PERMISO por Mariela Salaberry

Durante los años en que vivimos en Brasil, para permanecer con cierta legalidad, era necesario renovar la entrada y salida al país varias veces. En mi caso, fue yendo desde Sao Paulo hasta Paraguay, país fronterizo.

El último viaje lo hice sola. Sofía quedó en casa con su padre. Al llegar a la aduana brasileña presenté los documentos de las dos diciendo: “A minha filha está doente, no onibus”. Pensaba que si no me creían, volvería para atrás. Pero el aduanero me creyó, ¡sin desconfiar! Y estampó los sellos salvadores.

Al atravesar el Puente de la Amistad, sobre el ancho río Iguazú, en lugar del furibundo caudal de agua que otras veces lo surcaba, se veía un enorme crater de agua seca: profundos pozos y quebradas, sin ningún ser viviente en el entorno. Ni pasto, ni árboles, ni siquiera algún pájaro distraído. Ni un castor, ni tatú, ni mulita, nada.

Parecía que el puente se fuera a quebrar; que íbamos a despeñarnos en aquél tétrico vacío. Entre los pasajeros se instaló el silencio, como si nos entrara por la mirada. La velocidad del ómnibus se enlenteció.

Pero no. Llegamos a la ciudad paraguaya.

El tiempo que tardé en regresar a la Rodoviaria de Sao Paulo y a casa, fue como en vuelo de picaflor. Contenta sí, pero ese viaje no lo hice más. Ni sola, ni con Sofía, ni con nadie. En el interín, había bajado en picada, el Cóndor a Porto Alegre.

Consulté con un abogado, hasta hoy amigo entrañable, acerca de la situación en la que estaba. Me recomendó ver a un despachante de Aduanas, conocido suyo.

Se llamaba Pereira. Su escritorio quedaba en el segundo piso de uno de esos edificios oscuros, cercanos al gigantesco Correo Central de Sao Paulo. La sala de espera tenía un aspecto desmadejado, poco cuidada, polvorienta. Por suerte, me atendió casi en seguida.

 Mayor que yo, delgado y canoso, se lo veía muy cómodo detrás de un escritorio lleno de papeles desparramados. No tenía esa posición erguida que tienen los escribanos. Más bien estaba sentado algo inclinado, como si estuviera en la playa esperando a que saliera el sol.

Escuchó muy atento lo que necesitaba decirle: que estaba viviendo sin papeles en Brasil desde hacía unos meses y que necesitaba obtener algún tipo de documentación. Me dijo que alguna solución habría y me dio cita para otro día. Salí de allí más tranquila. Había podido hacerme entender bien en portugués.

Fui varias veces a ver a Pereira. Parecía que el tiempo le sobraba para la charla, siempre tranquilizadora. Le di mi nombre pero ninguna dirección. Nunca me la pidió. Charla va, charla viene, aquellos encuentros empezaron a ser cada vez más tranquilizadores. Un día, hablando de su juventud, me dijo que había sido comunista.

¡Para qué! A partir de ahí, pude hablar por primera vez sin fingir. Empezamos a intercambiar anécdotas del uno y el otro, siempre sin apuro. Él se despachaba, gustoso, con historias de su juventud y con largas disquisiciones sobre las características de personas de varias nacionalidades que había conocido en su profesión. Parecía tener un fichero en la cabeza.

Un día me contó las modalidades que utilizaba para hacer documentos de residencia falsos. Una, la más barata (mil dólares), consistía en poner foto y firma del interesado sobre el fondo, verdadero, del documento de identidad. También, verdadera, la firma del delegado de policía a cargo. El trámite era veloz. La desventaja: era fácilmente detectable. La otra, más cara (cinco mil dólares), era absolutamente segura. Se ubicaba una partida de nacimiento de alguien que hubiera muerto en una zona lejana y a partir de ahí, se reconstruía toda una vida y una identidad falsa. Esa era inexpugnable.

Para mí, lo increíble de ambos procedimientos era saber cómo conseguía la firma de la policía y los fondos “verdaderos” de los documentos. Se lo pregunté. Me respondió con una sonora carcajada.

–Después que alguno de los delegados policiales termina el turno, viene acá de noche con los papeles y firma-, me explicó Pereira.

–¿Acá? ¿En este mismo escritorio?

–Sí, señora, acá mismo-, dijo él, con una sonrisa casi elegante.

Quedé como pasmada. Y hasta admirada. Era tal el sentimiento de liberación que viví en aquellas charlas,  que tomé estas “confesiones” como una muestra de confianza.

No pensé que era muy posible que Pereira estuviera intentando ver si yo picaba el anzuelo en alguna de las dos fórmulas. Pero como no disponía de mil ni de cinco mil dólares, ni se me ocurrió.

Hasta que un día el gobierno brasileño convocó a los extranjeros a legalizarse. Había muchos latinoamericanos que trabajaban en negro durante años y temían que eso fuera una trampa para perjudicarlos o expulsarlos del país. Varios de los compañeros y compañeras de ruta, con quienes milité en aquél gigantesco país, llegados desde lejanas tierras o incluso desde Uruguay, usaban pasaportes españoles.

No era mi caso. Pereira aconsejó que me presentara en Río de Janeiro, para no dejar ningún indicio de presencia en Sao Paulo. Hasta allá viajamos toda una noche en ómnibus, con un japonés, vestido como para una fiesta. Era empleado de Pereira. El japonés casi no hablaba. Prefería gesticular.

No dormí en todo el viaje. El japonés, ni bien se apoltronó, durmió a pata suelta como un bendito. Por suerte no roncaba. Llegamos muy temprano a la oficina de Inmigraciones. Pidieron muestras de orina y materias fecales. El japonés, siempre inmutable, entregaba el líquido amarillo por una ventanilla. El asunto es que yo no podía defecar. Mientras él me esperaba, fui varias veces a un bolichito, cruzando la calle. Tomaba jugos y más jugos de naranja: el intestino no respondía.

Pasé un buen rato de idas y vueltas, cada vez más ansiosa. Solo atinaba a gesticular un “no”, cada vez que salía del baño. Hasta que en una de las tantas, con disimulo oriental, el japonés  entró a las oficinas por una puerta lateral. Qué hizo, no lo sé. No tardó en salir. Impasible, se sentó a mi lado otra vez, serio, sin explicarme nada. Respetuosa de su silencio, tampoco pregunté.

Cuando ya imaginaba un rechazo, me llamaron por nombre y apellido. Me tomaron fotos y huellas digitales. Vuelta a esperar. Luego de un rato que pareció eterno, sentí resonar otra vez mi nombre. En la ventanilla me entregaron el documento. “¡Vaya a plastificarlo ahí enfrente!”, dijo el funcionario policial. “Está pronto”.

Era un papelito finito, amarillo. Nada que se pareciese a los documentos que usaban otros extranjeros, como la “modelo 19”, que era perfecta.  Es la estrella de David, pensé. ¡Que yo misma lo plastifique!, pensé. ¡Esto es joda!

Lo hice. Y ahí terminó la historia. Ya el japonés tenía preparado el regreso. Me guió por aquella extraña ciudad hasta el ómnibus. Otra vez, viajamos juntos. Él, mudo. Yo, despierta.

Pereira no me cobró ni un vintén partido por la mitad. Para mí, aquel hombre se volvió casi un ídolo.

Ya desde lejos, le escribí una carta agradecida, dando noticias y recordando nuestros encuentros.

Pasaron los años. Un día lo llevaron preso. Supe que entre las búsquedas que realizó la Policía, acusándolo de sus muchas ilegalidades, encontraron la tal carta. Supusieron que se trataba de un amor que podría darles más pistas de acusación. Lo interrogaron para saber de quien se trataba. No dijo nada. Posiblemente ni se acordaba de aquella mujer. Tampoco cayó en la redada el japonés.

Al tiempo, como no podía ser de otra manera, salió en libertad.

INTENTO DE POESÍA por Mariela Salaberry

¿Dónde están?

La palabra vale.

Pasado el tiempo, cada vez es más breve.

¿Qué pasó con ellos?

Es una pregunta clara.

Lo más doloroso es no saber.

¿Cómo habrían continuado sus vidas?

¿Y las nuestras con ellos?

¿De qué hablaríamos?

¿Cómo hablaríamos de nuestros hijos?

No lo sabemos.

DOÑA IRENE por Mariela Salaberry

Para mi hija

Una de las mujeres más encantadoras y cálidas que conocí en mi vida fue Doña Irene, tu bisabuela.

Era chiquititita, de pelo corto y blanco. Usaba unos lentecitos redondos casi sin montura y, aunque no se pueda creer, con setenta años, andaba de championes. Siempre tuvimos, en la casa de la calle Botucatú, mientras vivimos en Sao Paulo, una foto de ella.

Estando yo en Montevideo, antes del golpe de estado, me guardó en su minúsculo apartamento de la calle San Martín y Fomento, durante un buen período. En esa época, yo estaba semiclandestina. En la habitación de ella, sin ventana, no cabía una cama de dos plazas. El baño no tenía bañera. Había solo un duchero, que funcionaba con alcohol azul. Tenía la alcuza a mano, pero no la usaba nunca. Doña Irene se bañaba con agua fría, invierno y verano.

Por entonces, después de las ocho de la noche tratábamos de no andar por la calle. A esa hora, se trasmitían los comunicados de las Fuerzas Conjuntas, requiriendo las personas que los milicos consideraban subversivas. Así que yo me guardaba en el apartamento con Doña Irene. Siempre me esperaba. Cenábamos juntas. Ella dormía en un silloncito pequeño que había en la habitación. A mí, siempre me hacía dormir en su cama. Así descansábamos todas las noches, después de unas lindas charlas. Era de una ternura impresionante.

Doña Irene era la mamá de tu abuela y de tus dos tías abuelas. Vivió durante bastante tiempo casada con don Julián, tu bisabuelo, un comunista acérrimo y hombre bastante rígido. Hasta que un día, tuvo otro hijo: el Coco.

No recuerdo haberlo visto nunca en casa de tu abuela ni de tus tías. Se ve que el “pecado” de Doña Irene las había golpeado fuerte. Nunca hablaron de cómo había sido su separación de Don Julián. Y al Coco, como te dije, no lo trataban. Ella sí lo recibía, a veces los fines de semana, en la calle San Martín, como a un duque. Algunos días le preparaba una inmensa olla de licor de huevo, que tenía como cinco centímetros de alto de espuma.

Un día en todos lados salió la noticia de que Jacqueline Kennedy se había casado con el multimillonario griego Onassis. Esa noche, con cara de disgusto, apenas entré, Doña Irene me dijo:

-Mariquita, ¡se nos emputeció la Jacquelinne!

¡Ella! ¡Que nunca decía malas palabras! Además, estaba verdaderamente disgustada. No supe cómo consolarla. Esa expresión, pasan los años y no la olvido nunca. Porque además, era la única persona que me llamaba Mariquita, con toda naturalidad. Es como si aún la viera, con sus lentes y su cara toda arrugadita.

En el momento en que a tu padre lo sacaron del Penal de Sierra Chica, en Argentina fue, como toda la familia, a despedirlo al Aeropuerto de Ezeiza. A tu padre lo adoraba. En esos días, ella se quedó conmigo. Hacía mucho tiempo que no la veía.

Hubo que ir dos veces al Aeropuerto. La primera vez no apareció. Volvieron todos muertos de miedo, sin saber qué había ocurrido. Yo no había ido; el lugar podía estar demasiado vigilado. Tu abuela tuvo que hacer de tripas corazón e ir a la Policía Federal, a averiguar qué había pasado. Le dijeron, sin importarles un comino, que el pasaporte no estaba pronto. Dieron otra fecha para el viaje. Ahí sí los acompañé, desde lejos. Y ¡al fin!, lo vimos partir.

Como te imaginarás, su salida nos dio a todos una inmensa felicidad. Los festejos los empezó tu abuela, en su habitación, en un Hotel en la calle Rivadavia. Nos había hecho llorar de la risa cuando, alzando una copa de vino, se puso a cantar, desentonando como loca, el himno de los comunistas italianos: “Bandiera rossa la trionfera, evviva il socialismo, evviva la liberta”.

            Esa noche hicimos una cena bacanal en un bolichón de Buenos Aires.  Doña Irene encabezaba la mesa. Y, ¿qué se le dio por hacer? Superando en gracia a tu abuela, me dijo:

  • Mariquita, dame un cigarrillo.

Me sorprendió. Nunca había fumado. Pero se lo di. Muy erguida, haciéndose la vampiresa, lo prendió y empezó a largar humo a raudales. ¡Cosa de no creer! ¿Te la imaginás? ¡Verla era un plato!

            Fue el mejor festejo, después de tanto tiempo de dolor.

Terminando por acá, te cuento que cuando tenía 93 años, la tuvieron presa con la tía Chola y Juan Acuña, su marido. Nosotros sabíamos que Acuña había sido detenido años antes, siendo integrante del Comité Central del Partido Comunista. Estaba en el Penal de Libertad.

Cuando ya los milicos estaban por cantar la retirada, lo sacaron del penal para ser sometido a otro interrogatorio. No se ahorraron el gusto de hacer un allanamiento en la casa de la calle Juana de Arco, donde había vivido. A la Chola la pusieron de pie contra la pared del baño. Casi al terminar el registro, entraron armados a la cocina, donde Doña Irene, ya bastante sorda, preparaba un arroz con leche. Cuando dos subalternos quisieron sacarla para afuera, sin soltar la cuchara de madera, les dijo:

  • Esperen un poco, la leche se va a derramar.

Los llevaron a Inteligencia y Enlace. Entre los tres, sumaban más de doscientos

años.

 

ANATOLE Y VICTORIA por Mariela Salaberry

Sabía que en la noche del día que ganamos el mundial del cincuenta, Obdulio Varela se había ido de copas con los jugadores derrotados. Pero no sabía si los brasileños todavía no nos guardarían rencor por aquel triunfo, cuando tuve que ir a hablar, en Sao Paulo, con un grupo ecuménico que trabajaba en la defensa de los derechos humanos, apoyados por la Arquidiósesis de esa ciudad. Su nombre era Clamor.

Mientras me dirigía, con mucha ansiedad, al pequeño escritorio que tenían detrás del edificio de la Curia Metropolitana, esa fue una de las ideas locas que se me ocurrieron. En el momento en que llegué, había una larga y apesadumbrada cola, esperando a ser recibida. Parecían ser los restos de un tronco comido por termitas. El suave run run latinoamericano que zumbaba me tranquilizó. Me sentí entre amigos, aunque para mi urgencia, aquello tenía una lentitud de tortuga.

En nuestra casilla de correos del simpático barrio Vila Mariana de Sao Paulo, en junio de 1979, habíamos recibido una información de la mayor importancia: las fotos de Anatole y Victoria Julien Grisonas, niños uruguayo-argentinos, desaparecidos junto a sus padres en el partido bonaerense de San Martín, habían sido publicadas por el diario “El Nacional” de Caracas. Al verlas, fueron reconocidas por una joven empleada que los había cuidado en un orfanato en Valparaíso, Chile, cuando la muchacha se encontraba de vacaciones en Venezuela.

 A esto se agregó, un papelito arrugado, de bordes desparejos y pocas palabras, escritas en mayúscula:

“ADOPTADOS POR UN DENTISTA. Valparaíso.

Decían mamucha y papucho”.

Esto fue lo que trasmití a la persona que me atendió en el cristiano escritorio.

Quiso la vida que por esos días, una información semejante llegara a la Curia: los niños, abandonados en la plaza O’Higgins de Valparaíso habían sido custodiados en una Casa de Menores hasta su adopción: el varón con cuatro años, la pequeña uno y medio.

Apenas unos días después, fui invitada a una reunión en la que un periodista de la TV Record se comprometió, muy decidido, a viajar a Chile a hacer las averiguaciones del caso.

Sin embargo, pasaron largos días sin que se supiera qué era de su vida. Mi compañero y yo nos inquietábamos cada vez más, hasta que decidimos proponer que yo fuera a Chile. Nuestra hija quedaría a buen resguardo en casa, con él, su papá.

Hice la propuesta en el grupo. Fue estudiada con cuidado. Dudaron. No les resultaba claro entender mis razones. Imaginaron algún extraño y oculto movimiento político. Les dije que los padres de esos niños habían sido compañeros de militancia muy comprometida años atrás; que ellos hubieran hecho lo mismo por mí. Temieron también que, en caso de ubicar a los niños, yo no pudiera mantener la reserva absoluta que la tarea suponía.

Finalmente, estuvieron de acuerdo. Me costó bastante admitir que no teníamos dinero para el pasaje. Pero no tuve más remedio. Para nosotros, así todo fuera mentira, una trampa o lo que fuese, había que ir a Chile a indagar. El hecho de que soy ciudadana franco-uruguaya, jugó en mi favor: el uso de un pasaporte francés en el viaje aportaba seguridad.

Me indicaron que, antes de partir, debía ser bendecida por Don Paulo Evaristo Arns, Cardenal de la Arquidiósesis de Sao Paulo. Durante la ceremonia, entre la majestuosidad y el silencio del recinto, se oían sus palabras, pausadas y graves. Me dieron una paz necesaria e inesperada.

Viajé a Santiago de Chile con una valijita azul de cuero. Un cuero blandito, tierno, de un tamaño muy fácil de transportar, sin rueditas. Casi no pesaba. Llevaba poca ropa y, en un inocente sobre de papel manila, las dos fotos, bien grandes, de Anatole y Victoria. En la cartera de mano, una libretita de ocho centímetros por cuatro, con solo el número de tres teléfonos a los que podría llamar si me pasaba algo, fuera bueno, fuera malo. Uno de París, dos de Sao Paulo.

Luego de atravesar la Aduana, el miedo y la ansiedad no me abandonaron. Adquirieron los olores y colores más inimaginables e inesperados.

Como no conocía la ciudad de Santiago ni llevaba referencia alguna, tomé un taxi y pedí al chofer que me llevara a un hotel céntrico. En el momento de registrarme, hablé lo menos posible, acentuando el francés. Fue como otra segunda aduana. Era un hotel medio pelo, que me permitió darme una ducha y pasar la noche.

Al otro día, fui a encontrarme con Belela Herrera. Ella tenía inmunidad diplomática, al ser representante de Naciones Unidas. No nos conocíamos. Cuando me hizo pasar, le expliqué por qué había ido a Chile. Pensé que iba a desconfiar de mí y de aquella historia casi de ficción que le acercaba. Sin embargo, hizo lo necesario para que al otro día pudiera recorrer Valparaíso, con un funcionario chileno de la Vicaría de la Solidaridad.

Fuimos en una combi blanca por aquella hermosa ciudad, él como chofer, yo observando. Yo miraba cada niño que jugaba y correteaba por las calles. Esperaba reconocer más que nada a Anatole, cuyos rasgos fisonómicos eran muy marcados, muy parecido a su papá, Roger.

Dimos vueltas y más vueltas. Llegó un momento en que todos los niños que veía, me parecía que podían ser Anatole. Hasta que nos dimos cuenta de que aquella búsqueda era inútil.

Al regresar a Santiago, fui a la elegante casa de Belela Herrera. Quedaba en una zona bastante alejada del centro. Me sentía desarmada, con mucha tristeza. Me invitó con un whisky y a que pasara la noche allí. No acepté. No podía quedarme quieta: caminaba por el living como un estúpido muñeco de resortes. Hasta que en un momento ella dijo: “Mirá, ahora que pienso, hay un psicólogo uruguayo que vive en Valparaíso. ¿No sería bueno verlo?”

Quiso la casualidad que yo hubiera conocido a ese hombre en la época en que se había fundado el Colegio Latinoamericano, en Montevideo. Mis sobrinos habían sido alumnos pioneros de ese Colegio y había participado en algunas reuniones con él.

Pensando en verlo al otro día, esa noche fui a cenar a un restaurante cerca del hotel: mi tercera aduana. Quería comer un buen churrasco. Siempre ahorrando las palabras, ya que no sabía si en Chile se usaba la palabra “churrasco”, elegí de la lista lo que más se le parecía. Hice como que no entendía cuando el mozo preguntó si lo quería jugoso o bien cocido.

Mientras esperaba, la televisión comenzó a trasmitir un acto que se estaba realizando en esos momentos en las calles de Santiago. Empezaron a aparecer los generales, encabezados por Pinochet, con unos capotones negros gigantescos que les llegaban hasta los pies, con sus caras sombrías, inundadas de poder. Una multitud enardecida agitaba antorchas llameantes y voceaba al líder.

La mirada de Pinochet me atravesó. Hasta hoy me veo sentada en una mesa como si hubiera sido un pajarito mojado, esperando que un halcón me capturase. ¡Fue horrible!

Además, me pregunté: “¿Qué estoy haciendo acá? ¿Qué es lo que me espera?” Me atravesó un flash, pensando en Hitler.

Permanecí como hipnotizada, hasta que el mozo trajo el churrasco. Fue tal el miedo que tenía, que apenas lo probé. Pagué y volando fui a refugiarme al hotel.

Al otro día, toqué el timbre en el consultorio del psicólogo en Valparaíso. Me abrió él mismo la puerta, en un momento bien extraño. Estaba atendiendo a una niña autista. En muy pocas palabras, le expliqué el porqué de mi visita, luego de tantos años.

Con rapidez, me dio nombre y dirección de una muchacha que trabajaba en una escuela a la que concurrían los hijos de los presos políticos chilenos. Y cerró la puerta, apremiado.

En cuanto pude, tomé contacto con ella. Era una mujer de unos treinta años, igual que yo en aquella época. A partir de ese momento, a pesar de que el encuentro fue helado, orientó todo el trabajo en Valparaíso. La primera vez, hablamos solo lo necesario. Le di las fotos de los gurises y nos despedimos hasta el otro día. Supuse que ella podría desconfiar de mí, tanto como yo de ella. Yo pensaba: si es una militante clandestina, me puede mandar en cana. Quizás ella pensaba lo mismo de mí. Tras ese pensamiento, se me aparecía la adusta cara de Pinochet.

Esa noche me quedé en una especie de hostal, próximo a la ciudad de Valparaíso. Entre los tirantes del cuarto se colaba un viento afilado y frío. Era tal el miedo que, después de cerrar con llave, corrí contra la puerta los escasos muebles que había en la habitación. ¡Ridículo! Si venía la cana, de una patada podría abrir sin ningún problema.

Al otro día, la muchacha me llevó a un lugar que era como una especie de anfiteatro enorme, completamente vacío. En las gradas se sentó una señora. Le mostramos las dos fotos. Era funcionaria del orfanato (Casa de Menores) donde habían estado Anatole y Victoria. Inmediatamente los reconoció. Contó que los habían encontrado abandonados en la Plaza O’Higgins de Valparaíso. Sus palabras coincidieron con lo narrado en Caracas por otra de las funcionarias. Agregó que una pareja de chilenos los había adoptado. No dio nombres. En ese momento, pensé que quizás estábamos tras una pista veraz.

De allí, fuimos al consultorio de un dentista y nos sentamos en la sala de espera. Cuando nos hizo pasar, como si dedicara el tiempo en revisarnos la dentadura, le mostramos las fotos. El hombre no lo dudó: conocía perfectamente la historia y el nombre de su colega, la adopción de los niños y hasta la dirección donde vivían. Nos informó también que su encuentro en la plaza O’Higgins había sido publicado en los diarios chilenos. En uno de los reportajes de “El Mercurio” del 29 de diciembre de 1976, el periodista, a quien las expresiones “mamucha y papucho”, típicamente rioplatenses, le habían llamado la atención, escribió: “Parecen uruguayos o argentinos”.

A partir de ese momento, cayeron todas las barreras de desconfianza entre la muchacha y yo.  Me invitó a pasar la noche en su casa. Para mí fue como un regalo del cielo. Podría estar en territorio conocido, sin temor, sin alarmas. Hicimos un largo viaje en ómnibus. Aquella casa de tablones de madera se volvió mi hogar y sentí el calor de la amistad. Conversamos horas, contando la historia de nuestras vidas militantes, de nuestros hijos, lo que viniera. Dormí en la cama de uno de sus hijos, arropada en una manta de telar abrigada, muy pesada.

Alguien, no sé si fue el dentista o quien, nos había dicho que los niños iban a un Colegio de padres franceses. Así que al día siguiente fuimos al Colegio. Como era domingo no había clases. El Colegio estaba vacío. Queríamos corroborar si Anatole y Victoria estaban anotados allí. Nos abrió la puerta un sacerdote, muy amable. Fuimos a mirar el registro de los alumnos. El padre los conocía, de modo que enseguida los localizó, en las hojas de un cuaderno de tapas duras.

¡Cuál no sería mi sorpresa cuando veo que los dos estaban anotados con sus nombres verdaderos, aunque con otro apellido! No coincidían las fechas de nacimiento, pero la diferencia era mínima.

¡Ya era suficiente! ¡Eran ellos!

Nos dimos un fuerte abrazo con la muchacha. Fue de mucha emoción y de despedida.

A partir de ahí, lo único que quise fue irme. Primero fui a un locutorio. Llamé a París para avisar de la noticia, sin dar detalles. También a Sao Paulo.  Volví a Santiago, le avisé a Belela y me tomé el primer avión que salía para Sao Paulo, la última aduana. Otra vez el miedo. Tenía un dolor en las piernas impresionante.

Pasé migraciones sin problemas, siempre de boca cerrada. Me abrieron la valija y me sacaron una botellita de pisco que había comprado. Mientras lo hicieron, pensé que los milicos eran unas verdaderas ratas de caño.

Al fin, subí al avión. En el aeropuerto de Congonhas me esperaba todo el equipo de Clamor en un auto. La primera pregunta que me hicieron fue: “¿Vocé viu as crianças?”

Me pareció percibir la desilusión en sus caras. Pero después, cuando por segunda vez contaba, punto por punto, aquél increíble periplo tan intenso en tiempo real y subjetivo, no tuvieron dudas.

Este fue apenas el inicio de otra historia, semejante a los surcos que sin erque ni charangos, los mapuches fueron dejando por la cordillera de los Andes durante añares. Algunas pinceladas tomaron estado público en aquella época. Otras siguen siendo una macabra y cobarde incógnita.

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Hubo justicia
El juez federal Daniel Rafecas [1]acaba de dictar en la ciudad de Buenos Aires el procesamiento de los policías federales retirados Rolando Oscar Nerone y Oscar Roberto Gutiérrez, por su participación en la privación ilegal de la libertad de Victoria Grisonas. No así de Roger Julien, ya que todos los indicios en poder del juez apuntan a que se suicidó ingiriendo una cápsula de cianuro. Rafecas toma como ciertas las palabras de Álvaro Nores Montedónico, uruguayo, quien durante el juicio oral del año pasado recordó que mientras estuvo en Orletti, Gavazzo le aseguró que Roger había ingerido cianuro. Además, el juez acredita el testimonio en ese mismo sentido del informante que posibilitó encontrar a Simón, el hijo de Sara Méndez, y el de una vecina de la madre de Roger, Angélica Cáceres.
HOMBRES DE GORDON. Los agentes ahora procesados estaban vinculados al Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, y junto al otro policía Roberto Gómez Migenes, ya fallecido, participaron del operativo en San Martín. Hasta ahora solamente había podido acreditarse la presencia en esa jornada del agente de inteligencia argentino Eduardo Rufo. Todavía no se ha podido comprobar la participación de militares uruguayos, aunque los indicios señalan que los hombres de José Gavazzo debieron ser parte del espectacular y sangriento montaje.
[1] Brecha Edición 3030, 20 de mayo de 2011.

SANTA CRUZ DE LA SIERRA por Mariela Salaberry

En el período que viví en Brasil, no todo fue carnaval. Mientras no tuve un documento de residencia legalizado, viajé varias veces a la frontera, para regularizar mi situación. Necesitaba que me sellaran el pasaporte en Migraciones. Eran largos y tediosos viajes de ida y vuelta en ómnibus, hasta las Cataratas del Iguazú, junto con Lucía, mi hija. Allí obtenía esos sellitos de morondanga.

Una vez, pude acortarlos yendo en avión a Santa Cruz de la Sierra.  El viaje fue un placer. Servían unos panes riquísimos y comida boliviana abundante, de excelente sabor. No como esas de ahora, escasas y con gusto a heladera.

En Bolivia todo era más barato, así que elegí un Hotel con piscina y todo. Me quedé con poco dinero, sabiendo que al otro día regresaba a casa en Sao Paulo.

Esa noche dormí como piedra. Apenas me desperté, me apronté para volver. No tomó mucho tiempo. Sólo viajaba con una mochila verde, que hasta suerte me había dado de tanto usarla. Pagué el hotel y fui a la compañía de aviación a marcar el regreso.

Resultó que se necesitaba abonar una tasa extra, obligatoria, en dólares. No era mucho pero yo no lo sabía y no tenía aquel dinero, ni por lejos. Le expliqué a la muy arreglada señorita que me atendió, que nadie me había informado de ese pago suplementario. Apareció el “yo no tengo la culpa”, hermético e implacable, que tantas veces sucede en situaciones enojosas. Me dio mucha rabia.

Le sugerí que se comunicara a Sao Paulo, con la agencia que me había vendido el pasaje.  No funcionó. Volví al hotel a pedir un día más de alojamiento. Prometí el pago para el día siguiente, desde Sao Paulo. La negativa también fue rotunda. No tenía a quien recurrir. Mi marido estaba de viaje y no había manera de encontrarlo. Llamé también a una amiga brasileña. Estaba enferma, pero me prometió que no tardaría en enviar los famosos dólares. Sin alarmarlos, le avisé a mis suegros que iba a demorar un poco en llegar. Ellos se habían quedado en casa, con Lucía.

Salí caminando hacia una plaza. Los árboles eran altísimos, de hojas grandes y troncos enormes. Unos perezosos inmensos y peludos, de largas patas, colgaban inmóviles de las ramas. El calor era sofocante. Algunas cholas andaban en la vuelta, con sus pollerones, muy conversadoras. Pero no pude disfrutar del panorama boliviano, que sólo conocía por fotos e historias.

Busqué la sombra de un banco para sentarme. Lo único que me pasaba por la cabeza era que tenía que encontrar una solución. De pronto, vi una Iglesia. Tenía las puertas cerradas. Como un rayo, se me iluminó el pensamiento, empujado por la desesperación. Ahí me tienen que ayudar, pensé. Para eso se supone que existen las iglesias. ¿Por qué no a mí?

Ya era cerca del mediodía. El calor se tornó más intenso y húmedo. No recuerdo si toqué timbre en una puerta lateral o abordé a un cura, al que le expliqué lo que pasaba. Lo cierto es que fui a parar a un Colegio de monjas.

Al llegar allí, vi una larga cola de mendicantes esperando. ¡Cuánto quisiera tener hoy las palabras de los grandes maestros para describir aquél panorama! Ver aquello me dio la sensación de estar en el siglo XIX, en una de aquellas novelas de Dickens o Edmundo D’Amicis, que nunca más había vuelto a leer desde mi infancia.

Había gente sucia, con piel enferma y ropa desgarrada. Gestos serios y avejentados, espaldas curvadas, bocas sin dientes, feos olores, pies casi descalzos, cabellos largos enmarañados, engrasados. Algunos se despiojaban, como la cosa más natural de la vida. Todo era oscuro.

Allí me puse a esperar. Mi forma de vestir y mi aspecto desencajaban. Pero no pareció que mi presencia llamara la atención a ninguno de los mendigos. La monja que abrió la puerta, en un orden que abrevaba en siglos de compasión cristiana, nos fue dejando pasar. Fuimos entrando a un salón inmenso, con largas mesas de madera y muchos bancos. Todos nos acomodamos, sin apuro. Sobre platos descascarados, ella fue sirviendo, con un cucharón grande, un ensopado. Lo devoramos hasta la última gota. Nadie hablaba con nadie.

Terminado el sopón, esperé que todos se fueran para dirigirme a ella. Le expliqué lo que pasaba. Me oyó, parca. Se metió la mano en el bolsillo del hábito y empezó sacar moneditas. Bien contadas, una a una, me las dio; también me indicó un lugar donde podía pasar la noche. Supuse que tanta monedita debía provenir de las limosnas que recogían los monaguillos en la Iglesia, después de las misas.

Por muy poco dinero, alquilé una habitación compartida en una pensión. El sitio tenía un patio central, con un aljibe en el medio. A su alrededor, daban las puertas de varias habitaciones. Una rutina extraña invadió mis días: comer en el convento, levantar las moneditas, pagar la pensión, ir a la agencia de viajes a ver si mi amiga había enviado los dólares que faltaban y andar remoloneando por la ciudad. De la pensión al convento, del convento a la agencia, de la agencia a la plaza, alguna vez tratando de descubrir si los perezosos se movían o no.

La tarde era larga. Insistente, me daba otra pasada por la agencia de viajes.

Hasta que una mañana, la señorita que allí me atendía todos los días, cambió. Me dijo:

–Señora, mire, entre los empleados de acá juntamos el dinero que usted necesita para volver a Sao Paulo.

Yo no podía creer lo que oía. Pedí que me lo repitiera y me puse a llorar. Quise atravesar el mostrador para abrazarla. Viví un momento confuso. No estaba acostumbrada a tanta generosidad y, mucho menos, de personas que casi no me conocían. Los demás empleados seguían en sus tareas, como si nada hubiera ocurrido. Ella me dijo que esa misma tarde me podía ir. No me salían las palabras que, después de casi treinta años, quisiera haberle dicho. Fue un momento de mi vida tan intenso que hasta hoy me emociona y que deja estas palabras escritas en la mesa de mi cocina, con una estúpida birome bic.

Lo sucedido en Santa Cruz de la Sierra fue decisivo para que, de allí en adelante, rehuyera todo tipo de viaje a la frontera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOS CRIAMOS JUNTOS un relato de Mariela Salaberry

Entró a la oficina del periódico, casi sin saludar. Se sentó y se presentó como Julián. Estaba bien empilchado y peinado, como si hubiera salido de la ducha. Sacó un sobre de la campera y lo abrió. Era una foto. La miró. Parecía que no podía desprenderse de ella. Cuando pudo, me la mostró. En colores, tomada con una cámara simple, sin pretensiones, era la clásica foto de familia reunida detrás de una mesa, con un lindo mantel y una torta de cumpleaños infantil. La miré con curiosidad. Inmediatamente señaló a un muchacho que estaba de pie, rodeado de varias personas.

   –Mire, este es un torturador- dijo, todavía sin soltarla.

   La voz le temblaba. La mano también. Parpadeaba. Parecía apurado. Me la acercó un poco más y repitió, entrecortado:

   –Se lo juro por mi madre, es un hijo de puta, es milico, de Inteligencia. Es este, fíjese bien, éste-, agregó, apuntándolo con el dedo, golpeando sobre la imagen del sujeto, sin vacilar.

   El señalado era un hombre bastante joven, lentes culo de botella, vestido de pinta, con algo de bobón y gesto aburrido. Un tipo común y corriente, serio.

    Dejó la foto sobre la mesa y casi sin esperar, sacó del bolsillo la hoja de un diario. Allí había publicados varios nombres de represores. Uno de ellos estaba subrayado con birome. Dijo que era el de la foto: José Felipe Sande Lima.

   –Es él, es él. Lo conozco desde chico. Nos criamos juntos. Vive frente a mi carpinteria… Usted me tiene que creer… Esto que le digo es verdad. Lo conozco desde chico. Ahora me entero que es un semejante hijo de puta. ¿Usted se da cuenta? ¡Años pasé sin saber nada! Hasta jugábamos juntos.

   Mientras hablaba se movía, cruzaba y descruzaba las piernas. Las palabras se le atropellaban de tan rápido que hablaba. Insistía en que le tenía que creer, quizás porque a él mismo le costaba creerlo. Miraba la foto y fruncía el ceño, repitiendo varias veces con incredulidad:

   –Desde que era chico…, desde que era chico lo conozco, parece mentira–. Estaba furioso. Sufría.

            Quizás había sido la primera vez que hablaba de este asunto con alguien que no fueran sus compañeros de trabajo. Necesitaba confianza, mucha confianza para espantar la rabia.

   Me detuve a mirar la foto. La ingenuidad de la imagen me asombró. No era la primera vez que escuchaba historias que navegaban, como esa, entre la ficción y la realidad. Pero habíamos vivido tantas situaciones terribles en tan poco tiempo, que no podía darme el lujo de no escuchar bien a Julián.

   Le pregunté si había hablado con el milico. Me detuvo con un gesto firme:

   –Espere, espere. Ya le voy a contar lo que pasó–. Se acomodó en la silla. Pareció retomar algo de su compostura.

   –La cosa es así: yo tengo una barra de amigos, allá en Sayago, ¿sabe? Cada tanto nos juntamos en la carpintería a comer un asado. Cuando nos enteramos que éste era un torturador, por el diario, sabe, decidimos invitarlo a un asado y ahí, apretarlo, a ver qué decía.

   Parece que el whisky corrió a piacere y el asado también. Hasta que lo empezaron a acosar. Así lo contó Julián, ya sin ningún balbuceo, como quien cuenta una historia de misterio.

   –Contame como es tu trabajo –le dijo uno.

   –Tranquilo nomás.

   –Pero ¿qué es lo que tenés que hacer?

   –Soy secretario. Poca cosa.

   La rueda de amigos se le acercó, como bobeando.

   –¿Secretario? ¿De quién?

   Otro, un poco más audaz, haciéndose el distraído, preguntó:

   –¿Vos no serás secretario de Gavazzo? Yo me lo cruzo dos por tres cuando salgo de trabajar. ¡Qué tipo ese!

   –No me jodan. No vamos a ponernos a hablar de trabajo ahora. Es tardísimo. Además, la vieja no anda bien. Me tengo que ir. Ya saben cómo se pone si le llego tarde.

   –Pará un poquito… Vos sabés que tu vieja te va a esperar toda la vida. ¡Qué vieja la tuya! Del que no me acuerdo es de tu padre. Habría mucho para hablar. Pero eso, ahora, vamos a dejarlo.

    Así se fue alargando la conversación, por distintos caminos, hasta que uno fue al centro:

   –Mirá lo que dice este diario. Acá está tu nombre. Sos vos, -¿no?– ¿el que estaba ahí torturando gente?

   Dijo el carpintero que primero empezó a negar todo. Después, se cagó en los pantalones. La última frase que se oyó fue uno que le dijo:

   –¿Qué te parece si ahora que estás solito empezamos a hacer lo que vos hacías con los presos?

Entre aserrín y polvo, el milico no sabía qué hacer. Empezó a traspirar, parecía que iba a romper los lentes de tanto secar los cristales con la punta de la camisa.  Al dar un paso atrás, casi se cae sobre un banquito de madera. Hasta que, trastabillando, logró salir.

   –Lo dejamos-, contó Julián. -¿Qué más podíamos hacer? ¿Ustedes pueden hacer algo? ¿No pueden tratar de hablar con él a ver si confiesa?

   Yo estaba helada. Vivía aún en la etapa de esconder las emociones, así que disimulé. No me había perdido ni una de las palabras de Julián. Creí en su sinceridad. Me despedí de él y guardé la foto en mi agenda para mostrársela a los compañeros que habían sido detenidos por Gavazzo y su banda, los del grupo llamado en la jerga de inteligencia militar “300 Carlos”. Sande Lima era el 311.

   Lo reconocieron inmediatamente. Era el que los golpeaba cuando estaban en el suelo, después que las sesiones de tortura más terribles habían terminado. Lo hacía sin que le dieran órdenes.

   A los pocos días, vino de Buenos Aires un abogado que trabajaba, tenaz y firme, en la investigación de los uruguayos desaparecidos en Buenos Aires. Cuando le conté esta historia, me propuso intentar ver al sujeto. Julián nos dio la dirección de la casa, bajo promesa de que no dijéramos que era él quien nos la había dado. Fuimos. No sabíamos bien qué íbamos a hacer, pero fuimos. Golpeamos la puerta, hasta que una señora la entreabrió, con la cadena puesta. Apenas preguntamos, con nombre y apellido, la cerró de un golpe.

   Fui a ver a Julián y le conté. Me dijo que después del famoso asado, el milico había desaparecido del barrio.

   –Acá, nosotros lo quemamos con la gente que lo conocía. Todo el mundo le dejó de hablar. Y ¿sabe una cosa? Estaba por casarse, y cuando la novia se enteró, también lo dejó.

   No podría decir que Julián estaba contento. Pero la pequeña venganza ciudadana parecía haberlo dejado más tranquilo.

   Pasados unos días, Sande Lima subió al mismo ómnibus que yo, con los mismos lentes culo de botella y el mismo aire insulso. Me dio mucho miedo. Un miedo que creía que la vida había diluído. Pero no. Reapareció en ese cotidiano y vulgar trayecto en ómnibus.

Demasiados, vergonzantes años después, entre los pocos milicos enjuiciados, fue procesado por “homicidio muy especialmente agravado”. Y por estafa.

J. Sande Lima