edad. Los “dragones” por los que suspirábamos en mi juventud, casi todos habían engordado en forma asombrosa. Imaginaba, posiblemente equivocada, vidas aburridas atrás de sus cordiales saludos y sus rebozantes panzas.

Muchas de mis amigas y compañeras de Secundaria o de la escuela, ya no estaban más. Solo me encontré con algunas de aquellas con las que, aunque pasen los años, parece que nunca hubiera dejado de verlas. Otras, de las que no había sido tan amigas, me sometían a un interrogatorio minucioso sobre mi vida afuera. De tanto contarla, fui haciendo los relatos cada vez más frugales. Un poco porque me cansaba hablar siempre de lo mismo. Además, pasados los primeros días, el interés sobre mi vida me hacía acordar a los encuentros en los velorios: una oportunidad de chimenteo.

Cuando les tocaba contar a ellas, aparecía una impresionante cantidad de anécdotas, llenas de precisión, sobre sucesos que habíamos compartido. A mí, aunque tenían sabor a verdad, a proximidad, se me habían olvidado por completo. Me inundaba una sensación de tiempo detenido, inmutable. También hubo historias de horror. Cuando las quiero contar no puedo. Baste decir que, como mi casa quedaba al lado de la Iglesia y en otras épocas me conocía a todos los curas, fui a ver al que estaba de párroco en ese momento. Había abierto un espacio para mujeres golpeadas. “Son muchas acá, más de lo que se puede uno imaginar”, dijo.

Había momentos en que me sentía desnuda, haciendo intervenciones que luego me daba cuenta que no encajaban. Yo tenía un lenguaje más directo, sin tanta censura. Percibí que cuando tocaba algo espinoso, por ejemplo, los milicos, el temor reaparecía en la cara de mis amigos; la conversación se volvía un susurro y, al menor pretexto, se cambiaba de tema.

Esos veinte días hoy me parecen un cortometraje hecho por otra persona. A veces me lo paso por la cabeza antes de dormir. Corren las imágenes, suenan las conversaciones, el verdor de los plátanos, los inviernos helados, los insoportables calores del verano. Hasta que aparece el río Yi. Me acoplo a la corriente, ondulada y barrosa. Me sumerjo como cuando era niña, siempre con ganas de acercarme a las boyas rojas que indicaban el peligro de los remolinos. Entonces, logro dormir, como viajando otra vez.

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