Escribe Pablo Anzalone

La izquierda uruguaya forjó una ética a partir de muchas décadas de luchas. En sus distintas vertientes existieron gestas y figuras que fueron referentes éticos muy fuertes. La revolución rusa, la guerra civil española, la revolución cubana, influyeron mucho también en ese plano. Desde el 68 en adelante nuestras propias luchas construyeron nuevos ejemplos, mártires, grandes dirigentes y también heroicidades colectivas, anónimas. En esos cinco años hasta el golpe de Estado el Uruguay cambió y la izquierda también. La experiencia de participación de muchos miles de hombres y mujeres, la represión sistemática como forma de gobierno, las resistencias múltiples y al mismo tiempo los sueños de un mundo distinto,crearon una situación nueva en el plano de los valores. Para muchos de nosotros la apelación del Che al “hombre nuevo” y los valores ideológicos, en contraposición con las concepciones economicistas, eran una guía. No sólo una parte esencial de un proyecto finalista sino una referencia de vida, más fuerte que la posibilidad de perderla. Siempre la asocié a los viejos anarquistas, a la frase de Buenaventura Durruti “Crearemos un mundo nuevo porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”, que tantas veces le escuché a León Duarte.
Digo esto sin perjuicio de los graves errores políticos, teóricos y aún humanos que cometimos todas las vertientes de la izquierda en aquellos tiempos. Estamos hablando de ética y de valores ideológicos.
La dictadura marcó a fuego la década siguiente. La dignidad estuvo en la resistencia ante el autoritarismo en todos lados, en la cárcel y la tortura, en los lugares de trabajo, los centros de estudio, los barrios. El Frente Amplio creó una mística y una ética colectivas más allá de los sectores. Figuras como Seregni, Licandro y otros, jugaron un rol clave en ella.
La llegada al gobierno primero en Montevideo, luego a nivel nacional y en varias intendencias y sobre todo la práctica de gobernar estos 12 años generó una situación distinta.
Los valores no están separados de las luchas, se forjan en ellas como fenómenos colectivos. Y la reducción de la política a la labor de gobierno debilitó ese componente. Detentar una posición de poder tiende a cambiar a las personas y también a los colectivos. Aunque eso no llegue a ser corrupción estimula una lógica de conformismo, de pérdida del impulso transformador y de defensa de los espacios de poder o de micropoder. No siempre es así pero esas tendencias existen en muchas experiencias. Es una contradicción, porque cambiar la realidad requiere la gestación de poderes acordes a los desafíos, llegar al gobierno es el resultado de muchas luchas y los gobiernos (nacional, departamental o municipal) detentan una parte de esos poderes.

Pero también la sociedad cambió en Uruguay y en el mundo. Han perdido fuerza o incluso desaparecieron las conformaciones ideológicas fuertes, sólidas. Existe una desideologización que viene de la mano de la modernidad, el consumismo y la lógica hegemónica del mercado.

Zygmunt Bauman sostiene que “en el mundo de la modernidad líquida, la solidez de las cosas, como ocurre con la solidez de los vínculos humanos, se interpreta como una amenaza. Cualquier juramento de lealtad, cualquier compromiso a largo plazo (y mucho más un compromiso eterno) auguran un futuro cargado de obligaciones que (inevitablemente) restringiría la libertad de movimiento y reduciría la capacidad de aprovechar las nuevas y todavía desconocidas oportunidades en el momento en que (inevitablemente) se presenten”. La modernidad actual es “un estado de cosas en el que los individuos, convertidos en consumidores, han perdido contacto con todas las referencias ideológicas, sociales y de comportamiento que habían determinado su actuación en siglos anteriores”. Otros autores como Dany-Robert Dufour, sostienen que «el capitalismo sueña no sólo con ampliar [… ] el territorio en el que todo objeto es una mercancía (derechos sobre el agua, derechos sobre el genoma y sobre todas las especies vivas, órganos humanos […]) hasta los límites del globo; también procura expandirlo en profundidad a fin de abarcar los asuntos privados, alguna vez a cargo del individuo (subjetividad, sexualidad […]) ahora incluidos en la categoría de mercancía”.
Dice Bauman que “la “disolución de los sólidos”, el rasgo permanente de la modernidad, ha adquirido por lo tanto un nuevo significado… Los sólidos que han sido sometidos a la disolución, y que se están derritiendo en este momento, el momento de la modernidad fluida, son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivos ”.

La corrupción estatal en el imaginario occidental era un tema de “repúblicas bananeras” . Colocar en ese cajón al Estado Mexicano es difícil. Sin embargo allí la corrupción y el contubernio con el narcotráfico tienen como consecuencia la masacre sistemática de la población. Pagan un precio altísimo como sociedad y sin embargo continúa funcionando así. En Brasil la corrupción llegó a ser una forma de asegurar gobernabilidad. Es particularmente grave que no sólo haya alcanzado al PMDB eterno aliado del gobierno que sea o a la derecha organizada en el PSDB, sino también al PT, el partido de izquierda más grande e importante de América, una esperanza para millones. La corrupción del Partido Popular en Valencia muestra como la derecha europea abrazada al neoliberalismo y capaz de imponer los mayores sacrificios a la población en función de reducir el déficit fiscal, es permeable y cómplice. En este mismo período asistimos al desvelamiento de la corrupción enorme, brutal, en la FIFA, un imperio sin controles, que maneja el deporte más popular del mundo. El caso de Figueredo muestra, a su vez, la complicidad de un conjunto de instituciones financieras, inmobiliarias, jurídicas para que se “lavara” ese dinero de la corrupción.
En otros tiempos la corrupción era Somoza, Stroessner, Batista, y luego en los años 90 fue Menem o Color de Mello.
Hace tiempo que apareció también en fuerzas de izquierda, aunque debe diferenciarse la identificación de casos aislados, de la conformación de sistemas y prácticas donde la corrupción hegemoniza. Un clima ideológico muy fuerte en los valores puede ser una vacuna que reduzca la posibilidad de aparición aunque no la pueda evitar completamente. Entonces un elemento clave son los antídotos a ese veneno. Es decir la forma como las organizaciones políticas reaccionan ante la existencia de hechos de corrupción, su capacidad de sancionarlos.

En esta “sociedad de la modernidad líquida” hay anclas que nos permiten pararnos en política y en la vida. El pensamiento crítico, la rebelión ante las desigualdades, la ética política, son las más importantes.
La ética es una cuestión fundamental para gobernar y una de las condiciones para la credibilidad de los gobernantes. Transparencia y ética van juntas en estos tiempos. El rol de los organismos de contralor como el Tribunal de Cuentas, la Auditoría General de la Nación, el Tribunal de lo Contencioso, la Junta de Transparencia, es importante, pero podría mejorarse. Al mismo tiempo campos tan relevantes como la financiación de los partidos y las campañas electorales no tienen la regulación y el control necesarios. Faltan leyes e instituciones capaces de controlar (la Corte Electoral no tiene condiciones para ello). Las comisiones parlamentarias o la participación de la oposición en los directorios de los entes han tenido resultados dispares. Aunque muchas veces se mezclan, asociar ética y transparencia con debates partidarios (externos o internos) genera distorsiones. En los debates partidarios demasiadas veces el objetivo es desprestigiar al otro. Cuando se ponen en marcha verdaderos operativos políticos como en el caso de la investigadora de Ancap, se mezclan argumentos completamente infundados con críticas que pueden ser válidas a aspectos de la gestión, y el aderezo son discursos grandilocuentes e insultos sin pruebas.
El Frente Amplio ha tenido durante muchos años un Tribunal de Conducta Política integrado por referentes intachables que han cumplido un rol trascendente en este plano.
Mirando la situación de las concepciones críticas en el mundo, observando el contexto regional, la ética política es un elemento fundamental. Sin caza de brujas, pero sin indulgencia ni permisividad, reafirmando valores colectivamente.

Una versión resumida de este artículo fue publicado en Voces.