SANTA CRUZ DE LA SIERRA por Mariela Salaberry

En el período que viví en Brasil, no todo fue carnaval. Mientras no tuve un documento de residencia legalizado, viajé varias veces a la frontera, para regularizar mi situación. Necesitaba que me sellaran el pasaporte en Migraciones. Eran largos y tediosos viajes de ida y vuelta en ómnibus, hasta las Cataratas del Iguazú, junto con Lucía, mi hija. Allí obtenía esos sellitos de morondanga.

Una vez, pude acortarlos yendo en avión a Santa Cruz de la Sierra.  El viaje fue un placer. Servían unos panes riquísimos y comida boliviana abundante, de excelente sabor. No como esas de ahora, escasas y con gusto a heladera.

En Bolivia todo era más barato, así que elegí un Hotel con piscina y todo. Me quedé con poco dinero, sabiendo que al otro día regresaba a casa en Sao Paulo.

Esa noche dormí como piedra. Apenas me desperté, me apronté para volver. No tomó mucho tiempo. Sólo viajaba con una mochila verde, que hasta suerte me había dado de tanto usarla. Pagué el hotel y fui a la compañía de aviación a marcar el regreso.

Resultó que se necesitaba abonar una tasa extra, obligatoria, en dólares. No era mucho pero yo no lo sabía y no tenía aquel dinero, ni por lejos. Le expliqué a la muy arreglada señorita que me atendió, que nadie me había informado de ese pago suplementario. Apareció el “yo no tengo la culpa”, hermético e implacable, que tantas veces sucede en situaciones enojosas. Me dio mucha rabia.

Le sugerí que se comunicara a Sao Paulo, con la agencia que me había vendido el pasaje.  No funcionó. Volví al hotel a pedir un día más de alojamiento. Prometí el pago para el día siguiente, desde Sao Paulo. La negativa también fue rotunda. No tenía a quien recurrir. Mi marido estaba de viaje y no había manera de encontrarlo. Llamé también a una amiga brasileña. Estaba enferma, pero me prometió que no tardaría en enviar los famosos dólares. Sin alarmarlos, le avisé a mis suegros que iba a demorar un poco en llegar. Ellos se habían quedado en casa, con Lucía.

Salí caminando hacia una plaza. Los árboles eran altísimos, de hojas grandes y troncos enormes. Unos perezosos inmensos y peludos, de largas patas, colgaban inmóviles de las ramas. El calor era sofocante. Algunas cholas andaban en la vuelta, con sus pollerones, muy conversadoras. Pero no pude disfrutar del panorama boliviano, que sólo conocía por fotos e historias.

Busqué la sombra de un banco para sentarme. Lo único que me pasaba por la cabeza era que tenía que encontrar una solución. De pronto, vi una Iglesia. Tenía las puertas cerradas. Como un rayo, se me iluminó el pensamiento, empujado por la desesperación. Ahí me tienen que ayudar, pensé. Para eso se supone que existen las iglesias. ¿Por qué no a mí?

Ya era cerca del mediodía. El calor se tornó más intenso y húmedo. No recuerdo si toqué timbre en una puerta lateral o abordé a un cura, al que le expliqué lo que pasaba. Lo cierto es que fui a parar a un Colegio de monjas.

Al llegar allí, vi una larga cola de mendicantes esperando. ¡Cuánto quisiera tener hoy las palabras de los grandes maestros para describir aquél panorama! Ver aquello me dio la sensación de estar en el siglo XIX, en una de aquellas novelas de Dickens o Edmundo D’Amicis, que nunca más había vuelto a leer desde mi infancia.

Había gente sucia, con piel enferma y ropa desgarrada. Gestos serios y avejentados, espaldas curvadas, bocas sin dientes, feos olores, pies casi descalzos, cabellos largos enmarañados, engrasados. Algunos se despiojaban, como la cosa más natural de la vida. Todo era oscuro.

Allí me puse a esperar. Mi forma de vestir y mi aspecto desencajaban. Pero no pareció que mi presencia llamara la atención a ninguno de los mendigos. La monja que abrió la puerta, en un orden que abrevaba en siglos de compasión cristiana, nos fue dejando pasar. Fuimos entrando a un salón inmenso, con largas mesas de madera y muchos bancos. Todos nos acomodamos, sin apuro. Sobre platos descascarados, ella fue sirviendo, con un cucharón grande, un ensopado. Lo devoramos hasta la última gota. Nadie hablaba con nadie.

Terminado el sopón, esperé que todos se fueran para dirigirme a ella. Le expliqué lo que pasaba. Me oyó, parca. Se metió la mano en el bolsillo del hábito y empezó sacar moneditas. Bien contadas, una a una, me las dio; también me indicó un lugar donde podía pasar la noche. Supuse que tanta monedita debía provenir de las limosnas que recogían los monaguillos en la Iglesia, después de las misas.

Por muy poco dinero, alquilé una habitación compartida en una pensión. El sitio tenía un patio central, con un aljibe en el medio. A su alrededor, daban las puertas de varias habitaciones. Una rutina extraña invadió mis días: comer en el convento, levantar las moneditas, pagar la pensión, ir a la agencia de viajes a ver si mi amiga había enviado los dólares que faltaban y andar remoloneando por la ciudad. De la pensión al convento, del convento a la agencia, de la agencia a la plaza, alguna vez tratando de descubrir si los perezosos se movían o no.

La tarde era larga. Insistente, me daba otra pasada por la agencia de viajes.

Hasta que una mañana, la señorita que allí me atendía todos los días, cambió. Me dijo:

–Señora, mire, entre los empleados de acá juntamos el dinero que usted necesita para volver a Sao Paulo.

Yo no podía creer lo que oía. Pedí que me lo repitiera y me puse a llorar. Quise atravesar el mostrador para abrazarla. Viví un momento confuso. No estaba acostumbrada a tanta generosidad y, mucho menos, de personas que casi no me conocían. Los demás empleados seguían en sus tareas, como si nada hubiera ocurrido. Ella me dijo que esa misma tarde me podía ir. No me salían las palabras que, después de casi treinta años, quisiera haberle dicho. Fue un momento de mi vida tan intenso que hasta hoy me emociona y que deja estas palabras escritas en la mesa de mi cocina, con una estúpida birome bic.

Lo sucedido en Santa Cruz de la Sierra fue decisivo para que, de allí en adelante, rehuyera todo tipo de viaje a la frontera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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