NOS CRIAMOS JUNTOS un relato de Mariela Salaberry

Entró a la oficina del periódico, casi sin saludar. Se sentó y se presentó como Julián. Estaba bien empilchado y peinado, como si hubiera salido de la ducha. Sacó un sobre de la campera y lo abrió. Era una foto. La miró. Parecía que no podía desprenderse de ella. Cuando pudo, me la mostró. En colores, tomada con una cámara simple, sin pretensiones, era la clásica foto de familia reunida detrás de una mesa, con un lindo mantel y una torta de cumpleaños infantil. La miré con curiosidad. Inmediatamente señaló a un muchacho que estaba de pie, rodeado de varias personas.

   –Mire, este es un torturador- dijo, todavía sin soltarla.

   La voz le temblaba. La mano también. Parpadeaba. Parecía apurado. Me la acercó un poco más y repitió, entrecortado:

   –Se lo juro por mi madre, es un hijo de puta, es milico, de Inteligencia. Es este, fíjese bien, éste-, agregó, apuntándolo con el dedo, golpeando sobre la imagen del sujeto, sin vacilar.

   El señalado era un hombre bastante joven, lentes culo de botella, vestido de pinta, con algo de bobón y gesto aburrido. Un tipo común y corriente, serio.

    Dejó la foto sobre la mesa y casi sin esperar, sacó del bolsillo la hoja de un diario. Allí había publicados varios nombres de represores. Uno de ellos estaba subrayado con birome. Dijo que era el de la foto: José Felipe Sande Lima.

   –Es él, es él. Lo conozco desde chico. Nos criamos juntos. Vive frente a mi carpinteria… Usted me tiene que creer… Esto que le digo es verdad. Lo conozco desde chico. Ahora me entero que es un semejante hijo de puta. ¿Usted se da cuenta? ¡Años pasé sin saber nada! Hasta jugábamos juntos.

   Mientras hablaba se movía, cruzaba y descruzaba las piernas. Las palabras se le atropellaban de tan rápido que hablaba. Insistía en que le tenía que creer, quizás porque a él mismo le costaba creerlo. Miraba la foto y fruncía el ceño, repitiendo varias veces con incredulidad:

   –Desde que era chico…, desde que era chico lo conozco, parece mentira–. Estaba furioso. Sufría.

            Quizás había sido la primera vez que hablaba de este asunto con alguien que no fueran sus compañeros de trabajo. Necesitaba confianza, mucha confianza para espantar la rabia.

   Me detuve a mirar la foto. La ingenuidad de la imagen me asombró. No era la primera vez que escuchaba historias que navegaban, como esa, entre la ficción y la realidad. Pero habíamos vivido tantas situaciones terribles en tan poco tiempo, que no podía darme el lujo de no escuchar bien a Julián.

   Le pregunté si había hablado con el milico. Me detuvo con un gesto firme:

   –Espere, espere. Ya le voy a contar lo que pasó–. Se acomodó en la silla. Pareció retomar algo de su compostura.

   –La cosa es así: yo tengo una barra de amigos, allá en Sayago, ¿sabe? Cada tanto nos juntamos en la carpintería a comer un asado. Cuando nos enteramos que éste era un torturador, por el diario, sabe, decidimos invitarlo a un asado y ahí, apretarlo, a ver qué decía.

   Parece que el whisky corrió a piacere y el asado también. Hasta que lo empezaron a acosar. Así lo contó Julián, ya sin ningún balbuceo, como quien cuenta una historia de misterio.

   –Contame como es tu trabajo –le dijo uno.

   –Tranquilo nomás.

   –Pero ¿qué es lo que tenés que hacer?

   –Soy secretario. Poca cosa.

   La rueda de amigos se le acercó, como bobeando.

   –¿Secretario? ¿De quién?

   Otro, un poco más audaz, haciéndose el distraído, preguntó:

   –¿Vos no serás secretario de Gavazzo? Yo me lo cruzo dos por tres cuando salgo de trabajar. ¡Qué tipo ese!

   –No me jodan. No vamos a ponernos a hablar de trabajo ahora. Es tardísimo. Además, la vieja no anda bien. Me tengo que ir. Ya saben cómo se pone si le llego tarde.

   –Pará un poquito… Vos sabés que tu vieja te va a esperar toda la vida. ¡Qué vieja la tuya! Del que no me acuerdo es de tu padre. Habría mucho para hablar. Pero eso, ahora, vamos a dejarlo.

    Así se fue alargando la conversación, por distintos caminos, hasta que uno fue al centro:

   –Mirá lo que dice este diario. Acá está tu nombre. Sos vos, -¿no?– ¿el que estaba ahí torturando gente?

   Dijo el carpintero que primero empezó a negar todo. Después, se cagó en los pantalones. La última frase que se oyó fue uno que le dijo:

   –¿Qué te parece si ahora que estás solito empezamos a hacer lo que vos hacías con los presos?

Entre aserrín y polvo, el milico no sabía qué hacer. Empezó a traspirar, parecía que iba a romper los lentes de tanto secar los cristales con la punta de la camisa.  Al dar un paso atrás, casi se cae sobre un banquito de madera. Hasta que, trastabillando, logró salir.

   –Lo dejamos-, contó Julián. -¿Qué más podíamos hacer? ¿Ustedes pueden hacer algo? ¿No pueden tratar de hablar con él a ver si confiesa?

   Yo estaba helada. Vivía aún en la etapa de esconder las emociones, así que disimulé. No me había perdido ni una de las palabras de Julián. Creí en su sinceridad. Me despedí de él y guardé la foto en mi agenda para mostrársela a los compañeros que habían sido detenidos por Gavazzo y su banda, los del grupo llamado en la jerga de inteligencia militar “300 Carlos”. Sande Lima era el 311.

   Lo reconocieron inmediatamente. Era el que los golpeaba cuando estaban en el suelo, después que las sesiones de tortura más terribles habían terminado. Lo hacía sin que le dieran órdenes.

   A los pocos días, vino de Buenos Aires un abogado que trabajaba, tenaz y firme, en la investigación de los uruguayos desaparecidos en Buenos Aires. Cuando le conté esta historia, me propuso intentar ver al sujeto. Julián nos dio la dirección de la casa, bajo promesa de que no dijéramos que era él quien nos la había dado. Fuimos. No sabíamos bien qué íbamos a hacer, pero fuimos. Golpeamos la puerta, hasta que una señora la entreabrió, con la cadena puesta. Apenas preguntamos, con nombre y apellido, la cerró de un golpe.

   Fui a ver a Julián y le conté. Me dijo que después del famoso asado, el milico había desaparecido del barrio.

   –Acá, nosotros lo quemamos con la gente que lo conocía. Todo el mundo le dejó de hablar. Y ¿sabe una cosa? Estaba por casarse, y cuando la novia se enteró, también lo dejó.

   No podría decir que Julián estaba contento. Pero la pequeña venganza ciudadana parecía haberlo dejado más tranquilo.

   Pasados unos días, Sande Lima subió al mismo ómnibus que yo, con los mismos lentes culo de botella y el mismo aire insulso. Me dio mucho miedo. Un miedo que creía que la vida había diluído. Pero no. Reapareció en ese cotidiano y vulgar trayecto en ómnibus.

Demasiados, vergonzantes años después, entre los pocos milicos enjuiciados, fue procesado por “homicidio muy especialmente agravado”. Y por estafa.

J. Sande Lima

 

3 comentarios sobre “NOS CRIAMOS JUNTOS un relato de Mariela Salaberry

  1. Mariela:Me gustó mucho como escribis. He estado leyendo dos libros de Benedetti, entre ellos La Tregua, y escribís con la misma soltura que él y también me hiciste acordar a él
    Por otro lado te digo que pertenezco a una generacion diferente a la tuya, y mis enemigos no son los “milicos”; mis enemigos son mis parientes ( algunos) y mis enemigos son mis compañeros de clase, de generacion (algunos)

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