EMANCIPACIÓN EN TIEMPOS DE FUNDAMENTALISMO por Antonio Coelho Pereira

Vivimos una dura ofensiva cultural contra los avances en derechos de las mujeres, la población LBGTI, las diferentes etnias, los inmigrantes, los jóvenes y los pobres. El discurso clasista, racista, xenófobo, patriarcal, represivo, se presenta hoy con nueva virulencia, con mayor agresividad. Al mismo tiempo se justifican las desigualdades, las opresiones, las violencias contra los más vulnerados. Iglesias de distintas vertientes se están prestando a servir de cobertura religiosa a estas campañas antidemocráticas, destinadas a destruir derechos. Y en ocasiones su rol no es de mera complicidad sino de primera línea en los ataques oscurantistas y antiderechos.

Es cierto que hay muchas personas creyentes que no compartimos esos antivalores. Es verdad que en algunas iglesias institucionales hay contradicciones. El propio papa Francisco ha hecho intentos fuertes de salir de esa avalancha ideológica ultraderechista.

A lo largo de la historia, hay ejemplos de religiosos y religiosas, de creyentes que dedicaron su vida a luchar por los derechos de las y los vulnerados. Así como, por otro lado, hubo complicidad y contubernio institucional de distintas iglesias con los peores regímenes del terrorismo de Estado.

Los valores de solidaridad, justicia, convivencia, igualdad, libertad, no surgen de ninguna fatalidad histórica. Son construcciones sociales y culturales, resultados de muchas luchas, de testimonios, convicciones y praxis emancipadoras.

Hay una tendencia, ante el triste papel de muchas iglesias, a desmarcarse y recordar sus años “combativos”, que en realidad fueron muy pocos en toda la historia y en casos muy particulares, nunca de toda la institución. Hay un dejo gardeliano –“la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”– en algunas actividades que se vienen reiterando desde hace muchos años con “las mismas caras siempre” a decir de León Felipe.

Es cierto que en los años 60 se intentaron cambios, que muchos y muchas dieron sus vidas, pero fue a pesar de sus instituciones, y siempre fueron segregados. Es el pueblo quien los recupera, no la institución.

Es el caso de Camilo Torres; fue una postura estratégica buscar un Che Guevara cristiano, porque con el clericalismo otra figura hubiera sido imposible. Los relatos de esa época hablan de la relación que tenía con García Márquez en la universidad y toda la mística militante estudiantil de esa época. Cuando asesinaron al líder liberal Jorge Gaitan, decidió entrar al seminario. La relación con el escritor permaneció y hasta bautizó a su primer hijo. Hay una frase de la directora de cine Rocío García Barcha: “Lo más interesante del mito Camilo es que América Latina no cree en héroes, cree en muertos”. Por eso sacar a Camilo del movimiento popular colombiano y ponerlo como mártir inalcanzable es volverlo a matar.

Son momentos en que América Latina se empieza a reconocer en las calles, en los centros de estudio, en las fábricas y también en “algunas parroquias” combatiendo contra el capitalismo reaccionario y neoliberal.

Hay una tendencia, ante el triste papel de muchas iglesias, a desmarcarse y recordar sus años “combativos”, que en realidad fueron muy pocos en toda la historia y en casos muy particulares, nunca de toda la institución

Hoy muchas iglesias vuelven con más fuerza a su papel disciplinador, alejadas totalmente del pueblo en sus vivencias y también del seguimiento de Jesús. Es, entonces, con toda razón, como dice la doctora en bioética colombiana Ana Cristina González, que “la iglesia debería ser la última en opinar sobre el cuerpo de las mujeres”. Hace referencia a la iglesia católica de Colombia cuando dice: “El tema del aborto pasa por muchos asuntos relacionados con la salud, los derechos humanos, con la moral en el sentido positivo de que todas las personas tenemos conciencia y las decisiones sobre nuestros propios cuerpos”.

En Uruguay no hay una denominación cristiana inmune ante el oscurantismo presente. Hay voces que son una apertura al trabajo de base y a la autocrítica. El aporte de la pastora metodista brasileña Nancy Cardozo en las Jornadas de Debate Feminista fue muy contundente al preguntarse porqué las mujeres pobres están capturadas por el “fundamentalismo religioso”. Cardozo denuncia el patriarcado en las iglesias cristianas, pero explica que el pánico moral alentado por estos nuevos pastores, la promoción del “familismo”, y lo que bien describió como “extractivismo erótico” terminan conquistando la vida gris, triste, desesperada de ellas. Propone caminar con ellas y darles otro sentido. En la calle, en sus barrios, no en el templo.

Un gran problema que atraviesan las iglesias cristianas es su eurocentrismo, en su dependencia económica y también académica. Recordamos al gran teólogo uruguayo Jerónimo Bormida, que no se cansaba de repetir (él hablaba de los curas): “No les importa la teología, quieren el poder que les da el ministerio”.

No depender económicamente de una Europa cada vez más xenofóbica con fuertes movimientos neofascistas es para muchas iglesias el desafío de la supervivencia ante el envejecimiento y falta de crecimiento de sus comunidades. Eso tiene un costo no sólo económico sino ideológico, porque una cosa es mirar la historia desde el sur y otra desde el norte.

El 4 de agosto pretenderá ser el primer paso de un plebiscito discriminador y regresivo. La suma de conservadores de derecha y pentecostalismo despliega una campaña de pánico moral, de falsas noticias y de ideología fascista. No tiene ningún objetivo liberador, sino que ataca los derechos. Esta ofensiva se da de la mano con un proyecto de reforma de la Constitución que, en nombre de “vivir sin miedo”, promueve la militarización, el miedo y medidas que recortan derechos. Son medidas ineficientes para lo que dicen pretender y que incrementan la violencia, como bien han expresado los y las jóvenes de una conjunción de organizaciones nucleadas en la Articulación Nacional “No a la reforma, el miedo no es la forma”.

Quizás el compromiso de cristianas y no cristianos sea, ahora, volver a los barrios y comunidades, compartir, dialogar, caminar junto a esas mujeres, a hombres, jóvenes, niños y niñas. Sin negar lo que nos abate en materia de convivencia, sin juzgar, compartiendo sus problemas y tribulaciones. Conversando para lograr una mejor convivencia, la búsqueda de la felicidad sigue siendo un derecho humano inalienable. También alentando las esperanzas de libertad y emancipación que siguen estando en el corazón de ellos y nosotros.

Publicado en La Diaria el 27 de julio de 2019 

“EL LOCO” DUARTE por Ignacio Martínez

“¡Qué vida de locos, ésta”- dijo LEON DUARTE una vez, en la clandestinidad, buscado por todo el país. Y agregó “pero que linda vida, ¿no?”.

En la década del 50 eran pocos los que soñaban en formar un sindicato en FUNSA, el feudo de Pedro Saénz, donde el despotismo, la prepotencia y la humillación del obrero eran pan de cada día. Uno de aquellos soñadores era Duarte, “el loco”, como le decíamos desde nuestro inmenso cariño.

Primero fue luchar contra el patrón de revólver a la cintura, que se paseaba a caballo por la fábrica, como capanga. Después fue la lucha contra los amarillos y alcahuetes. Finalmente se trató de poner en la raya al directorio de los hampones, parándole el carro a Fernández Lladó, Einoder y Cambón.

Larga fue aquella lucha. Pero en los años 60 ya el sindicato había logrado unir en torno suyo a todos los trabajadores, incluyendo a los supervisores; había logrado importantes conquistas de viejas reivindicaciones y era ya un punto de referencia de dignidad y de lucha para los gremios de Maroñas, de Montevideo y de todo el país. Duarte fue principal animador de esa paciente, obstinada, difícil y victoriosa construcción.

En 1964-66 nace la CNT que también tiene a León Duarte como uno de sus principales constructores, sobre los principios de unidad, de lucha y defensa de la clase obrera, como orientadora de los humildes en todo el país.

Por eso hablar del movimiento sindical en Uruguay es también hablar de “el loco” que, sin embargo, nacido de las clases humildes, dedicado al sindicato, dedicado a la unidad nacional en una sola central, comprendió también la necesidad de construir las herramientas políticas.

El 13 de julio de 1976 es secuestrado y desaparece en Buenos Aires en plena resistencia contra la dictadura.

Antes de su última caída, Duarte conoce la prisión. Varias veces fue detenido y otras tantas salvajemente torturado. Tal vez el mejor testimonio de la dignidad de “el loco” sea la histeria de sus propios captores ante la conducta entera de este hombre integro. Es que para Duarte nada era imposible. Desde su llanura, desde su condición humilde, con modos y costumbres de hombre rural, gustoso de las canciones de

Favio o el Tango Malena, dispuesto a sanar contracturas o empachos, casi como un sabio curandero consultado seriamente por todos, Duarte creció y mucho, como crece la gente sencilla que toma conciencia y, como él, es capaz de tomar el cielo por asalto. Cuando los historiadores del futuro estudien estas décadas podrán hacer la triste historia de las hipocresías y de los absurdos y de las mediocridades, pero por suerte, para suerte de nuestro propio tiempo, también harán la historia de la dignidad, de la grandeza cotidiana, de la solidaridad y de los más caros valores humanos que se siguen procreando como las hormigas o como las abejas. Y podrán saber, porque nosotros somos memoria para que todo se sepa, que hubo hombres como Duarte. Entonces a la historia universal del deterioro se le podrá oponer la historia universal de la entereza. A la historia nacional, acartonada y fría, se le podrá oponer la cálida historia de la vida de un pueblo que tiene entre sus hombres a Duarte, que supo ser docente de hombres libres.

Varios son los testimonios que dan cuenta de las condiciones de su detención. Todos coinciden que para “el loco” su propia vida no importaba demasiado, por eso él le decía a Gavazzo que dejara ir a los demás prisioneros y se quedara con él ¡Demasiado botín eran los compañeros como para dejar libre a ninguno! Entonces después de una brutal tortura, cuando era devuelto al salón de los presos, Duarte le dijo a los demás secuestrados: “a resistir, compañeros, que aquí nos graduamos de revolucionarios”. “El loco” tenía 48 años cuando fue secuestrado. 

*(Extracto de mi libro “Avisa a todos los compañero, pronto”, 1991)

Homenaje publicado en VOCES el 19 . 7 . 2019

LA EXALTACIÓN DE LA TORTURA ES LA MANERA MÁS CRUEL DE NEGAR A CRISTO por Marco Aurelio dos Santos

Traducción Antonio Coelho Pereira.

La tortura tiene el poder maléfico de destruir vidas, sueños, dignidades y esperanzas. La práctica de la tortura es un acto de maldad reservado para personas deshumanizadas, amantes de la barbarie, personas que destilan odio. La tortura pertenece a los que no aman la vida, pertenece a los que a través de la historia fueron los enemigos de Cristo.

Tanto física como psicológicamente la tortura dejó en Brasil sus marcas en cuerpos y mentes de mucha gente que luchó y continúa luchando por la frágil democracia brasilera. La historia nos cuenta de muchos militantes  valientes que no resistieron los horrores de ese período sombrío y murieron. Otros están vivos para contar sus historias.  Veamos un pequeño testimonio de Amelinha Teles víctima de tortura por el Coronel  Ustra do Doi-Codi , durante el período militar instaurado en 1964.

“Yo fui “abatida” por el (Coronel Ustra) en el patio Doi Codi. El me dió golpes en las costillas jugando conmigo en el suelo y gritándome terrorista. El gritó de una forma, para llamar a todos los  demás agentes, también torturadores, que me agarraron y me llevaron para una sala de tortura. El llevó a mis hijos para una sala, donde me encontraba en la silla del dragón (instrumento utilizado en la dictadura militar, parecido a una silla donde la persona era sentada y tenía las muñecas amarradas y sufría choques con cables eléctricos atados en diversas partes del cuerpo), vomitaba me orinaba y el lleva mis hijos para dentro de la sala? ¿Qué es esto? Para mi fue la peor tortura que pasé, mis hijos tenían  4 y 5 años. Fue la peor tortura que pasé.”

“Sea cual fuera el discurso que exalta a los torturadores, los clasifica como enemigos declarados de Jesús Cristo”. Eso porque Jesús fue víctima de las peores torturas de la época: la flagelación romana. De esa forma azotaban a los enemigos con total violencia. Otra forma de tortura enfrentada por Jesús fue la crucifixión, procedimiento que clavaba a las personas  a un madero, lo que caracterizaba una muerte lenta y dolorosa.

Elogiar torturadores es torturar a Cristo nuevamente. Es una declaración desastrosa y deshumana  que caracteriza a esos individuos como asesinos enemigos de Jesús, colaboradores de su prisión, tortura y muerte”

“Los que hoy declaran abiertamente apoyo al candidato fascista , que tiene como ídolo al Coronel Brilhante Ustra, niegan a Cristo: Deciden elegir el lado equivocado de la historia. Siguen el camino más sombrío de  nuestros días , caminan con las manos entregadas al opresor.

En vez de amor, odio; en vez de paz, violencia; en vez de justicia, opresión; en vez de humanización, barbarie entre el pueblo. El discurso fascista del candidato opresor encontró terreno fértil y seguimiento de religiosos del campo fundamentalista y neoconservador , campo que apoya a diseminar el odio y la intolerancia y el retorno a la tortura. Como buitres hambrientos que rodean cuerpos, no están preocupados por la matanza de indios, negros, campesinos, niños, mujeres, LGTB. Quieren colaborar con el exterminio de los pobres y mantener el poder y la gloria para sí.

Delante de esta coyuntura política/religiosa que vivimos hoy el fascismo está escondido en la peor podredumbre fétida de nuestra sociedad por décadas, ahora se revela de manera brutal, marcada por horrores de violencia y miedo.  El discurso de odio del neofascismo más el apoyo de las élites brasileras y gran parte de los líderes religiosos, demuestran la fase oscura de aquellos que siempre odiaron a los pobres.

Contra todo sigue la fe, la esperanza y el amor. Continua viva la profecía porque sigue viva la utopía. Así nos mostro Jesús que venció la tortura y la muerte. En tiempos de oscuridad es necesario unir fuerzas en la lucha por la vida, por la democracia, por la paz, por la justicia. Vale la pena la esperanza.

Fuente CEBI

PARADOJAS EN LA REIVINDICACIÓN DE LA MEMORIA por Nicolás Grab

La lucha por rescatar las verdades trágicas sobre la dictadura exige que se sepa recoger sus frutos. Que se los valore y se los utilice.

El 8 de abril pasado el Comandante en Jefe del Ejército, Gral. Feola, dijo esto refiriéndose a los crímenes de la dictadura: “No voy a repudiar hechos del pasado porque no sé si están confirmados o no”. Esa misma tarde lo rectificó en un comunicado oficial por orden del Ministro de Defensa José Bayardi.

Según trascendió[2], el diálogo que mantuvieron incluyó esta pregunta del ministro: “Que acá ha habido detenidos desaparecidos es algo que el Ejército ya ha planteado y aceptado desde el año 2005. ¿Qué piensa usted al respecto?” A lo que Feola habría contestado: “Sí, por supuesto yo no estoy en contra de lo que el Ejército ha aceptado“.

Este artículo no se dedicará al episodio, que tuvo su natural resonancia, sino a algo que se mencionó en él. Algo que viene al caso y cuya trascendencia es muy particular.

El ministro Bayardi hizo referencia a lo que el Ejército “ya ha planteado y aceptado desde el año 2005”. Y el Comandante respondió admitiendo “lo que el Ejército ha aceptado”.

¿A qué se referían ambos? ¿Qué cosas “aceptó” el Ejército según reconoce el Comandante? ¿Qué ocurrió en ese año 2005?

Habrá lectores que lo sepan. Y habrá otros que no lo sepan o no lo recuerden. Muchos otros.

* * *

En 2005, su primer año de gobierno, el presidente Tabaré Vázquez ordenó que los Comandantes en Jefe recabaran información sobre los desaparecidos. Recibió entonces un informe del Comando General del Ejército, dos de la Armada y dos de la Fuerza Aérea.[3]

Esos informes confirmaron positiva y oficialmente todo lo que durante casi treinta años se había negado y se imputaba a conjuras calumniosas, y que todavía hoy se pretende volver a cuestionar o poner en duda.

Los informes confirmaron que 23 desaparecidos cuya detención siempre se había negado no sólo estuvieron presos, sino que murieron en la tortura.[4]  El informe del Ejército presentó una enumeración de casos de muerte de detenidos, con esta explicación: “Los casos marcados con un asterisco, de acuerdo con la información recabada, permitirían suponer que se desarrollaron dentro del marco de operaciones de inteligencia“, o sea en interrogatorios. Son 21 los casos señalados con ese asterisco. Y si alguien tiene dudas sobre lo que significa una muerte “dentro del marco de operaciones de inteligencia“, lo dejan muy aclarado algunas explicaciones individuales: por ejemplo, el informe sobre Oscar Baliñas precisa que “su deceso … se produjo por rotura de bazo”.

El informe del Ejército confirmó expresamente que era práctica habitual atribuir a “intentos de fuga” la muerte de presos. Lo explica así: “Cuando un detenido fallecía antes, durante o después de los interrogatorios, no se daba intervención a la justicia y en algunos casos se le comunicaba que se había producido una fuga, lo que determinaba un comunicado solicitando su detención, habiendo el ciudadano fallecido con anterioridad.” Entre los casos individuales se precisan detalles. En el de Julio Correa: “Posteriormente a su fallecimiento se realizó un allanamiento en su domicilio y se solicitó su captura como medida de encubrimiento.” Sobre Luis Eduardo González: “Se pretendió encubrir su muerte con un comunicado de prensa en la que se ponía en conocimiento de su fuga.”

Y el colmo insuperable son dos asesinatos cuyo grado de infamia no encuentra adjetivos. El informe del Ejército confirmó que dos mujeres (Elena Quinteros y María Claudia García, que tenía 19 años) murieron en asesinatos premeditados, por decisiones acordadas, ordenadas, organizadas y ejecutadas en el Ejército. Dice así su informe respecto de María Claudia (una muchacha argentina que nunca había estado en Uruguay):

Fue trasladada a Montevideo desde Buenos Aires presuntamente por personal del Servicio de Información de Defensa, en el mes de octubre de 1976. Estuvo detenida en la sede del SID ubicado en la Avenida Bulevar Artigas esquina Palmar, separada de los demás detenidos, en avanzado estado de gravidez. Después de dar a luz en el Hospital Militar fue trasladada nuevamente al mismo lugar de detención. En diciembre de 1976 se la separó de su hija y fue trasladada a los predios del Batallón I de Paracaidistas N° 14 donde se le dio muerte.

Respecto de Elena Quinteros dice así:

Fue detenida por el Órgano Coordinador de Operaciones Antisubversivas en su domicilio de la calle Ramón Massini No. 3044, el 26 de junio de 1976 y se le condujo a las instalaciones del Servicio de Material y Armamento (‘300 Carlos’). Se le dio muerte en el mes de noviembre del mismo año y sus restos fueron enterrados en el predio del Batallón I Parac. No 14, posteriormente exhumados y cremados, sus cenizas y restos esparcidos en la zona.

Como se ve, en los dos casos se usaron los mismos términos para explicar de qué murió la víctima. Murió porque “se le dio muerte“.

Cuatro palabras lanzadas con la indiferencia de quien menciona de pasada un dato banal. “Se le dio muerte en el mes de noviembre del mismo año…”. ¿Se puede concebir algo más estremecedor que esta declaración impávida? Piénsese en todo lo que sobreentienden esas trece letras. Hubo quienes discutieron y acordaron que se asesinara. Hubo quien decidió cuándo, dónde y cómo se asesinaría. Hubo quienes transmitieron la orden de asesinar. Y hubo quien asesinó. (Y hubo, ¡y sigue habiendo!, quienes ocultan y encubren.)

Cuando ha llegado a plantearse una discusión inverosímil sobre si los crímenes cometidos afectan o no afectan el honor institucional del Ejército, es oportuno recordar a la madre de 19 años a la que esa institución resolvió matar y mató. Se le dio muerte. Sería lunático responsabilizar del crimen sólo al que personalmente le tronchó la vida. Ese ser miserable actuaba en el seno de una institución. En el Ejército, con sus jerarquías y sus cadenas de mando, era inconcebible un hecho así que no estuviera explícitamente ordenado o autorizado; y bien lo confirma la actitud unánime de encubrimiento y negación que se implantó y se mantuvo por décadas. Es imposible ver estos crímenes como otra cosa que actos institucionales, sin lo cual no serían imaginables ni su concepción, ni su ejecución, ni esta concertación en la negación y la mentira.

(La actitud del Ejército de asumir institucional y orgánicamente sus actos criminales del tiempo de la dictadura, sin crítica ni objeción moral, tuvo una confirmación más en este mismísimo informe de 2005. El Comandante en Jefe que lo presentó (el Gral. Ángel Bertolotti), en la nota al Presidente que acompañó el informe, dijo esto de sus antecesores del tiempo de los crímenes: “Sabemos también que los camaradas que nos han precedido en esta responsabilidad cumplieron cabalmente con su deber en el tiempo histórico y político en el que les correspondió actuar”.)

* * *

Los informes de las Fuerzas Armadas de 2005 también contienen falsedades. Son muchas, y bastará citar un par de ejemplos. El informe del Ejército dice que los restos de Fernando Miranda y de Julio Castro fueron enterrados pero más tarde fueron exhumados y cremados y “sus cenizas y restos esparcidos en la zona“. Mentira, puesto que los restos de ambos fueron encontrados después, enterrados en predios militares. (Y Julio Castro, que según el informe simplemente “falleció”, presentaba un orificio de bala en la frente.[5]) O esto: el Ejército dijo que Elena Quinteros fue detenida “en su domicilio de la calle Ramón Massini No. 3044”, cuando en realidad la sacaron del predio de la embajada de Venezuela en un episodio tan escandaloso que generó un incidente internacional por el que Venezuela rompió relaciones diplomáticas con la dictadura uruguaya.

Frente a todo esto la izquierda y las organizaciones de derechos humanos tendieron en general a adoptar una actitud que no fue acertada. Predominó siempre el criterio de poner en primer plano las falsedades de los informes y descalificarlos como una sarta de mentiras que añadió una fechoría más al encubrimiento de las atrocidades.

Es absurdo limitarse a denostar los informes por sus datos falsos en vez de proclamar a los cuatro vientos los horrores de esa confesión.

Los informes de 2005 fueron un logro enorme en la conquista de la verdad. Fueron un hito histórico; tardío y criticable, pero fundamental. Son la reivindicación de las denuncias vilipendiadas durante décadas en que los gobiernos prohijaron la conjura de encubrimiento de las instituciones militares.

Y son una lápida que debe sellar las pretensiones de cuestionar todavía la realidad de los crímenes. La patraña de poner en duda las atrocidades de la dictadura, aunque ha perdido el patrocinio oficial que tuvo hasta 2003[6], no ha dejado nunca de esgrimirse, sobre todo en medios militares.[7] ¿Qué refutación podría ser más eficaz que esta confesión ilevantable?

* * *

La reivindicación de la verdad y la afirmación de la memoria son partes de una lucha que no atañe sólo al pasado, sino también al futuro.

Pero hay algo que es indispensable para el éxito de esa lucha: que sus frutos se recojan. Que se los valore y se los utilice. Que los logros se consignen y las verdades reconquistadas se hagan valer como pruebas de la justicia del empeño. Es un despropósito que todo eso se desprecie y se deje caer en el olvido.

¿Qué se hizo para difundir las confesiones de los informes de 2005? ¿Qué organizaciones las publicaron y se dedicaron a divulgarlas? ¿Se buscó incorporar esas verdades en la conciencia general de la población?

¿Quién habla de los informes de 2005? ¿Se los evoca alguna vez?

Hay un indicio que lo dice todo. Los informes no existen en Internet salvo en un único lugar, que es el citado en la nota 3: en el trabajo monumental coordinado por Álvaro Rico sobre los detenidos desaparecidos. Hay que ir a buscar los informes allí: en el cuarto de sus cinco tomos, en la sección 3. Fuera de ahí no se los encuentra. (VADENUEVO presenta ahora los cinco informes en su sección DOCUMENTOS.)

* * *

Hay cosas que nos falta mejorar.

Publicado en Vadenuevo.com.uy – mayo 2019

(Este artículo contiene pasajes de textos anteriores publicados por el autor.)[1]

[1] Especialmente en el artículo Recordemos, publicado en vadenuevo Nº 34 (julio de 2011).

[2] Por ejemplo, en El País (9 de abril).

[3] Los cinco informes pueden verse transcritos en la sección DOCUMENTOS. Fueron publicados completos en Investigación Histórica sobre Detenidos Desaparecidos en cumplimiento del art. 4º de la Ley Nº 15.848 (Alvaro Rico (coordinador), 2007), tomo 4, Sección 3, págs. 75 a 105. El informe del Ejército es el primero (págs. 75 a 82).

[4] Los 21 casos que se comentan en este párrafo del texto (declarados por el Ejército) y otros dos declarados en el informe de la Fuerza Aérea.

[5] Por ejemplo: Subrayado (1º de diciembre de 2011): “Cráneo de Julio Castro ‘estallado por un impacto de alto calibre’“.

[6] En 2003 el gobierno del presidente Jorge Batlle estableció la “Comisión para la Paz”, y en definitiva dictó un decreto en el que se declaró que las conclusiones del Informe Final de esa Comisión “constituyen la versión oficial sobre la situación de los detenidos-desaparecidos durante el régimen de facto”. Ese Informe Final concluía respecto de 26 personas que “fueron sometidas a apremios físicos y torturas en centros clandestinos de detención y fallecieron, en definitiva, sea como consecuencia de los castigos recibidos –en la enorme mayoría de los casos- o como consecuencia directa de actos y acciones tendientes a provocar su muerte en algún caso excepcional”. 

A diferencia de esto, los informes de 2005 fueron declaraciones propias de las Fuerzas Armadas, presentadas por sus tres Comandantes en Jefe.

[7] Comenté declaraciones de un presidente del Centro Militar en noviembre de 2016 en el artículo Un mini-Goebbels que la tuvo fácil.

LA MEMORIA NO ES SÓLO RECUERDO por Ignacio Martínez 

La memoria de nuestro pasado reciente debe transcender el recuerdo simbólico y evocativo de lo sucedido. Es válido, sí, pero no alcanza con denunciar el terrorismo de Estado y los crímenes de Lesa Humanidad cometidos por la barbarie.

Se impone incorporar el estudio de las razones de lo sucedido. Es necesario que nos pongamos de acuerdo en los motivos que hicieron posible esas atrocidades. Tenemos que analizar y ponernos de acuerdo en las razones sociales, políticas, ideológicas, regionales e internacionales que pregonaron esa movida político-militar en el continente y en nuestro país.

Un aspecto muy importante es asumir el análisis autocrítico, esa práctica poco usual en nuestros tiempos, para ver la cuota que nos toca de todo aquello.

La memoria también es aprender de lo ocurrido. Deberíamos plantearnos de manera permanente instancias o foros en esa dirección. Incluso autocrítica de nuestra práctica cotidiana hoy, donde las condiciones son diferentes y tenemos más fuerza y estamos en resortes de decisiones claves para la transformación del país que anhelamos.

Propongo algunos temas:

1-¿Es hoy el mañana que soñamos ayer?

2-Todos los esfuerzos realizados, las vidas ofrendadas para que se terminara la miseria, para que no existiera más violencia de ningún tipo, para que pudiéramos vivir en paz, con las necesidades humanas resueltas ¿se están verificando en este momento?

3-¿Estamos haciendo lo correcto para asegurar esas conquistas y lograr las que faltan?

Este momento se vuelve crucial. Estamos rodeados de avanzadas oscurantistas, hipócritas, decididas a destruir las conquistas sociales y jurídicas alcanzadas. Los voceros de esas cruzadas medioevales son los mismos de antaño o sus descendientes.

Se vuelve imprescindible hoy más que nunca coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

La campaña electoral va a estar centrada en una ofensiva plagada de moralina, mentiras y tergiversaciones con la marca Alonso, Lacalle, Bordaberry, Larrañaga, Sanguinetti y Novick entre otros. Para ellos también debemos tener memoria y decir con todas las letras quienes son, qué han hecho, qué piensan hacer con las conquistas sociales que conseguimos hasta ahora y que ya han adelantado destruir.

Nosotros deberemos responder con el Programa sin dejar de mostrar la autocrítica sincera en todos los órdenes. Y si de algo debemos estar bien firmes y seguros es de no parecernos nunca, en lo más mínimo, a ellos con rencillas partidarias y avaricias de cargos y candidaturas.

Publicado en el semanario uruguayo VOCES el jueves 16 . 8 . 2018

ESPIONAJE EN DEMOCRACIA por Ignacio Martínez

Los servicios de inteligencia de cualquier organismo policial o militar son parte esencial de su propia labor. Las tareas especiales y reservadas para obtener información de los estamentos que se vigilan, son tan importantes en las tareas policíacas, que a nadie escapa que gran parte del éxito de las mismas depende, precisamente, de la obtención de esa información.

Así entendida la represión a las actividades delictivas o la prevención para que no se realicen, solo serán posibles si, en efecto, los servicios de inteligencia brindan datos concretos acerca del tráfico de drogas, del contrabando, del abigeato, del lavado de dinero, de la trata de blancas, del tráfico de órganos, de la pornografía infantil o cuanta actividad humana sea considerada ilegal y esté reñida con la justicia y atente contra la esencia misma de la sociedad.

Nadie puede ser tan ingenuo y no reconocer que, entonces, efectivamente, esas labores de inteligencia e información se deben instrumentar desde los organismos del estado específicamente conformados para reprimir los delitos que se cometen o más aún, para evitar que se cometan y desactivarlos antes de que se produzcan.

El asunto aparece como objeto de estudio y alarma social, cuando esas labores de inteligencia se operan desde los mismos organismos públicos que las efectúan, pero esta vez dirigidas a ámbitos, organizaciones, actividades y personas perfectamente admitidas por la legislación vigente, es decir, son legales y en democracia, particularmente en ámbitos de la sociedad civil.

Podemos afirmar que a la salida de la dictadura continuaron operando los servicios de información de las FFAA y de la Policía. Con mayor o menor sujeción a los mandos orgánicos, bien sabemos que se vigilaban sindicatos, gremios estudiantiles, organizaciones de Derechos Humanos, dirigentes políticos y hasta a la misma iglesia, sobre todo en sus sectores más relacionados con las cuestiones sociales. ¿Qué tendrían para decir los ministros del Interior Manini Ríos o Marchesano o Forteza o Buscasso, todos colorados? ¿Qué tendrían para decir Ramírez o Iturra o Gianola, todos herreristas? ¿Qué tendrían para decir los ministros de Defensa Chiarino, Medina, Brito?

Las denuncias realizadas públicamente en la prensa y la conformación en noviembre de 2016 de la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados en relación al conocido “archivo del coronel Castiglioni”, dan prueba de la total impunidad con que se realizaban tareas de espionaje hasta bien entrada la democracia. Es evidente que decenas de agentes ocupaban sus jornadas de trabajo en vigilar, infiltrar e informar a sus superiores de las actividades que realizaban sectores de nuestra sociedad civil.

¿Se puede decir, como afirma Sanguinetti, que lo que está claro es que ni la Presidencia, ni nuestros ministros -todos de acrisolada calidad democrática-, jamás ordenaron ningún episodio ilegal 

Cuesta creer que no hayan ordenado nada porque de algún lado debió salir la orden y los recursos para que se hicieran esos trabajos.

Pero, en todo caso, lo peor es suponer que el Presidente y sus ministros debían estar enterados o ¿acaso se espió delante de sus narices sin que nadie se enterara? Concluyamos que si se espió sin que nadie del gobierno lo supiera, flaco favor le hicieron los ministros y el Presidente a la democracia y a su propia eficiencia en sus cargos, a sus propias fuentes de información de lo que sucedía a su lado. Más bien dieron pruebas de su absoluta incapacidad para sus cargos.

Si, por el contrario, sabían de ese espionaje, ¿cómo no desmantelaron esos organismos ni dieron de baja a quienes realizaron esos episodios de espionaje, violaciones a la ley o intervenciones lesivas para la ley. (sic, Sanguinetti).

Si no sabían, vergüenza. Si sabían y nada hicieron, doble vergüenza. Hoy cabe preguntarnos ¿se terminaron esas actividades de espionaje? ¿Por qué tuvieron que pasar más de 30 años para que el expresidente accediera a decir algo sobre este tema?

Las investigaciones deben continuar. La democracia se fortalecerá si todos estos asuntos toman el mayor estado público y, por supuesto, se somete a la justicia a quien deba rendir cuentas por estos hechos delictivos perpetrados desde las esferas del gobierno desde 1985.

Publicado en el Semanario uruguayo VOCES el 28.6.2018

CON IRMA por Milton Romani Gerner

Irma Hernández de Trías

Revisaba uno por uno, cada papel, nota, carta, recorte, que me había dado María Esther Gatti, para documentar no recuerdo que libro. O quizás era para una película. O para rescatar una mínima sistematización de toda la documentación que teníamos sobre Mariana.

Lo único que sé, es que las cuatro bolsas de nylon que oficiaban como único archivo de aquel papelerío enorme,  eran sin embargo un inventario prolijo y contundente de una búsqueda incansable.

Para ese entonces, ya habíamos ubicado a Mariana, y aquel tesoro documental, estaba allí para ser escrutado en silencio.

Casi todas las cartas eran manuscritas. Cientos de petitorios a las más diversas autoridades militares, civiles, de ambos países. Organismos internacionales, periodistas. Escritas hasta con excesiva delicadeza.

Entre ellas me sorprendió, una, que no estaba firmada por María Esther Gatti. Era un petitorio, un Habeas Corpus a favor de María Emilia Islas, Jorge Zaffaroni y la pequeña Mariana, fechado a los pocos días del secuestro y presentado ante la Justicia en Buenos Aires.

El texto con una caligrafía muy peculiar, característica de una etapa de la escuela uruguaya, igualita  a la de mi mamá, denunciaba el allanamiento y la detención (de la familia Zaffaroni Islas) en la vivienda de la calle Venezuela de la Provincia de Buenos Aires.

Quedé sorprendido. María Esther por teléfono, me confirmó que así había sido.

En el fárrago de sentimientos y acontecimientos que se apretujaron durante tanto tiempo había aquilatado las virtudes de Irma Hernández de Trias, como así firmaba en ese texto. Esa mujer sencilla, de barrio, cuya figura y estampa, aun en todas las protestas callejeras, lucía con la misma sencillez de ir o venir a la feria. Cuando me pidieron hacer una semblanza de ella, lo primero que me acudió a la mente fue este acto de grandeza solidaria. Es necesario recordar que para fines de setiembre de 1976, ella estaba en Buenos Aires.

Que otra cosa sino, la virtud austera de una solidaridad infinita, de un amor inmanente pudo llevar a Irma, a realizar un habeas corpus en ausencia de María Esther, que tardaría tan solo unas horas en llegar.  Irma estaba allí, en Buenos Aires. Había quedado en la casa de su hija Cecilia, al cuidado de su nieto Marcos que era un bebé de pecho. Cecilia y Washington Cram no volvían, y no volvían, y solo cabe suponer la desesperación de esa noble mujer, que ya tenía a su otra hija Ivonne, presa en Uruguay. Fue su otro yerno Carlos Rodríguez Mercader quien llego para anunciar la noticia: habían sido secuestrados en plena calle. Él mismo sería víctima de lo mismo, días después. Irma quedó sola con su nieto Marcos. En esas circunstancias también firmó el habeas corpus por María Esther.

La vi por primera vez, en Buenos Aires, cuando viajaron un grupo de madres y algunos familiares desde Uruguay. Setiembre de 1979. Era la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA para su informe en el lugar (in loco). Una oportunidad única para denunciar las desapariciones y lograr que esas voces fueran escuchadas. En ese entonces, el silencio sobre el terrorismo de estado era total.  Ellas mismas vivían eso con una dosis muy grande de drama personal.

Es posible que la memoria me juegue mal y quizás nos hayamos visto antes. Pero recuerdo que las acompañé a ella, Luz, María Esther, Violeta y Milka que paraban en un mismo hotel. Viejo hotel con luminosidad que venia de grandes banderolas. A pesar del dolor, había entre ellas y nosotros, (Alberto Correa, Rosina Harley y Mónica Parada) un clima de camaradería, de cierto optimismo, que daba el dolor compartido. También de compartir el miedo. Porque en aquellos tiempos había mucho miedo.

La sede de la Asamblea Permanente por los DDHH en la calle Paraná, era el centro de actividad solidaria. El CELS estaba en formación. Allí hicimos una improvisada asamblea para leer el informe que presentaríamos en la audiencia que la CIDH nos daría. Por primera vez había viajado un grupo nutrido de madres y familiares, y en rigor era la primera acción colectiva.

Luego en un boliche de la esquina, se formalizaría la constitución del grupo de Madres y Familiares. Hasta esa fecha se conocían de verse en las filas: para ver a los jerarcas, de los juzgados, la sala de espera del ESMACO, o de Jefatura. así se fueron conociendo, todas. En esa esquina, Irma y otras, darían nacimiento a su grupo.

En las reuniones no era de las que más hablaba. Pero siempre lucía una sonrisa tenue, agradable. Que de alguna manera escondía dolores tremendos y mucho coraje. Sin alharacas, sin aspavientos, tranquila. La vi llorar más de una vez, a través de aquellos lentes gruesos que usaba. Caminaba con cierta dificultad, vestía sencillo a la uruguaya, discreta y austera. Se podría decir que era la misma que hacia los mandados, iba a buscar a su nieto a la escuela, y venía a Buenos Aires a reclamar por su hija, sus dos yernos y en solidaridad con los otros.

Lucía un peinado canoso, ondulado pero que uno podría adivinar que alguna vez estuvo poblado de rulos. De esos que se armaban en forma doméstica, y nuestras madres lo escondían en una de esas cofias espantosas. Usaba lentes de mucho aumento, de color verde. Era una mujer dulce, sencilla. Crió a su nieto Marcos en su vieja casa de Julián Laguna, visitó a su hija Ivonne Trías todos los años en las que estuvo en prisión; y buscó, buscó. Viajaba a Buenos Aires y estuvo en todas las marchas y protestas para reclamar por los suyos y por todos.

El grupo fundado en Buenos Aires, realizó su primera manifestación, su primer reclamo público, en Uruguay, en la Iglesia de los Vascos. No lucieron pañuelos como sus homólogas en Plaza de Mayo. Eligieron, devotas, un escapulario. O sea una cinta con la bandera uruguaya, colgada de sus cuellos, luciendo una gran foto de sus hijos e hijas. Que quedaban ubicados así, en sus pechos.

Silenciosas pero con un coraje inmenso desafiaron a los poderosos. Porque Irma, en su sencillez y hasta en su candidez, supo estar. Puso el cuerpo. No sé si en su fuero íntimo, entre mandados a la feria y su rol de ama de casa, en asumir criar a su nieto, sola, digo si alguna vez se enteró que era una pequeña heroína. Decir heroína es quizás romper una forma de ver la vida y el reclamo en una dimensión que ni ella ni ninguna de ellas, nunca pretendieron. Solo supieron protestar y reclamar para recuperar a sus hijos. Esa dimensión quizás sea la más brutal del terrorismo de estado: la que enfrentó, desde un reflejo cultural de humana cotidianeidad, velar por los hijos, a todo un plan político y militar de control absoluto.

Por eso, Irma es, simple y profundamente, una mujer protagónica de la resistencia, de una de las páginas mas bellas de la recuperación de la fibra humanista. Que en esas cosas sencillas, desmontaba, sin quererlo, el mandato patriarcal de sumisión, el cual  se rompía y se recomponía con una nueva dimensión de mujer. Porque en el reclamo también hubo reflexión política, caminos para tener un perfil u otro. Ellas supieron también, tener definiciones políticas, de alto nivel. Anotemos, que si existe una norma Convención Interamericana Contra la Desaparición Forzada, entre otras cosas fue porque en su incansable búsqueda. supieron ir más allá  y comprometerse con esta época y el futuro.

No hay reparación posible para algunas heridas que quedaran en nuestros cuerpos. Pero quizás, las semblanzas nos recuperen siempre a estas mamás que amaron y protestaron. Que surgieron para decir, ellos están, ellos son, nuestros hijos y nietos queremos saber donde están. En esto, sin quizás, hay una reparación posible. En la memoria. También como ellas lo dijeron, con la verdad de los hechos y la justicia reparadora. Porque seguiremos buscando, seguiremos reclamando justicia. Con Irma. Con el  recuerdo de mujeres como Irma Hernández de Trías, que seguirán siendo nuestras madres compañeras.

Publicado en la Revista No te Olvides No 18 Setiembre 2014

DOÑA IRENE por Mariela Salaberry

Para mi hija

Una de las mujeres más encantadoras y cálidas que conocí en mi vida fue Doña Irene, tu bisabuela.

Era chiquititita, de pelo corto y blanco. Usaba unos lentecitos redondos casi sin montura y, aunque no se pueda creer, con setenta años, andaba de championes. Siempre tuvimos, en la casa de la calle Botucatú, mientras vivimos en Sao Paulo, una foto de ella.

Estando yo en Montevideo, antes del golpe de estado, me guardó en su minúsculo apartamento de la calle San Martín y Fomento, durante un buen período. En esa época, yo estaba semiclandestina. En la habitación de ella, sin ventana, no cabía una cama de dos plazas. El baño no tenía bañera. Había solo un duchero, que funcionaba con alcohol azul. Tenía la alcuza a mano, pero no la usaba nunca. Doña Irene se bañaba con agua fría, invierno y verano.

Por entonces, después de las ocho de la noche tratábamos de no andar por la calle. A esa hora, se trasmitían los comunicados de las Fuerzas Conjuntas, requiriendo las personas que los milicos consideraban subversivas. Así que yo me guardaba en el apartamento con Doña Irene. Siempre me esperaba. Cenábamos juntas. Ella dormía en un silloncito pequeño que había en la habitación. A mí, siempre me hacía dormir en su cama. Así descansábamos todas las noches, después de unas lindas charlas. Era de una ternura impresionante.

Doña Irene era la mamá de tu abuela y de tus dos tías abuelas. Vivió durante bastante tiempo casada con don Julián, tu bisabuelo, un comunista acérrimo y hombre bastante rígido. Hasta que un día, tuvo otro hijo: el Coco.

No recuerdo haberlo visto nunca en casa de tu abuela ni de tus tías. Se ve que el “pecado” de Doña Irene las había golpeado fuerte. Nunca hablaron de cómo había sido su separación de Don Julián. Y al Coco, como te dije, no lo trataban. Ella sí lo recibía, a veces los fines de semana, en la calle San Martín, como a un duque. Algunos días le preparaba una inmensa olla de licor de huevo, que tenía como cinco centímetros de alto de espuma.

Un día en todos lados salió la noticia de que Jacqueline Kennedy se había casado con el multimillonario griego Onassis. Esa noche, con cara de disgusto, apenas entré, Doña Irene me dijo:

-Mariquita, ¡se nos emputeció la Jacquelinne!

¡Ella! ¡Que nunca decía malas palabras! Además, estaba verdaderamente disgustada. No supe cómo consolarla. Esa expresión, pasan los años y no la olvido nunca. Porque además, era la única persona que me llamaba Mariquita, con toda naturalidad. Es como si aún la viera, con sus lentes y su cara toda arrugadita.

En el momento en que a tu padre lo sacaron del Penal de Sierra Chica, en Argentina fue, como toda la familia, a despedirlo al Aeropuerto de Ezeiza. A tu padre lo adoraba. En esos días, ella se quedó conmigo. Hacía mucho tiempo que no la veía.

Hubo que ir dos veces al Aeropuerto. La primera vez no apareció. Volvieron todos muertos de miedo, sin saber qué había ocurrido. Yo no había ido; el lugar podía estar demasiado vigilado. Tu abuela tuvo que hacer de tripas corazón e ir a la Policía Federal, a averiguar qué había pasado. Le dijeron, sin importarles un comino, que el pasaporte no estaba pronto. Dieron otra fecha para el viaje. Ahí sí los acompañé, desde lejos. Y ¡al fin!, lo vimos partir.

Como te imaginarás, su salida nos dio a todos una inmensa felicidad. Los festejos los empezó tu abuela, en su habitación, en un Hotel en la calle Rivadavia. Nos había hecho llorar de la risa cuando, alzando una copa de vino, se puso a cantar, desentonando como loca, el himno de los comunistas italianos: “Bandiera rossa la trionfera, evviva il socialismo, evviva la liberta”.

            Esa noche hicimos una cena bacanal en un bolichón de Buenos Aires.  Doña Irene encabezaba la mesa. Y, ¿qué se le dio por hacer? Superando en gracia a tu abuela, me dijo:

  • Mariquita, dame un cigarrillo.

Me sorprendió. Nunca había fumado. Pero se lo di. Muy erguida, haciéndose la vampiresa, lo prendió y empezó a largar humo a raudales. ¡Cosa de no creer! ¿Te la imaginás? ¡Verla era un plato!

            Fue el mejor festejo, después de tanto tiempo de dolor.

Terminando por acá, te cuento que cuando tenía 93 años, la tuvieron presa con la tía Chola y Juan Acuña, su marido. Nosotros sabíamos que Acuña había sido detenido años antes, siendo integrante del Comité Central del Partido Comunista. Estaba en el Penal de Libertad.

Cuando ya los milicos estaban por cantar la retirada, lo sacaron del penal para ser sometido a otro interrogatorio. No se ahorraron el gusto de hacer un allanamiento en la casa de la calle Juana de Arco, donde había vivido. A la Chola la pusieron de pie contra la pared del baño. Casi al terminar el registro, entraron armados a la cocina, donde Doña Irene, ya bastante sorda, preparaba un arroz con leche. Cuando dos subalternos quisieron sacarla para afuera, sin soltar la cuchara de madera, les dijo:

  • Esperen un poco, la leche se va a derramar.

Los llevaron a Inteligencia y Enlace. Entre los tres, sumaban más de doscientos

años.

 

ANATOLE Y VICTORIA por Mariela Salaberry

Sabía que en la noche del día que ganamos el mundial del cincuenta, Obdulio Varela se había ido de copas con los jugadores derrotados. Pero no sabía si los brasileños todavía no nos guardarían rencor por aquel triunfo, cuando tuve que ir a hablar, en Sao Paulo, con un grupo ecuménico que trabajaba en la defensa de los derechos humanos, apoyados por la Arquidiósesis de esa ciudad. Su nombre era Clamor.

Mientras me dirigía, con mucha ansiedad, al pequeño escritorio que tenían detrás del edificio de la Curia Metropolitana, esa fue una de las ideas locas que se me ocurrieron. En el momento en que llegué, había una larga y apesadumbrada cola, esperando a ser recibida. Parecían ser los restos de un tronco comido por termitas. El suave run run latinoamericano que zumbaba me tranquilizó. Me sentí entre amigos, aunque para mi urgencia, aquello tenía una lentitud de tortuga.

En nuestra casilla de correos del simpático barrio Vila Mariana de Sao Paulo, en junio de 1979, habíamos recibido una información de la mayor importancia: las fotos de Anatole y Victoria Julien Grisonas, niños uruguayo-argentinos, desaparecidos junto a sus padres en el partido bonaerense de San Martín, habían sido publicadas por el diario “El Nacional” de Caracas. Al verlas, fueron reconocidas por una joven empleada que los había cuidado en un orfanato en Valparaíso, Chile, cuando la muchacha se encontraba de vacaciones en Venezuela.

 A esto se agregó, un papelito arrugado, de bordes desparejos y pocas palabras, escritas en mayúscula:

“ADOPTADOS POR UN DENTISTA. Valparaíso.

Decían mamucha y papucho”.

Esto fue lo que trasmití a la persona que me atendió en el cristiano escritorio.

Quiso la vida que por esos días, una información semejante llegara a la Curia: los niños, abandonados en la plaza O’Higgins de Valparaíso habían sido custodiados en una Casa de Menores hasta su adopción: el varón con cuatro años, la pequeña uno y medio.

Apenas unos días después, fui invitada a una reunión en la que un periodista de la TV Record se comprometió, muy decidido, a viajar a Chile a hacer las averiguaciones del caso.

Sin embargo, pasaron largos días sin que se supiera qué era de su vida. Mi compañero y yo nos inquietábamos cada vez más, hasta que decidimos proponer que yo fuera a Chile. Nuestra hija quedaría a buen resguardo en casa, con él, su papá.

Hice la propuesta en el grupo. Fue estudiada con cuidado. Dudaron. No les resultaba claro entender mis razones. Imaginaron algún extraño y oculto movimiento político. Les dije que los padres de esos niños habían sido compañeros de militancia muy comprometida años atrás; que ellos hubieran hecho lo mismo por mí. Temieron también que, en caso de ubicar a los niños, yo no pudiera mantener la reserva absoluta que la tarea suponía.

Finalmente, estuvieron de acuerdo. Me costó bastante admitir que no teníamos dinero para el pasaje. Pero no tuve más remedio. Para nosotros, así todo fuera mentira, una trampa o lo que fuese, había que ir a Chile a indagar. El hecho de que soy ciudadana franco-uruguaya, jugó en mi favor: el uso de un pasaporte francés en el viaje aportaba seguridad.

Me indicaron que, antes de partir, debía ser bendecida por Don Paulo Evaristo Arns, Cardenal de la Arquidiósesis de Sao Paulo. Durante la ceremonia, entre la majestuosidad y el silencio del recinto, se oían sus palabras, pausadas y graves. Me dieron una paz necesaria e inesperada.

Viajé a Santiago de Chile con una valijita azul de cuero. Un cuero blandito, tierno, de un tamaño muy fácil de transportar, sin rueditas. Casi no pesaba. Llevaba poca ropa y, en un inocente sobre de papel manila, las dos fotos, bien grandes, de Anatole y Victoria. En la cartera de mano, una libretita de ocho centímetros por cuatro, con solo el número de tres teléfonos a los que podría llamar si me pasaba algo, fuera bueno, fuera malo. Uno de París, dos de Sao Paulo.

Luego de atravesar la Aduana, el miedo y la ansiedad no me abandonaron. Adquirieron los olores y colores más inimaginables e inesperados.

Como no conocía la ciudad de Santiago ni llevaba referencia alguna, tomé un taxi y pedí al chofer que me llevara a un hotel céntrico. En el momento de registrarme, hablé lo menos posible, acentuando el francés. Fue como otra segunda aduana. Era un hotel medio pelo, que me permitió darme una ducha y pasar la noche.

Al otro día, fui a encontrarme con Belela Herrera. Ella tenía inmunidad diplomática, al ser representante de Naciones Unidas. No nos conocíamos. Cuando me hizo pasar, le expliqué por qué había ido a Chile. Pensé que iba a desconfiar de mí y de aquella historia casi de ficción que le acercaba. Sin embargo, hizo lo necesario para que al otro día pudiera recorrer Valparaíso, con un funcionario chileno de la Vicaría de la Solidaridad.

Fuimos en una combi blanca por aquella hermosa ciudad, él como chofer, yo observando. Yo miraba cada niño que jugaba y correteaba por las calles. Esperaba reconocer más que nada a Anatole, cuyos rasgos fisonómicos eran muy marcados, muy parecido a su papá, Roger.

Dimos vueltas y más vueltas. Llegó un momento en que todos los niños que veía, me parecía que podían ser Anatole. Hasta que nos dimos cuenta de que aquella búsqueda era inútil.

Al regresar a Santiago, fui a la elegante casa de Belela Herrera. Quedaba en una zona bastante alejada del centro. Me sentía desarmada, con mucha tristeza. Me invitó con un whisky y a que pasara la noche allí. No acepté. No podía quedarme quieta: caminaba por el living como un estúpido muñeco de resortes. Hasta que en un momento ella dijo: “Mirá, ahora que pienso, hay un psicólogo uruguayo que vive en Valparaíso. ¿No sería bueno verlo?”

Quiso la casualidad que yo hubiera conocido a ese hombre en la época en que se había fundado el Colegio Latinoamericano, en Montevideo. Mis sobrinos habían sido alumnos pioneros de ese Colegio y había participado en algunas reuniones con él.

Pensando en verlo al otro día, esa noche fui a cenar a un restaurante cerca del hotel: mi tercera aduana. Quería comer un buen churrasco. Siempre ahorrando las palabras, ya que no sabía si en Chile se usaba la palabra “churrasco”, elegí de la lista lo que más se le parecía. Hice como que no entendía cuando el mozo preguntó si lo quería jugoso o bien cocido.

Mientras esperaba, la televisión comenzó a trasmitir un acto que se estaba realizando en esos momentos en las calles de Santiago. Empezaron a aparecer los generales, encabezados por Pinochet, con unos capotones negros gigantescos que les llegaban hasta los pies, con sus caras sombrías, inundadas de poder. Una multitud enardecida agitaba antorchas llameantes y voceaba al líder.

La mirada de Pinochet me atravesó. Hasta hoy me veo sentada en una mesa como si hubiera sido un pajarito mojado, esperando que un halcón me capturase. ¡Fue horrible!

Además, me pregunté: “¿Qué estoy haciendo acá? ¿Qué es lo que me espera?” Me atravesó un flash, pensando en Hitler.

Permanecí como hipnotizada, hasta que el mozo trajo el churrasco. Fue tal el miedo que tenía, que apenas lo probé. Pagué y volando fui a refugiarme al hotel.

Al otro día, toqué el timbre en el consultorio del psicólogo en Valparaíso. Me abrió él mismo la puerta, en un momento bien extraño. Estaba atendiendo a una niña autista. En muy pocas palabras, le expliqué el porqué de mi visita, luego de tantos años.

Con rapidez, me dio nombre y dirección de una muchacha que trabajaba en una escuela a la que concurrían los hijos de los presos políticos chilenos. Y cerró la puerta, apremiado.

En cuanto pude, tomé contacto con ella. Era una mujer de unos treinta años, igual que yo en aquella época. A partir de ese momento, a pesar de que el encuentro fue helado, orientó todo el trabajo en Valparaíso. La primera vez, hablamos solo lo necesario. Le di las fotos de los gurises y nos despedimos hasta el otro día. Supuse que ella podría desconfiar de mí, tanto como yo de ella. Yo pensaba: si es una militante clandestina, me puede mandar en cana. Quizás ella pensaba lo mismo de mí. Tras ese pensamiento, se me aparecía la adusta cara de Pinochet.

Esa noche me quedé en una especie de hostal, próximo a la ciudad de Valparaíso. Entre los tirantes del cuarto se colaba un viento afilado y frío. Era tal el miedo que, después de cerrar con llave, corrí contra la puerta los escasos muebles que había en la habitación. ¡Ridículo! Si venía la cana, de una patada podría abrir sin ningún problema.

Al otro día, la muchacha me llevó a un lugar que era como una especie de anfiteatro enorme, completamente vacío. En las gradas se sentó una señora. Le mostramos las dos fotos. Era funcionaria del orfanato (Casa de Menores) donde habían estado Anatole y Victoria. Inmediatamente los reconoció. Contó que los habían encontrado abandonados en la Plaza O’Higgins de Valparaíso. Sus palabras coincidieron con lo narrado en Caracas por otra de las funcionarias. Agregó que una pareja de chilenos los había adoptado. No dio nombres. En ese momento, pensé que quizás estábamos tras una pista veraz.

De allí, fuimos al consultorio de un dentista y nos sentamos en la sala de espera. Cuando nos hizo pasar, como si dedicara el tiempo en revisarnos la dentadura, le mostramos las fotos. El hombre no lo dudó: conocía perfectamente la historia y el nombre de su colega, la adopción de los niños y hasta la dirección donde vivían. Nos informó también que su encuentro en la plaza O’Higgins había sido publicado en los diarios chilenos. En uno de los reportajes de “El Mercurio” del 29 de diciembre de 1976, el periodista, a quien las expresiones “mamucha y papucho”, típicamente rioplatenses, le habían llamado la atención, escribió: “Parecen uruguayos o argentinos”.

A partir de ese momento, cayeron todas las barreras de desconfianza entre la muchacha y yo.  Me invitó a pasar la noche en su casa. Para mí fue como un regalo del cielo. Podría estar en territorio conocido, sin temor, sin alarmas. Hicimos un largo viaje en ómnibus. Aquella casa de tablones de madera se volvió mi hogar y sentí el calor de la amistad. Conversamos horas, contando la historia de nuestras vidas militantes, de nuestros hijos, lo que viniera. Dormí en la cama de uno de sus hijos, arropada en una manta de telar abrigada, muy pesada.

Alguien, no sé si fue el dentista o quien, nos había dicho que los niños iban a un Colegio de padres franceses. Así que al día siguiente fuimos al Colegio. Como era domingo no había clases. El Colegio estaba vacío. Queríamos corroborar si Anatole y Victoria estaban anotados allí. Nos abrió la puerta un sacerdote, muy amable. Fuimos a mirar el registro de los alumnos. El padre los conocía, de modo que enseguida los localizó, en las hojas de un cuaderno de tapas duras.

¡Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que los dos estaban anotados con sus nombres verdaderos, aunque con otro apellido! No coincidían las fechas de nacimiento, pero la diferencia era mínima.

¡Ya era suficiente! ¡Eran ellos!

Nos dimos un fuerte abrazo con la muchacha. Fue de mucha emoción y de despedida.

A partir de ahí, lo único que quise fue irme. Primero fui a un locutorio. Llamé a París para avisar de la noticia, sin dar detalles. También a Sao Paulo.  Volví a Santiago, le avisé a Belela y me tomé el primer avión que salía para Sao Paulo, la última aduana. Otra vez el miedo. Tenía un dolor en las piernas impresionante.

Pasé migraciones sin problemas, siempre de boca cerrada. Me abrieron la valija y me sacaron una botellita de pisco que había comprado. Mientras lo hicieron, pensé que los milicos eran unas verdaderas ratas de caño.

Al fin, subí al avión. En el aeropuerto de Congonhas me esperaba todo el equipo de Clamor en un auto. La primera pregunta que me hicieron fue: “¿Vocé viu as crianças?”

Me pareció percibir la desilusión en sus caras. Pero después, cuando por segunda vez contaba, punto por punto, aquél increíble periplo tan intenso en tiempo real y subjetivo, no tuvieron dudas.

Este fue apenas el inicio de otra historia, semejante a los surcos que sin erque ni charangos, los mapuches fueron dejando por la cordillera de los Andes durante añares. Algunas pinceladas tomaron estado público en aquella época. Otras siguen siendo una macabra y cobarde incógnita.

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Hubo justicia
El juez federal Daniel Rafecas [1]acaba de dictar en la ciudad de Buenos Aires el procesamiento de los policías federales retirados Rolando Oscar Nerone y Oscar Roberto Gutiérrez, por su participación en la privación ilegal de la libertad de Victoria Grisonas. No así de Roger Julien, ya que todos los indicios en poder del juez apuntan a que se suicidó ingiriendo una cápsula de cianuro. Rafecas toma como ciertas las palabras de Álvaro Nores Montedónico, uruguayo, quien durante el juicio oral del año pasado recordó que mientras estuvo en Orletti, Gavazzo le aseguró que Roger había ingerido cianuro. Además, el juez acredita el testimonio en ese mismo sentido del informante que posibilitó encontrar a Simón, el hijo de Sara Méndez, y el de una vecina de la madre de Roger, Angélica Cáceres.
HOMBRES DE GORDON. Los agentes ahora procesados estaban vinculados al Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, y junto al otro policía Roberto Gómez Migenes, ya fallecido, participaron del operativo en San Martín. Hasta ahora solamente había podido acreditarse la presencia en esa jornada del agente de inteligencia argentino Eduardo Rufo. Todavía no se ha podido comprobar la participación de militares uruguayos, aunque los indicios señalan que los hombres de José Gavazzo debieron ser parte del espectacular y sangriento montaje.
[1] Brecha Edición 3030, 20 de mayo de 2011.

NOS CRIAMOS JUNTOS un relato de Mariela Salaberry

Entró a la oficina del periódico, casi sin saludar. Se sentó y se presentó como Julián. Estaba bien empilchado y peinado, como si hubiera salido de la ducha. Sacó un sobre de la campera y lo abrió. Era una foto. La miró. Parecía que no podía desprenderse de ella. Cuando pudo, me la mostró. En colores, tomada con una cámara simple, sin pretensiones, era la clásica foto de familia reunida detrás de una mesa, con un lindo mantel y una torta de cumpleaños infantil. La miré con curiosidad. Inmediatamente señaló a un muchacho que estaba de pie, rodeado de varias personas.

   –Mire, este es un torturador- dijo, todavía sin soltarla.

   La voz le temblaba. La mano también. Parpadeaba. Parecía apurado. Me la acercó un poco más y repitió, entrecortado:

   –Se lo juro por mi madre, es un hijo de puta, es milico, de Inteligencia. Es este, fíjese bien, éste-, agregó, apuntándolo con el dedo, golpeando sobre la imagen del sujeto, sin vacilar.

   El señalado era un hombre bastante joven, lentes culo de botella, vestido de pinta, con algo de bobón y gesto aburrido. Un tipo común y corriente, serio.

    Dejó la foto sobre la mesa y casi sin esperar, sacó del bolsillo la hoja de un diario. Allí había publicados varios nombres de represores. Uno de ellos estaba subrayado con birome. Dijo que era el de la foto: José Felipe Sande Lima.

   –Es él, es él. Lo conozco desde chico. Nos criamos juntos. Vive frente a mi carpinteria… Usted me tiene que creer… Esto que le digo es verdad. Lo conozco desde chico. Ahora me entero que es un semejante hijo de puta. ¿Usted se da cuenta? ¡Años pasé sin saber nada! Hasta jugábamos juntos.

   Mientras hablaba se movía, cruzaba y descruzaba las piernas. Las palabras se le atropellaban de tan rápido que hablaba. Insistía en que le tenía que creer, quizás porque a él mismo le costaba creerlo. Miraba la foto y fruncía el ceño, repitiendo varias veces con incredulidad:

   –Desde que era chico…, desde que era chico lo conozco, parece mentira–. Estaba furioso. Sufría.

            Quizás había sido la primera vez que hablaba de este asunto con alguien que no fueran sus compañeros de trabajo. Necesitaba confianza, mucha confianza para espantar la rabia.

   Me detuve a mirar la foto. La ingenuidad de la imagen me asombró. No era la primera vez que escuchaba historias que navegaban, como esa, entre la ficción y la realidad. Pero habíamos vivido tantas situaciones terribles en tan poco tiempo, que no podía darme el lujo de no escuchar bien a Julián.

   Le pregunté si había hablado con el milico. Me detuvo con un gesto firme:

   –Espere, espere. Ya le voy a contar lo que pasó–. Se acomodó en la silla. Pareció retomar algo de su compostura.

   –La cosa es así: yo tengo una barra de amigos, allá en Sayago, ¿sabe? Cada tanto nos juntamos en la carpintería a comer un asado. Cuando nos enteramos que éste era un torturador, por el diario, sabe, decidimos invitarlo a un asado y ahí, apretarlo, a ver qué decía.

   Parece que el whisky corrió a piacere y el asado también. Hasta que lo empezaron a acosar. Así lo contó Julián, ya sin ningún balbuceo, como quien cuenta una historia de misterio.

   –Contame como es tu trabajo –le dijo uno.

   –Tranquilo nomás.

   –Pero ¿qué es lo que tenés que hacer?

   –Soy secretario. Poca cosa.

   La rueda de amigos se le acercó, como bobeando.

   –¿Secretario? ¿De quién?

   Otro, un poco más audaz, haciéndose el distraído, preguntó:

   –¿Vos no serás secretario de Gavazzo? Yo me lo cruzo dos por tres cuando salgo de trabajar. ¡Qué tipo ese!

   –No me jodan. No vamos a ponernos a hablar de trabajo ahora. Es tardísimo. Además, la vieja no anda bien. Me tengo que ir. Ya saben cómo se pone si le llego tarde.

   –Pará un poquito… Vos sabés que tu vieja te va a esperar toda la vida. ¡Qué vieja la tuya! Del que no me acuerdo es de tu padre. Habría mucho para hablar. Pero eso, ahora, vamos a dejarlo.

    Así se fue alargando la conversación, por distintos caminos, hasta que uno fue al centro:

   –Mirá lo que dice este diario. Acá está tu nombre. Sos vos, -¿no?– ¿el que estaba ahí torturando gente?

   Dijo el carpintero que primero empezó a negar todo. Después, se cagó en los pantalones. La última frase que se oyó fue uno que le dijo:

   –¿Qué te parece si ahora que estás solito empezamos a hacer lo que vos hacías con los presos?

Entre aserrín y polvo, el milico no sabía qué hacer. Empezó a traspirar, parecía que iba a romper los lentes de tanto secar los cristales con la punta de la camisa.  Al dar un paso atrás, casi se cae sobre un banquito de madera. Hasta que, trastabillando, logró salir.

   –Lo dejamos-, contó Julián. -¿Qué más podíamos hacer? ¿Ustedes pueden hacer algo? ¿No pueden tratar de hablar con él a ver si confiesa?

   Yo estaba helada. Vivía aún en la etapa de esconder las emociones, así que disimulé. No me había perdido ni una de las palabras de Julián. Creí en su sinceridad. Me despedí de él y guardé la foto en mi agenda para mostrársela a los compañeros que habían sido detenidos por Gavazzo y su banda, los del grupo llamado en la jerga de inteligencia militar “300 Carlos”. Sande Lima era el 311.

   Lo reconocieron inmediatamente. Era el que los golpeaba cuando estaban en el suelo, después que las sesiones de tortura más terribles habían terminado. Lo hacía sin que le dieran órdenes.

   A los pocos días, vino de Buenos Aires un abogado que trabajaba, tenaz y firme, en la investigación de los uruguayos desaparecidos en Buenos Aires. Cuando le conté esta historia, me propuso intentar ver al sujeto. Julián nos dio la dirección de la casa, bajo promesa de que no dijéramos que era él quien nos la había dado. Fuimos. No sabíamos bien qué íbamos a hacer, pero fuimos. Golpeamos la puerta, hasta que una señora la entreabrió, con la cadena puesta. Apenas preguntamos, con nombre y apellido, la cerró de un golpe.

   Fui a ver a Julián y le conté. Me dijo que después del famoso asado, el milico había desaparecido del barrio.

   –Acá, nosotros lo quemamos con la gente que lo conocía. Todo el mundo le dejó de hablar. Y ¿sabe una cosa? Estaba por casarse, y cuando la novia se enteró, también lo dejó.

   No podría decir que Julián estaba contento. Pero la pequeña venganza ciudadana parecía haberlo dejado más tranquilo.

   Pasados unos días, Sande Lima subió al mismo ómnibus que yo, con los mismos lentes culo de botella y el mismo aire insulso. Me dio mucho miedo. Un miedo que creía que la vida había diluído. Pero no. Reapareció en ese cotidiano y vulgar trayecto en ómnibus.

Demasiados, vergonzantes años después, entre los pocos milicos enjuiciados, fue procesado por “homicidio muy especialmente agravado”. Y por estafa.

J. Sande Lima

 

SURCADOS POR ARAÑAZOS por Adriana Cabrera Esteve

“En esta ola de recuerdos que refluye la ciudad se embebe como una esponja y se dilata. […] Pero la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas”. (Las ciudades invisibles, Ítalo Calvino)

El 29 de junio tomó estado parlamentario el proyecto de Ley de Sitios de la Memoria Histórica. Fue presentado por el senador Marcos Carámbula y discutido y consensuado por la Red Pro Sitios de Memoria, que integran la Institución Nacional de Derechos Humanos (INDDHH), Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, Crysol, el Museo de la Memoria, la Asociación Ágora, la Fundación Zelmar Michelini, la Comisión de Derechos Humanos de la Junta Departamental de Montevideo, el Área de Derechos Humanos de la Universidad de la República, el Servicio Paz y Justicia, entre otros.

El proyecto de ley es otra iniciativa que se articula con la ya existente 18.596, sobre la actuación ilegítima del Estado en el período comprendido entre el 13 de junio de 1968 y el 28 de febrero de 1985, que reconoce su responsabilidad en cuanto a los crímenes cometidos en el marco del terrorismo de Estado y el derecho de las víctimas a la reparación. En su artículo 8, establece: “En todos los sitios públicos donde notoriamente se identifique que se hayan producido violaciones a los derechos humanos de las referidas en la presente ley, el Estado colocará en su exterior y en lugar visible para la ciudadanía, placas o expresiones materiales simbólicas recordatorias de dichos hechos; podrá definir el destino de memorial para aquellos edificios o instalaciones que recuerden esas violaciones y podrá determinar la celebración de fechas conmemorativas de la verificación de los hechos”.

La creación de instancias, sitios y marcas es una herramienta importante para las políticas públicas de memoria, que aportan a la reparación simbólica de las víctimas del terrorismo de Estado, con el objetivo de devolverles su dignidad y deconstruir el relato dominante durante décadas, así como al conocimiento de la verdad y la realización de la justicia. En Uruguay, la mayoría de las veces, estas iniciativas han recaído en las víctimas o sus familiares. La Marcha del Silencio, al cumplirse los 20 años del asesinato de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw, fue y es una de las principales manifestaciones de memoria y tuvo como principales protagonistas a los familiares de los desaparecidos y los asesinados. El Memorial de los Desaparecidos se inauguró el 10 de diciembre de 2001 en el Parque Vaz Ferreira, del Cerro; fue promovido por una comisión nacional y auspiciado por la Intendencia de Montevideo (IM), la Sociedad de Arquitectos del Uruguay y la Junta Departamental de Montevideo. El Museo de la Memoria, en lo que fuera la casaquinta del dictador general Máximo Santos, fue también un proyecto de organizaciones sociales en conjunto con la IM. Los cambios en el nomenclátor no sólo respondieron a iniciativas de los diferentes niveles de gobierno, sino también a impulsos locales de vecinos y familiares de las víctimas. Así se incluyó en la memoria colectiva del territorio a Héctor Gutiérrez Ruiz, a Zelmar Michelini, a Walter Medina, a Enrique Erro, a Líber Arce, a Washington Pérez, a Susana Pintos, entre otros. Las marcas de memoria que encontramos en varios lugares, por ejemplo a las puertas del teatro El Galpón o en el Obelisco de los Constituyentes de 1830, son el resultado del proyecto Memorias de la Resistencia, impulsado por referentes de la sociedad civil. El Memorial para los Desaparecidos de Mercedes, inaugurado el año pasado, fue también una iniciativa de las organizaciones de derechos humanos.

La mencionada ley 18.596 habilitó más recientemente a colocar marcas de memoria en los lugares de represión. Diversas iniciativas han sido presentadas ante la Comisión Especial del Ministerio de Educación y Cultura, con resultados positivos, y las marcas fueron instaladas a lo largo y ancho del territorio nacional, por ejemplo, la de la Cárcel de Cabildo o la de la Dirección de Información e Inteligencia Policial.

Crear y educar en un nuevo relato que incorpore la verdad histórica supone estos espacios de homenaje y reconocimiento. Sin embargo, es de anotar la inexistencia en Uruguay de espacios de memoria en los lugares que fueron centros clandestinos y no clandestinos de represión, como la Escuela de Mecánica de la Armada, Automotoras Orletti, en Argentina, y el Memorial de la Resistencia de San Pablo en Brasil, donde antes funcionara el Departamento de Orden Político y Social. La iniciativa del Espacio Memorias para la Paz que pretendía crear un Museo para la Paz en la cárcel de Punta de Rieles y su entorno tuvo que conformarse con la plaza Museo y Memoria de Punta de Rieles.

En estos momentos hay dos iniciativas en curso. Una es el sitio del Servicio de Información de Defensa, que funcionó como centro clandestino de detención durante la dictadura. El edificio perteneció luego al Centro de Altos Estudios Nacionales (Calen) y hoy aloja a la INDDHH. Por allí pasaron los secuestrados en Argentina y trasladados a Uruguay en el marco del Plan Cóndor, en su mayoría aún desaparecidos. El lugar fue adaptado para el funcionamiento del CALEN primero y para la INDDHH después. Del relato de los sobrevivientes surge que casi no quedan huellas de cómo era entonces. La otra iniciativa proviene del Museo de la Memoria, que pretende construir un sitio abierto al público en el galpón 4 del Servicio de Material y Armamento, conocido como 300 Carlos o Infierno Grande, donde fueron torturados y asesinados presos políticos durante la dictadura. En el predio lindero al Batallón 13 fueron encontrados los restos de Fernando Miranda. La Red Pro Sitios de Memoria impulsa otros proyectos similares, cada uno con sus particularidades.

Creemos que la invisibilidad de esos espacios físicos contribuye a ocultar el pasado reciente. Los sitios de memoria son “una herramienta para la materialización de los hechos allí ocurridos”, reza el proyecto; de ahí la importancia de una ley que los resguarde. No sólo a los efectos de encontrar restos de desaparecidos, sino también de visibilizar el modus operandi de los represores y los rastros en muros y pisos que muchas veces subsisten a pesar de la pintura. Los sitios son escenarios de crímenes y como tales deberían haber sido tratados, para permitir a las víctimas su reconocimiento, para hacer estudios periciales y para crear equipos multidisciplinarios que determinasen las medidas necesarias para evitar su deterioro.

La memoria está unida indisolublemente a la búsqueda de la verdad y la justicia. Por eso los espacios físicos donde se cometieron violaciones a los derechos humanos deben ser preservados también como evidencia y se debe garantizar su accesibilidad y su intangibilidad. En Uruguay hay medidas que impiden innovar sobre algunos predios militares. Sin embargo, el transcurso del tiempo, el pacto de silencio de los militares y el ocultamiento de información han tenido como consecuencia su manipulación, transformación y a veces desaparición; es el caso de la casona de la calle Millán (Millán 4269), donde actualmente existe una cooperativa de viviendas.

Al mismo tiempo, la derecha, lejos de establecer una mirada autocrítica sobre el pasado, se ha reafirmado en su discurso, lo ha fortalecido con un equipo de abogados y expertos, y lo difunde a diario en las redes por medio de un grupo de trolls creados para tal fin. La omertá es, a esta altura, una patología con visos de cronicidad de nuestra democracia. Dos testimonios recientes de soldados parecen ser una grieta en esa pared oscura. Disputar ese relato con evidencias, existentes, por cierto, explayarnos y enriquecer la defensa de las libertades democráticas es un imperativo del momento político nacional e internacional.

La reconstrucción de la verdad tiene una dimensión personal y una dimensión colectiva. Es una verdad dinámica que cambia con nuevos aportes, a veces de las víctimas, a veces de los vecinos, a veces de la comunidad. Esa verdad siempre precaria es un derecho de la ciudadanía, derecho a conocer los hechos y a hacerse cargo de su pasado, derecho a construir su identidad con ella. Una identidad difícil de objetivar, por lo dolorosa y traumática, pero necesaria para no repetir errores y estar alerta ante propuestas revisionistas. Estos sitios contribuyen a educar en derechos como garantía de no repetición y, en diálogo con la comunidad, a construir nuevas subjetividades. El cambio de uso de estos lugares crea nuevas relaciones y resignifica el territorio. Estas transformaciones siguen siendo un debe. Por otra parte, no deja de indignar la lentitud pasmosa con la que los gobiernos progresistas han avanzado en el análisis de los archivos, el sometimiento a la justicia de los responsables y la construcción proactiva de la memoria como garantía de un nunca más al terrorismo de Estado. Quizás estemos aún a tiempo de dar un giro a la situación. Nutrirnos de expertise, decisiones políticas y ejecutividad, y volcar los recursos materiales y humanos suficientes para desentrañar nuestro pasado.

Hija de Ary Cabrera Prates, detenido desaparecido el 5 de abril de 1976
Publicado en Dínamo/ La Diaria el 28/8/2017

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