VIU, MARÍA? por Mariela Salaberry

1.

No tuvimos mejor idea, mientras vivimos en Sao Paulo, que hacernos pasar por

argentinos (para disimular nuestro origen oriental). Se ve que todavía no nos habíamos dado cuenta que ya el Cóndor sobrevolaba, maldito, más allá de la Cordillera de los Andes. Hoy me pregunto si, en realidad, no queríamos darnos cuenta.

Salimos de París, como algunos de los uruguayos que, desde distintas partes del mundo, creímos que desde allí podríamos ayudar a la resistencia a la dictadura en Uruguay.

¡Cuántos eternos viajes se hicieron en ómnibus hasta Porto Alegre, a Pelotas o a Santana do Livramento! Tal vez alguien contará…

La cercanía de los dos países también ayudó a que fuéramos visitados por nuestros familiares.

Una vez vino mi madre, desde Durazno. La esperé en el Aeropuerto del Galeâo, en Río de Janeiro. De allí embarcamos en ómnibus hasta Sao Paulo. Era un viaje de seis horas.

Nosotros no queríamos que mamá supiera dónde vivíamos. No sabíamos si no habría sido seguida por los milicos, para después buscarnos a nosotros. Capaz que, sin darse cuenta, podía ponernos en peligro.

Durmió un poco, hasta que en un momento me dijo: “Nena, ¡qué lejos que queda tu casa!”. ¡Hacía como cuatro horas que veníamos viajando! Le dije que ya faltaba poco. Y seguimos.

Cuando llegamos a casa, en la calle Samuel Porto, le expliqué el asunto de que allí éramos argentinos. Me escuchaba. Para terminar le dije: “Así que, vieja, no hables nada de Uruguay ni de los uruguayos. Y acordate bien que acá nadie me conoce por Mariela. Acá soy María. Y al Hugo no le digas Hugo…”

– ¿Y cómo le digo?, me preguntó. Yo ya estaba cansada de la perorata y ella me salvó:

– Ya sé, le digo Tito -.

Y así lo bautizó.

Todo eso vino a cuento porque la íbamos a sacar a pasear por Sao Paulo con una vecina, Zulma, que era de Belem do Pará.

Salimos en aquél volskwagen medio cascarriento que teníamos, a recorrer palacios y plazas. El Hugo al volante, yo al lado con Sofía en la falda; mamá atrás con la vecina, de guía turística. Cada vez que terminaba de explicar algo, Zulma decía: “¿Viu, María?”

En un momento, frente a una estatua de Don Pedro II, empezó a contar todas las

amantes que el rey había tenido. Nada de tráfico de esclavos, nada de colonización portuguesa: amantes.

Mi mamá era tuerta, no veía mucho. Pero tenía un oído de tísica y había sido

profesora de historia. Al escucharla, dijo: “Viu María?”, como una broma elegante.

Y seguimos. Hasta que de repente, a lo lejos, vio flamear una bandera con varias

 franjas celestes y blancas, con el sol muy grande. Y dijo, emocionada:

  • ¡Una bandera uruguaya!, quiero decir, ¡argentina!

2.

Mi hermano Martín había muerto mientras nosotros estábamos en Sao Paulo. Me

lo dijo el Hugo. Tenía la manía de leer las necrológicas del diario “El País, antes que las noticias. Ese diario, como la yerba, lo comprábamos en el centro de la ciudad.

Quedé helada. No sabía qué hacer. Solo lloraba, tratando que Sofía no se diera

cuenta.

Hasta que me atreví a llamar a mi madre a Durazno. No me podía hablar. Apenas

 me dijo: “No me animaba a contarte”. Tuve que cortar la comunicación.

Días después, ella regresó a Sao Paulo. Ya no vivíamos en la casa de Samuel

Porto. Nos habíamos mudado al barrio Vila Mariana, rua Botucatú número quince.

Fue muy difícil aliviar aquél dolor, que hizo olvidar otros dolores.

3.

Pasaron los años. Cuando supe que ya no estaba más requerida, volví a Uruguay con Sofía. Solitas las dos.

Lo primero que hicimos fue regresar a Durazno, largo viaje por entonces. Miré al

chofer de la ONDA y a los pasajeros, tratando de encontrar algún conocido: nada.

Ella fue todo el tiempo mirando para afuera, por la ventanilla. En ese viaje se

inspiró para escribir un poema que decía:

Campo,

Campo,

campo,

Campo,

Campo…

Hasta ahora nos reímos…

En la esquina de casa, nos estaban esperando mamá y los cuatro hijos varones de

mi hermano Martín. Casi no los conocí: altos como álamos. No los veía desde que eran niños. Nos esperaron con un ágape faraónico.

Pasamos un mes entero en aquella ciudad: río, amigas, sorpresas.

Me dio muchísima rabia saber que al Club Náutico, a orillas del Yi, del otro lado de

 la playa El Sauzal, se lo habían apropiado los milicos. No pudimos ir a visitarlo. Para llegar allí había que atravesar una barrera enorme, custodiada por un soldado armado con ametralladora.

Me emocionaba prender la luz de casa en lugares que creía haber olvidado.

O encontrar, sin que me dijeran nada, los platos y los cubiertos en los armarios y

cajones de la cocina.

Volví a tocar un poco el piano, con Sofía sentadita a mi lado. Revisé mis viejas

partituras. Intenté volver a ejecutarlas. No pude.

Me enojaba cuando a ella se le ocurría hacer sonar las teclas a la “sans façon”,

sorprendida por los sonidos. Le enseñé a tocar Para Elisa y la pulguita. Me miraba encantada. Aprendió.

No podía creer que mamá hubiera guardado el roperito de mis muñecas, aquél que

había hecho el gallego Lores, un carpintero un poco loco pero con mucha sabiduría.

Acarcié con tanta dulzura como si fueran humanos, aquellos mis libros de tapas

amarillas…

Salí a pasear del brazo con mi vieja. Era puro adioses con personas que yo no

conocía. La ciudad y aquellas personas se habían vuelto para mí una fotografía, como una lejana película.

El mayor de mis sobrinos, también llamado Martín, un día me llevó al campo.

Charla va charla viene, le conté que había vivido en Brasil. Casi no le creo cuando me dijo que su abuela, es decir, mi vieja, en todos aquellos años ¡no le había contado nada!

Entonces, me vino a la imaginación el “viú María” de mi vieja, como si estuviera haciéndole una broma a las amantes del rey portugués Don Pedro II.

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