PERMISO por Mariela Salaberry

Durante los años en que vivimos en Brasil, para permanecer con cierta legalidad, era necesario renovar la entrada y salida al país varias veces. En mi caso, fue yendo desde Sao Paulo hasta Paraguay, país fronterizo.

El último viaje lo hice sola. Sofía quedó en casa con su padre. Al llegar a la aduana brasileña presenté los documentos de las dos diciendo: “A minha filha está doente, no onibus”. Pensaba que si no me creían, volvería para atrás. Pero el aduanero me creyó, ¡sin desconfiar! Y estampó los sellos salvadores.

Al atravesar el Puente de la Amistad, sobre el ancho río Iguazú, en lugar del furibundo caudal de agua que otras veces lo surcaba, se veía un enorme crater de agua seca: profundos pozos y quebradas, sin ningún ser viviente en el entorno. Ni pasto, ni árboles, ni siquiera algún pájaro distraído. Ni un castor, ni tatú, ni mulita, nada.

Parecía que el puente se fuera a quebrar; que íbamos a despeñarnos en aquél tétrico vacío. Entre los pasajeros se instaló el silencio, como si nos entrara por la mirada. La velocidad del ómnibus se enlenteció.

Pero no. Llegamos a la ciudad paraguaya.

El tiempo que tardé en regresar a la Rodoviaria de Sao Paulo y a casa, fue como en vuelo de picaflor. Contenta sí, pero ese viaje no lo hice más. Ni sola, ni con Sofía, ni con nadie. En el interín, había bajado en picada, el Cóndor a Porto Alegre.

Consulté con un abogado, hasta hoy amigo entrañable, acerca de la situación en la que estaba. Me recomendó ver a un despachante de Aduanas, conocido suyo.

Se llamaba Pereira. Su escritorio quedaba en el segundo piso de uno de esos edificios oscuros, cercanos al gigantesco Correo Central de Sao Paulo. La sala de espera tenía un aspecto desmadejado, poco cuidada, polvorienta. Por suerte, me atendió casi en seguida.

 Mayor que yo, delgado y canoso, se lo veía muy cómodo detrás de un escritorio lleno de papeles desparramados. No tenía esa posición erguida que tienen los escribanos. Más bien estaba sentado algo inclinado, como si estuviera en la playa esperando a que saliera el sol.

Escuchó muy atento lo que necesitaba decirle: que estaba viviendo sin papeles en Brasil desde hacía unos meses y que necesitaba obtener algún tipo de documentación. Me dijo que alguna solución habría y me dio cita para otro día. Salí de allí más tranquila. Había podido hacerme entender bien en portugués.

Fui varias veces a ver a Pereira. Parecía que el tiempo le sobraba para la charla, siempre tranquilizadora. Le di mi nombre pero ninguna dirección. Nunca me la pidió. Charla va, charla viene, aquellos encuentros empezaron a ser cada vez más tranquilizadores. Un día, hablando de su juventud, me dijo que había sido comunista.

¡Para qué! A partir de ahí, pude hablar por primera vez sin fingir. Empezamos a intercambiar anécdotas del uno y el otro, siempre sin apuro. Él se despachaba, gustoso, con historias de su juventud y con largas disquisiciones sobre las características de personas de varias nacionalidades que había conocido en su profesión. Parecía tener un fichero en la cabeza.

Un día me contó las modalidades que utilizaba para hacer documentos de residencia falsos. Una, la más barata (mil dólares), consistía en poner foto y firma del interesado sobre el fondo, verdadero, del documento de identidad. También, verdadera, la firma del delegado de policía a cargo. El trámite era veloz. La desventaja: era fácilmente detectable. La otra, más cara (cinco mil dólares), era absolutamente segura. Se ubicaba una partida de nacimiento de alguien que hubiera muerto en una zona lejana y a partir de ahí, se reconstruía toda una vida y una identidad falsa. Esa era inexpugnable.

Para mí, lo increíble de ambos procedimientos era saber cómo conseguía la firma de la policía y los fondos “verdaderos” de los documentos. Se lo pregunté. Me respondió con una sonora carcajada.

–Después que alguno de los delegados policiales termina el turno, viene acá de noche con los papeles y firma-, me explicó Pereira.

–¿Acá? ¿En este mismo escritorio?

–Sí, señora, acá mismo-, dijo él, con una sonrisa casi elegante.

Quedé como pasmada. Y hasta admirada. Era tal el sentimiento de liberación que viví en aquellas charlas,  que tomé estas “confesiones” como una muestra de confianza.

No pensé que era muy posible que Pereira estuviera intentando ver si yo picaba el anzuelo en alguna de las dos fórmulas. Pero como no disponía de mil ni de cinco mil dólares, ni se me ocurrió.

Hasta que un día el gobierno brasileño convocó a los extranjeros a legalizarse. Había muchos latinoamericanos que trabajaban en negro durante años y temían que eso fuera una trampa para perjudicarlos o expulsarlos del país. Varios de los compañeros y compañeras de ruta, con quienes milité en aquél gigantesco país, llegados desde lejanas tierras o incluso desde Uruguay, usaban pasaportes españoles.

No era mi caso. Pereira aconsejó que me presentara en Río de Janeiro, para no dejar ningún indicio de presencia en Sao Paulo. Hasta allá viajamos toda una noche en ómnibus, con un japonés, vestido como para una fiesta. Era empleado de Pereira. El japonés casi no hablaba. Prefería gesticular.

No dormí en todo el viaje. El japonés, ni bien se apoltronó, durmió a pata suelta como un bendito. Por suerte no roncaba. Llegamos muy temprano a la oficina de Inmigraciones. Pidieron muestras de orina y materias fecales. El japonés, siempre inmutable, entregaba el líquido amarillo por una ventanilla. El asunto es que yo no podía defecar. Mientras él me esperaba, fui varias veces a un bolichito, cruzando la calle. Tomaba jugos y más jugos de naranja: el intestino no respondía.

Pasé un buen rato de idas y vueltas, cada vez más ansiosa. Solo atinaba a gesticular un “no”, cada vez que salía del baño. Hasta que en una de las tantas, con disimulo oriental, el japonés  entró a las oficinas por una puerta lateral. Qué hizo, no lo sé. No tardó en salir. Impasible, se sentó a mi lado otra vez, serio, sin explicarme nada. Respetuosa de su silencio, tampoco pregunté.

Cuando ya imaginaba un rechazo, me llamaron por nombre y apellido. Me tomaron fotos y huellas digitales. Vuelta a esperar. Luego de un rato que pareció eterno, sentí resonar otra vez mi nombre. En la ventanilla me entregaron el documento. “¡Vaya a plastificarlo ahí enfrente!”, dijo el funcionario policial. “Está pronto”.

Era un papelito finito, amarillo. Nada que se pareciese a los documentos que usaban otros extranjeros, como la “modelo 19”, que era perfecta.  Es la estrella de David, pensé. ¡Que yo misma lo plastifique!, pensé. ¡Esto es joda!

Lo hice. Y ahí terminó la historia. Ya el japonés tenía preparado el regreso. Me guió por aquella extraña ciudad hasta el ómnibus. Otra vez, viajamos juntos. Él, mudo. Yo, despierta.

Pereira no me cobró ni un vintén partido por la mitad. Para mí, aquel hombre se volvió casi un ídolo.

Ya desde lejos, le escribí una carta agradecida, dando noticias y recordando nuestros encuentros.

Pasaron los años. Un día lo llevaron preso. Supe que entre las búsquedas que realizó la Policía, acusándolo de sus muchas ilegalidades, encontraron la tal carta. Supusieron que se trataba de un amor que podría darles más pistas de acusación. Lo interrogaron para saber de quien se trataba. No dijo nada. Posiblemente ni se acordaba de aquella mujer. Tampoco cayó en la redada el japonés.

Al tiempo, como no podía ser de otra manera, salió en libertad.

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