MODERNIZACIÓN Y CLASES SOCIALES EN BRASIL por Pablo Anzalone

En varios de sus trabajos académicos, pero en particular en su último libro, A elite do atraso. Da excravidao a Lava Jato,1 Jessé Souza, uno de los teóricos e investigadores más relevantes de Brasil, se plantea un ambicioso propósito teórico: generar una nueva concepción del Brasil moderno y de sus raíces. Retomando ideas de Gilberto Freyre, Florestan Fernandes y otros autores, criticándolas y reconstruyéndolas, cuestiona duramente la idea de continuidad con Portugal y la corrupción heredada como problema central del Brasil. Ese lugar clave lo ocupa en cambio la esclavitud y sus efectos, el abandono sistemático de las clases humilladas, estigmatizadas y perseguidas, las relaciones de dominación entre clases sociales, la lucha de clases. Polemizando con enfoques economicistas (tanto liberales como marxistas) de las clases sociales, Souza afirma que la dinámica de las clases, sus intereses y luchas son la clave para entender lo más importante que sucede en la sociedad, pero ellas no son meras relaciones económicas ni la única motivación del comportamiento humano es, en última instancia, económica.

Mientras el liberalismo define las clases por la renta de los individuos, el marxismo lo hace por el lugar en la producción. Sin embargo, esos enfoques son limitados, funcionan hasta cierto punto cuando se trata de adultos, pero no cuando nos referimos a adolescentes o niños. En la percepción de las clases y sus luchas, la socialización familiar diferencial es un aspecto clave. Para Souza, en el capitalismo se procura explicar las cosas en base exclusivamente al intercambio de mercancías, al poder y el dinero. Pero esa relación no es verdadera. Por detrás del dinero y el poder opera la jerarquía moral que determina las conductas. Toda dominación necesita de justificación social y política. En un momento fue la iglesia cristiana, que, tomando ideas de Platón sobre la virtud como dominio del espíritu sobre el cuerpo, las matrizó en la sociedad durante siglos. Eso condujo a la idea de que los latinoamericanos (y los brasileños en particular) son seres moralmente inferiores.

Con la modernización capitalista el rol de legitimación de las relaciones fácticas de dominación pasó al “prestigio científico”. Esa nueva jerarquía moral funciona en forma más eficiente aún porque no aparece claramente su origen. Tampoco percibimos la eficacia de las ideas. Toda la dimensión simbólica tiende a ser olvidada en su rol determinante de la acción social. La ciencia moderna se basa en un pre-supuesto, que es falso y racista, pero influye sobre las ideas y los comportamientos. La teoría de la modernización es una especie de “sentido común mundial” que se basa en la imitación acrítica de los modelos europeos y norteamericano, fijando una jerarquía moral entre los países, entre espíritu y cuerpo, entre personas de primera clase y de segunda clase. Esa teoría justifica la pobreza como algo transitorio, atrasos en el camino hacia el destino manifiesto que es la sociedad europea o norteamericana.

Las clases sociales son para Souza un fenómeno sociocultural y no sólo económico. Hay un aprendizaje que determina la pertenencia a una u otra clase, y por lo tanto el éxito o el fracaso social. En el proceso de modernización de Brasil, un elemento fundamental es la creación de una “ralea de nuevos esclavos” como continuidad de la esclavitud. La conformación de esta clase explica de manera significativa la situación social, económica y política brasileña. Las investigaciones empíricas de Souza en 2009 muestran que la situación de la “ralea de nuevos esclavos” no cambió mucho desde la esclavitud. La constitución del “negro” como “enemigo del orden”, la propiedad y la seguridad pública justifica la represión sistematizada por la Policía, que opera como intimidación y control de los sectores más pobres. Estos excluidos de hoy, la “ralea de los nuevos esclavos”, recibieron una pesada herencia de odio y desprecio contra los más débiles; dicha herencia viene de la humillación propia de la esclavitud, ya que no hubo quiebre sino continuidad, a pesar de su abolición formal. Esas clases populares en Brasil no fueron solamente abandonadas a su suerte luego de la abolición de la esclavitud, sino también “humilladas, engañadas, tuvieron su formación familiar conscientemente perjudicada y fueron víctimas de todo tipo de preconcepto, sea en la esclavitud como hoy en día” (Souza, 2017).

A diferencia de lo que postulan las concepciones liberales, la inclusión de sectores sociales postergados no es nunca un resultado “natural” del crecimiento económico y la expansión del mercado. Por el contrario, surge de un proceso político colectivo, un “aprendizaje”. El mercado, por sí solo, tiende a utilizar esa marginación en beneficio de las clases superiores; este no es un estado transitorio sino una herencia que se reproduce de generación en generación.

Sin embargo, el capitalismo se diferencia del orden esclavista porque en este último las posiciones sociales son visibles claramente por el fenotipo y el estatus de origen. En cambio, en el capitalismo las desigualdades son producidas de una forma que no es transparente para las personas.

Para sostener sus privilegios, las clases dominantes deben poseer alguna forma de capital: económico, social (relaciones personales) y cultural. Los tres tipos más importantes de capital operan juntos y esa conjunción determina la posición relativa de poder y prestigio de las distintas clases. No obstante, por debajo de la élite económica la lucha mayor es por el acceso al capital cultural. Mientras el capital económico se concentra cada vez más y se transmite por herencia, el capital cultural, entendido como posesión de conocimiento útil y reconocido, es el único que el capitalismo se planteó democratizar, aunque en grados muy desiguales. Además de la contienda por los distintos capitales mencionados, la lucha de clases incluye y requiere una justificación de los privilegios, y en ese sentido es también una lucha por las interpretaciones y legitimaciones de las posiciones de clase.

Las clases son mecanismos de reproducción de privilegios. La élite está en la cima y domina a la clase media por las ideas. Los medios de comunicación juegan un rol importante en esa construcción, pero la prensa distribuye las ideas, no las crea. Quienes las crean son los intelectuales, sustitutos modernos de los profetas religiosos. Por esos motivos la élite crea la Universidad del Estado de San Pablo (USP) y luego más universidades. Se forja una ideología dominante en Brasil en los años 20 y 30 que tiene su punto de apoyo inicial en la obra de Gilberto Freyre, luego en Sérgio Buarque y más adelante en otros teóricos. Se generan un conjunto de instituciones de enorme influencia en la sociedad.

Brasil es la mayor sociedad esclavista de la historia de la humanidad. Sin embargo, las concepciones dominantes consideran el esclavismo como un aspecto secundario y ponen el acento en la herencia de Portugal y en la corrupción de la política. Esas concepciones hegemónicas son las teorías del culturalismo que se van a presentar como si fueran una ruptura con el racismo, con la idea de que el stock cultural sustituye al racismo. La concepción hegemónica es culturalista y racista. Distorsiona el conflicto de clases colocando en su lugar una contradicción falsa entre Estado patrimonial corrupto y mercado virtuoso. Orienta así el pensamiento sobre los problemas brasileños desde las ideas claves de patrimonialismo y populismo, dos invenciones que son funcionales a la alianza antipopular en Brasil desde 1930. Construyen la oposición binaria moderno/tradicional, que se vincula a la dualidad espíritu/cuerpo. Todas las relaciones actuales están marcadas por la relación del espíritu y el cuerpo. Incluso la relación de hombre y mujer, asignando al hombre el carácter racional y a la mujer lo afectivo. Las clases superiores se dedican a trabajar con el espíritu y las clases subalternas al trabajo manual.

La generalización del racismo culturalista norteamericano y de la teoría de la modernización fue una política de Estado desde el presidente Truman en la posguerra, que invirtió mucho dinero para convertirla en un paradigma universal; muchos trabajos académicos fueron financiados para convencer de que Estados Unidos era el modelo universal y los demás países simplemente avances incompletos hacia él.

Souza reivindica que sólo un pensamiento totalizador puede dar sentido a estos procesos y respuesta convincente a las tres grandes cuestiones que desafían a individuos y sociedades: ¿de dónde venimos?, ¿quiénes somos?, ¿para dónde vamos? Sérgio Buarque construye una narrativa totalizadora del Brasil y de su historia que no deja lagunas, produciendo una legitimación completa para la dominación oligárquica y antipopular con la apariencia de estar haciendo crítica social. Mientras estas ideas conciben la corrupción dentro del Estado y la política, omiten y ocultan la verdadera corrupción, legitimada e invisibilizada, que consiste en traspasar las empresas estatales y las riquezas del país a capitales extranjeros y nacionales. Ese es el sentido último de la Operación Lava Jato.

Para Souza, períodos de crisis como el que vive Brasil hoy son una oportunidad única, porque en las crisis la legitimación pierde su “naturalidad” y es susceptible de ser deconstruida.

Sin embargo, la crítica no basta sin la elaboración de una nueva concepción global que sea mejor que el paradigma anterior. Para eso define tres ejes conceptuales: a) tomar la experiencia de la esclavitud como elemento explicativo central de la sociedad brasileña en lugar de la continuidad con Portugal y su patrimonialismo. La sociabilidad que surge de la esclavitud es excluyente y perversa. Continúa porque no fue comprendida y criticada a fondo. b) Un segundo eje es la percepción de que el patrón histórico de las luchas políticas del Brasil moderno puede ser analizado en función de la lucha de clases y por las alianzas y preconceptos que esta lucha genera, más que por cualquier otro factor explicativo, con la salvedad de que no deben concebirse las clases de un modo economicista sino como construcciones socioculturales donde la socialización familiar juega un rol fundamental. c) El tercer eje es la necesidad de un diagnóstico más profundo del momento actual, que demuestren la eficacia de esta nueva concepción frente al paradigma “racista culturalista”.

Es un enfoque innovador y polémico, que enriquece el análisis de los procesos recientes en Brasil desde una mirada que recoloca la importancia de los aspectos simbólicos en la lucha política y social. La capacidad de la élite de hegemonizar a la clase media y movilizarla contra el Partido de los Trabajadores, y los errores de este para fortalecer una alianza entre la clase trabajadora y la ralea, aparecen como dos conceptos fuertes en la coyuntura brasileña, tanto pasada como futura.

Publicado en La Diaria el 30 de mayo de 2018 |

Constanza Moreira opina sobre Uruguay, la región y el mundo en el ciclo de debates sobre la crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda II

Segunda parte de la disertación de Constanza Moreira durante la mesa redonda sobre Uruguay, la región y el mundo del ciclo de debates La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda, y comienzo del intercambio con preguntas y respuestas de los panelistas. En la mesa redonda  participaron también, Milton Romani, Roberto Conde, Pablo Anzalone, Javier Cousillas, Mónica Xavier y Lucas Silva. La misma tuvo lugar el 10 de setiembre de 2015 en la Huella de Seregni.

¿Lucha de clases?

En el Ciclo de debates sobre la Crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda, Roberto Conde responde a preguntas sobre la lucha de clases.La mesa redonda estuvo dedicada al análisis del Uruguay, la región y el mundo en la que participaron también, Milton Romani, Constanza Moreira, Pablo Anzalone, Javier Cousillas, Mónica Xavier y Lucas Silva. La misma tuvo lugar el 10 de setiembre de 2015 en la Huella de Seregni.

Un paro que se instala en el centro de la escena política

Escribe Pablo Anzalone

El paro general del próximo 6 de agosto se gestó en un momento político distinto al actual.
La detención abrupta de las obras del Antel Arena y las pautas salariales presentadas por el gobierno, sorprendieron a todos los actores incluyendo al movimiento sindical.
Durante varios meses el discurso predominante del gobierno fue la contracción de los gastos públicos y la reducción del déficit fiscal, frente a un panorama internacional y regional amenazante. Desde antes de comenzar la discusión presupuestal el mensaje era muy claro y fuerte. La reiteración, el énfasis y la ausencia de otros tópicos, configuraron un efecto “procíclico”, influyendo sobre las percepciones y las expectativas de la población. Tal impacto tuvo este discurso que la almacenera de la esquina de casa me dijo preocupada, “esto viene muy mal, ya lo están diciendo”. O como decía un amigo mío, “tanto hablar de crisis, vamos a terminar teniendo una”. Y uno que es desconfiado iba pensando si sabrían de alguna catástrofe internacional que desconocíamos. Llama la atención el rápido reacomodamiento de las cámaras patronales para sacar provecho de la supuesta crisis.

Aunque ese discurso estaba penetrando en la sociedad, ambas medidas sorprendieron porque había habido señales muy distintas cuando Tabaré Vázquez intervino en la apertura del congreso del PIT CNT por primera vez en la historia del movimiento obrero. Tabaré hizo un discurso muy fuerte y elocuente, que no dejaba dudas del compromiso de su gobierno con el pueblo trabajador. Y más tarde trascendió que había planteado la necesidad de “un giro a la izquierda” en el gabinete.
En todas las instancias presupuestales y de Consejos de Salarios los trabajadores organizados se han movilizado. No es novedad. El PIT CNT ha logrado una estrategia que mantiene la movilización sin por ello confundirse sobre el carácter del gobierno frenteamplista, sin ponerse en la oposición ni sumar con ella. Tal vez por eso ha crecido constantemente en afiliados y las tendencias divisionistas no han prosperado.
Casi todo el mundo hubiera aceptado que se ajustaran los tiempos de la obra del Antel Arena, pero el golpe de efecto de su cierre fue demasiado. Por si fuera poco, pautas salariales sin ajuste por inflación no son aceptables para ninguna organización sindical.
La reacción sindical y de otros actores estuvo acorde a estas circunstancias.
Pero el gobierno dio muestras de no estar sordo ni tener el piloto automático. Tabaré Vázquez cambió la coyuntura con varias señales políticas fuertes, la mayor, una presentación de las inversiones previstas para el quinquenio, con un discurso contrario a la idea de crisis, desmintiendo enfáticamente que se apueste al achique. Se puede discutir que haya incluido un tercio de inversiones privadas (por ahora teóricas). O calcular la relación Inversiones/ PBI para relativizar los anuncios. Pero el sentido político es muy claro y constituye un giro significativo. También Astori ha corregido su discurso en consonancia con la señal presidencial. No es un hecho menor para un gobierno con este elevado nivel de aprobación . La búsqueda de otra financiación para el Antel Arena y el compromiso de culminar buena parte de la obra en este período, descomprimen el tema. Simultáneamente se instaló un proceso de negociación hacia los Consejos de Salarios cuyos alcances todavía no están claros.
Por otro lado subsisten áreas sensibles como la enseñanza donde no se está logrando generar un clima de diálogo que incluya tanto recursos como políticas a llevar adelante.
Mientras la oposición festeja la Comisión Investigadora de ANCAP como si fuera el gol de la victoria, el movimiento obrero pone sobre la mesa un conjunto de propuestas serias para el presupuesto nacional. Se podrá coincidir o no con ellas pero son coherentes y merecen la consideración de todos los actores de la sociedad. Es un debate de fondo. Vale la pena.

Publicado en el semanario Voces