AL EN TIEMPOS ELECTORALES (final) por Ruben Montedónico

In memorian: Jorge Gebelin, compañero, amigo querido

De acuerdo con algunos analistas la vuelta de la derecha se acepta como inevitable en América Latina y las elecciones de 2018 servirán para demostrar esta tendencia. Ese circunscribir dicho retorno se rompe cuando vemos más allá de las fronteras hemisféricas y observamos el acontecer en el Atlántico norte. Hace un par de años en Voces advertíamos el fenómeno europeo del renacimiento de poderosas fuerzas ultraderechistas en paralelo con las realidades de una migración descontrolada desde África subsahariana y Oriente.

Se advertía por entonces la detección en Austria del renacer de una formación extremista liderada por Joerg Haider que promovía a su candidato presidencial Norbert Hofer. Junto con la advertencia apuntábamos que varios partidos del tipo eran parte de los poderes ejecutivos de países de la región. En Grecia, se identificó a Amanecer Dorado y su principal dirigente, Nikos Michaloliakos -teleconductor encarcelado, acusado de gestionar una organización criminal– o los casos de Hungría, gobernada por Víktor Orbán y de Finlandia con el ministro de exteriores Timo Soini. Con seguridad se recuerdan y mencionan más los casos de Francia, por los avances políticos de Marine Le Pen, y al Partido de la Liberad en Holanda, de Geert Wilders. Y así podría seguirse recorriendo Europa.

El denominador común de estos agrupamientos -muchos de ellos triunfantes- es hoy la situación migratoria de la Europa atlántico-mediterránea que no se presentaba con tanta profundidad desde el final de la Segunda Guerra. Las autoridades de la Unión Europea parten -y así lo trasmiten a la población- del análisis basado en la existencia de una migración masiva que entiende como cuerpo extraño e invasor que no sólo ocupa puestos de empleo de los que carecen los trabajadores autóctonos sino que interpretan -alegan- para destruir creencias religiosas y la cultura occidental.

Mientras escribo estas líneas nos enteramos que un delincuente que dirige Forza Italia, miembro de una coalición, el resucitado Silvio Berlusconi -en unión con los xenófobos de la Liga del Norte y los neofascistas Hermanos de Italia- es factible que intervenga en la formación del próximo gobierno y llegue a proponer al nuevo primer ministro.

De regreso a América, no debe extrañar que si Trump desligó a EE.UU. del Acuerdo de París sobre cambio climático -en la práctica algo similar a decirle a Macron “va te faire foutre”- no debiera esperarse de él expresiones de menor intensidadmenos fraternas, de llegar a presentarse en la panamericana Cumbre de Lima, esa suerte de OEA bis. Por cierto, con Luis Almagro reverdeció aquello de apodar a la OEA “ministerio de colonias” o preferiblemente -como propone mi estimado Eduardo Contreras- la “yegua madrina del imperialismo”.

Con expresiones de derecha neoliberal que amenazan volver a hacerse de los gobiernos de la subregión según avistamientos de muchos -como me comenta Carlos Ruiz, desde México, con un ejemplo- queda claro, al igual que en el caso brasileño de Temer que “la gran mayoría no quiere que esté donde está, pero ahí está y esa es una de las muchas perversidades de la denominada democracia. Logran imponerse recorriendo callejones legales -en el mejor de los casos- o cínicamente mediante un golpe ‘técnico’ de Estado”. Regresan “para defender las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos” (extraído del último discurso del presidente Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973).

En este punto, atento a lo planteado, sostengo de nueva cuenta que algo similar a lo actual preveía -sin intención de apostrofar la pregunta retórica “¿vieron que tenía razón?”-: la derecha siempre pretenderá el gobierno del Estado como complemento indispensable para cumplir su vocación de poder; enaltecerá y pondrá como ejemplo a seguir lo que las derechas aplican en otros países; buscará el apoyo de aquellos conjuntos que tradicionalmente han servido a sus fines, como es el caso de las fuerzas armadas y en algunos casos las policiales; atacará frontal y/o subrepticiamente a las organizaciones de izquierda, gobiernos progresistas y organizaciones populares; se auxiliará para tales cometidos de los medios de comunicación que controla; se unirá a conglomerados internacionales acordes con su idealidad y ofrecerá servicios -a la vez que demandará apoyos- de instituciones afines al capitalismo, la “libre empresa” -privatización para la globalización- y se ofrecerá al imperialismo como intermediario dependiente.

Esto último con  base en que Trump funciona como una aplanadora frente a la debilidad ideológica de quienes dicen ser representantes de las fuerzas populares, aunque es de dominio público que se trata de un tirifilo de ocurrencias irrealizables. A cualquier tipo de política de conciliación de los gobiernos progres, incapaces de sostener una firme acción anticapitalista, antepondrán el desarme y la destrucción de la disidencia. De cara a los meandros y los circunloquios de lo que denominan populismo, exigirán voces de orden que conlleven mayores índices de represión.

A pesar de mi lejanía con todo confesionalismo, aplaudo lo dicho recientemente por un hombre de iglesia, Pedro Pierre. “El pueblo de los pobres de la ciudad y del campo no ha dejado nunca de protestar y enfrentar la dominación de las minorías adineradas de cada país que los despojaron de sus tierras. (…) Resisten las imposiciones capitalistas que promueven el consumo masivo de drogas, una tecnología que nos embrutece, un consumismo adormecedor, una manipulación mediática constante, unas creencias deshumanizantes…”. América Latina es el gran caldo de cultivo de una nueva humanidad, pues hemos comprendido que “si la vida que vivimos no es digna, la dignidad es luchar para cambiarlo”, rubrica.

Un claro ejemplo de la insuficiencia demostrada por los gobiernos progresistas y que apuntamos como parte contribuyente a la posibilidad de deriva en una renovada preeminencia política de la derecha en Latinoamérica -superando y anulando los pasos positivos dados en la última década- es el de la integración regional. De acuerdo con toda evidencia, ésta no pasó del discurso y las gargantas; la integridad y la superioridad ética de la izquierda quedó por el camino. Es en cierta medida lógico que el ciudadano -a merced del sistema, sus variaciones y perversidades- busque nuevos horizontes, en ciertos casos equivocándose e inclinándose por quienes ejercen medios -incluso inicuos- de dominación.

Si se proponen formas de cambio en términos de eficiencia y de productividad, se debe establecer que sus prácticas y acciones nunca harán del trabajador un expoliado: lo deben unir a otros, hacerlo comunitario e intentar liberarlo de la alienación. Un paso en el triunfo sobre el modelo de explotación capitalista sólo será posible en tanto tengamos la virtud de imaginar y crear un modo, una forma o sistema, absolutamente diferente al que hemos tenido por siglos.

Sin ningún ánimo de pontificar -entendido como expresión dogmática dada con aire de suficiencia- e indicar cuál camino recorrer, sí entiendo que sin una teoría firme de cambio, no hay cambio posible. O como bien señalaban y señalan quienes se alinean con la izquierda: sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario. Claro está que en el presente momento no estamos apuntando a la superación de modelo por un implante socialista que no se encuentra en el horizonte de aspiraciones democráticas de las grandes mayorías. De lo que se trata en estas circunstancias es del fortalecimiento del espacio público para usufructo de los más, que supone el abandono del modelo capitalista que privilegia el individualismo, teñido de ambiciones consumistas -en general insatisfechas- que exacerban y profundizan confrontaciones de clase.

Publicado en VOCES

AL EN TIEMPOS ELECTORALES (I) por Ruben Montedónico

Gran actividad regional presenta 2018 con elecciones en Venezuela, Colombia (que tendrá, además, legislativas) Cuba (parlamentarias y escogencia del sustituto de Raúl Castro), Paraguay, México y Brasil. Se suma la segunda vuelta en Costa Rica entre Fabricio y Carlos Alvarado, con homonimia de apellidos que llevó a considerar que eran familiares -me incluyo- lo que no es así.

El público recibe en general opiniones de diversa índole, interés y calidad, las que podemos agrupar en dos bloques: uno referido a los actos preelectorales y lo acontecido con los propios elegidos, el papel de las encuestas y hasta los niveles de concurrencia a sufragar. El otro, sobre el grupo de países por su atracción y repercusiones en los demás -política y económicamente-: Venezuela, México, Colombia y Brasil. En ambos casos, lo que más hay es el análisis político-sociológico acerca de gobiernos tenidos como populistas, progresistas o izquierdistas que inauguraron tiempos de cambio al vencer a partidos tradicionales: circula una corriente -expandida por los medios masivos y las agencias internacionales- que augura el retorno de las derechas como resultado comicial en la mayoría de los casos.

En varios países se asocia política con corrupción y aún en aquellas naciones que distan dos o tres años para sus elecciones, gobiernos y oposiciones calculan acciones en función de consecuencias partidarias y eventuales candidaturas.

Jorge Majfud indica que nadie niega que la corrupción “es un problema apremiante, grave y permanente, tanto en América Latina como en el resto del mundo. La cuestión radica en quiénes y cuándo visibilizan el asunto y con qué fines”. No existe casualidad que la lucha contra la corrupción sea parte de la agenda central de empresas de comunicación internacionales y de la Casa Blanca: judicializar la política es una práctica concertada para atacar dirigencias consideradas progresistas.

En América Latina, durante las décadas de los 80 y 90 se ejecutó un pacto entre medios de comunicación, organizaciones internacionales de finanzas y oligarquías locales para, en nombre del combate a la corrupción, llevar a cabo ajustes estructurales que angostaron el Estado, privatizando propiedades y servicios públicos y así despolitizar sociedades. El neoliberalismo se incrustó en la región y las grandes mayorías se vieron afectadas estructuralmente al ser limitadas en el acceso público.

Sin embargo, los grandes medios ocultan que los Flujos Financieros Ilegales (FFI) de las trasnacionales -denunciados por la CEPAL- hacen que América Latina deje de percibir un 4.64% del PIB regional. Con respecto a los ingresos fiscales del gobierno central dichas regalías representan regionalmente cerca del 34% de los ingresos tributarios de cada gobierno. La falsa facturación del comercio internacional como porcentaje del PBI representa en el caso Uruguay 8,4%, según un cuadro de Global Financial Integrity. En un desplegado de acciones la Red Latindadd demanda que “la gobernanza global sobre tributación y fiscalidad deje de ser patrimonio de los países ricos del norte aglutinados en la OCDE, el G20 y la Unión Europea. Dicha gobernanza debe tener un carácter incluyente y democrático, por lo que los países del Sur deben tener participación en igualdad de condiciones”.

Según Walter Rostow (representante del liberalismo) el interés estadounidense “consiste en mantener un contorno mundial para los EE. UU. dentro del cual su sociedad pueda seguir desarrollándose (…) Esta definición (…) incluye la protección física del país, pero la protección del territorio propio se considera esencialmente como un medio más amplio: la protección de un modo de vida…”: esa y no otra es la pretensión del imperio que cuenta con la complicidad de las oligarquías latinoamericanas.

Pero a esta altura permítasenos señalar que sabíamos, con abundancia de pruebas y ejemplos, qué papel jugarían las fuerzas de derecha para hacerse otra vez con los gobiernos regionales, recurriendo a la ayuda de Washington, sus agencias y agentes, para recuperar la dirección política de los Estados que le dieran beneficios al imperio, las trasnacionales y las burguesías locales.

Como campo experimental de la futura humanidad -haciendo a un lado sus propias falencias y las predicciones sobre agotamiento del modelo de dominación, que se sostiene básicamente por el sustento que le da el complejo industrial-militar-, más allá de los análisis anunciando la catástrofe y el final de su era de dominio, no podemos sentarnos en la puerta a esperar que pase el cadáver de nuestro enemigo.

Tampoco hacer una apuesta única al competidor del imperialismo creado en 2014 por el presidente chino, Xi Jinping, y la reunión en Santiago de Chile con la que prosigue su estrategia de vinculación con nuestra región en el contexto de “la franja económica de la ruta de la seda”.

Desde nuestro punto de vista debemos responder con inteligencia al desafío de clase que nos formula la derecha, que enfila sus baterías sobre la mayoría y que se proyecta como modelo de futuro.

Y con los gobiernos progresistas, populistas o como quiera llamárseles no hemos tenido un horizonte de futuro socialismo y ni siquiera emprendimientos anticapitalistas de mediano aliento. O dicho de otra manera: “sin disputa de poder no hay cambio histórico, hay cambios de administración…”

La pregunta que surge es de si a las dictaduras se las vencía exigiendo instituciones y mayores libertades, ¿con qué instrumental se combate ahora? Salta a la vista que ciertas herramientas ya no sirven, no alcanzan para agitar a las masas; existe un desgaste por quienes abusaron del “ala izquierda”, para acercar el voto de sectores populares, y giraron a la derecha al instalarse en el gobierno, controlando al gabinete económico para seguir funcionando con modelos neoliberales atenuados.

No es opción actual el depositar la libertad en una organización dirigida por una élite de militantes supuestamente instruidos, conscientes y experimentados que se ofrecen como guías y terminan como jefes.

El futuro de nuestras sociedades pasa por una democracia directa de abajo hacia arriba que no se asienta en ninguna forma de capitalismo como pretende la revisión que ofrecen el neoliberalismo o el reformismo socialdemócrata. Si esto ocurriera estaríamos creando un nuevo estamento de dominación propenso a creer en su propia supervivencia como un fin en sí mismo que busca perpetuarse en un gobierno que le asegura supervivencia.

Hace varias décadas que Bettelheim -con gran claridad- sostenía que los cambios sociales verdaderos sólo podrían esperarse y ser eficaces para las grandes mayorías a condición que procedieran desde abajo y sujetos a una permanente y pública contraloría.

No es del caso esperar del pueblo y las fuerzas anticapitalistas una pura espontaneidad, sino que para enfrentar al aceitado aparato actual de dominación no es despreciable contar con un sector esclarecido que en buena medida sirva de guía, lo que seguramente resultará beneficioso. Algo que nos viene del fondo de la historia es del caso recordarlo: un episodio de Revolución Francesa enseña que Jean-Baptiste Robert Lindet, jacobino, miembro del Comité de Salvación Pública -como tal uno de los que votó la muerte del rey depuesto- fue el único integrante que no firmó el acta de acusación contra Danton y se opuso al establecimiento del “reinado del terror” de Robespierre al declarar el 9 de Termidor “No hemos hecho la Revolución en provecho de uno solo”.

Como mi opinión sobre el tema no se acaba aquí, imitando la acción de un bien articulado puñado de “celestes” patrones rurales -acompañados por cámaras empresariales urbanas- agregué un I romano al título, “autoconvocándome” para seguir con un II.

LA DEMOCRATIZACIÓN DE LA POLITICA por Pablo Anzalone*

Que las izquierdas alcanzaran el gobierno en muchos países de América Latina y lo mantuvieran  durante más de una década a través de varias consultas electorales, es un hecho histórico sin precedentes en el continente. Casi sesenta millones de personas dejaron la pobreza y 28 millones la indigencia, medidas por ingresos. Todos los razonamientos que hagamos para entender los avances, los errores, las limitaciones de las políticas llevadas adelante, no deben perder de vista ese hecho trascendente en sociedades profundamente desiguales.

Olin Wright propone dos preguntas a toda propuesta de transformación de las instituciones existentes: a) ¿mejora la vida de las personas ahora? b) ¿nos mueve en dirección a una sociedad más justa y humana? No por evidentes pueden dejarse de lado estos parámetros para iniciar una reflexión crítica.

Las recientes derrotas de la izquierda en Brasil, Argentina y en las elecciones parlamentarias de Venezuela, hacen imprescindible un análisis crítico y autocrítico.

Las visiones lineales de la historia hace tiempo demostraron su escasa eficacia para analizar los hechos. Ni la idea del desarrollo incesante de las fuerzas productivas y su contradicción inevitable y superadora con las relaciones de producción como motor de la historia, ni las concepciones instrumentalistas del poder como un objeto a tomar, resolviendo “mágicamente” desde esa acción el conjunto de contradicciones y desafíos de la transformación social. Por el contrario un análisis de procesos complejos requiere ver los escenarios globales y nacionales, las transformaciones en las estructuras, tanto económicas como culturales y políticas y también las fuerzas en pugna, las prácticas sociales que son condicionadas por dichas estructuras pero a su vez pueden influir sobre ellas y transformarlas.

Para el análisis de los “progresismos” en América Latina resulta necesario incorporar tres tipos de protagonistas: los gobiernos, los partidos y las fuerzas sociales. ¿Se fortalecieron, se debilitaron, se dividieron, se unieron, ampliaron su base de apoyo, lograron objetivos específicos que se planteaban, generaron procesos nuevos de acumulación de fuerzas? Las visiones que reducen las respuestas de estas preguntas a sí o no, blanco o negro, amputan la riqueza de estos procesos y dificultan una autocrítica seria.

Un plano a considerar es el debate ideológico, la lucha por la hegemonía en materia cultural. Vivimos en sociedades conservadoras, donde los proyectos revolucionarios fueron derrotados muchas veces, con largas dictaduras que dejaron su huella y un neoliberalismo avasallante ideológicamente. El triunfo electoral de la izquierda coexistió con esa influencia cultural conservadora. Muchas veces, la subestimación de las batallas ideológicas en aras de un pragmatismo o una visión tecnocrática, termina reafirmando muchos valores del neoliberalismo y debilitando “el espíritu de los cambios”. La subjetividad no es un aspecto menor de los procesos sociales, ni una consecuencia más o menos directa de las mejoras en la condición socioeconómica.

Boaventura de Sousa Santos en el primer número de Dínamo lanzaba una afirmación fuerte “Es verdad que el progresismo fue hecho con las maneras antiguas de hacer política y por eso los resultados están ahí. Y facilitaron realmente la entrada de la derecha”.

Tal vez lo más interesante es desmenuzar cuales fueron las formas nuevas o antiguas de la política en estos procesos, qué tanto dejaron incólumnes las estructuras políticas tradicionales y cuánto lograron cambiarlas.

La democracia debe ser reinventada, dice Boaventura, con creatividad, desarrollando nuevas formas de hacer política donde las organizaciones sociales participen activamente en consultas e implementación de las políticas públicas. Esta democratización de la política  debe alcanzar también a los partidos. “Es una manera totalmente distinta de hacer política y además la única que puede impedir que el dinero domine las decisiones  político-partidarias y lograr que la corrupción deje de ser endémica”. De esta forma se abre una articulación posible entre democracia representativa y democracia participativa.

Otros pensadores importantes como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe proponen la radicalización de la democracia como estrategia finalista retomando a Gramsci para replantear la lucha por la hegemonía, sin “leyes necesarias de la historia”, ni sujetos esenciales a priori. Este enfoque incluye  las batallas tácticas y va más allá para “redefinir el proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia; es decir, como articulación de las luchas contra las diferentes formas de subordinación —de clase, de sexo, de raza, así como de aquellas otras a las que se oponen los movimientos  ecológicos, antinucleares y antiinstitucionales”.

Un artículo interesante de Franciso Panizza señalaba hace ya unos años que la profundización de la democracia es uno de los nudos centrales de los procesos latinoamericanos bajo gobierno de las izquierdas. De su análisis de las lógicas democráticas de representación surge una clasificación en partidistas, societarias y personalistas. No son excluyentes dice Panizza y todas ellas aisladamente tienen peligros para la democracia. Sin duda la lógica partidista es dominante en la democracia liberal. Pero el monopolio partidista de la representación puede conducir a la colonización del Estado por los partidos bloqueando la integración de otros actores al sistema político, creando verdaderas partidocracias o tecnocracias distanciadas de la población. No olvidemos la influencia de las desigualdades estructurales en el ejercicio de los derechos políticos incluyendo los mecanismos no democráticos en la financiación de partidos y campañas electorales. Por otro, lado la lógica de representación  societaria pone el énfasis en la sociedad civil como ámbito privilegiado de la democracia y la lógica de representación personalista se apoya en el liderazgo donde juegan componentes afectivos e identitarios. Panizza sitúa una gran tarea común a los gobiernos de izquierda latinoamericanos, la “democratización de la democracia”  cuya implementación sea diferente en cada país.

Democratizar el Estado y la sociedad son cuestiones interdependientes.

Democratizar la política incluye ambas dimensiones, porque ella no puede reducirse al Estado, sino que también abarca una buena parte del accionar de las organizaciones sociales y a los partidos. Si los partidos son organizaciones sujetas al poder unipersonal u oligopólico de un puñado de dirigentes, si sus militantes, adherentes o votantes no tienen opciones para participar de sus discusiones y decisiones, si las distancias entre dirección y bases son muy grandes, si los colectivos no tienen formas de contralor ético y político sobre sus representantes, hay grandes posibilidades de que las estrategias que lleven adelante no contribuyan a la democratización profunda de la sociedad. Algo similar aunque con características propias puede suceder con los movimientos sociales. Las políticas públicas pueden ser mucho más que decisiones gubernamentales, sino construcciones compartidas por distintos actores.

Romper con el patriarcado, con el racismo, con la discriminación etaria y por orientaciones sexuales, con la estigmatización de los adictos, con la violencia cotidiana en el hogar, en el deporte, en la sociedad, construir una convivencia distinta, no son aspectos menores,  secundarios frente a las cuestiones económicas. No son cuestiones privadas, separadas de la política y el Estado. Forman parte esencial de la agenda política a gestar, tanto en sus dimensiones tácticas, en las luchas actuales, como también en el horizonte de proyectos societarios distintos al capitalismo tardío que vivimos hoy.

Pensar la economía es otro capítulo de las reflexiones sobre democratización. Como decía hace poco Richard Wolff “los adultos pasan la vida en el trabajo y en el trabajo no hay democracia” reivindicando un modelo cooperativo y autogestionario.

Democratizar el Estado significa problematizar la distancia con la población, abrir nuevos y múltiples canales de participación, romper con el “autismo estatal” y con las lógicas clientelísticas de captura del Estado por los partidos. En este campo están  las iniciativas para aumentar la transparencia, garantizar  el acceso a la información, utilizar los medios electrónicos de acceso y participación, el Gobierno electrónico y más aún el Gobierno Abierto.

En Uruguay la participación de los usuarios de la salud tanto en la base como en la conducción del SNIS es una de las claves de la reforma sanitaria, con muchas más luces que sombras. En cambio la creación de Comisiones de Participación por centro educativo, un instrumento fermental para construir procesos pedagógicos más amplios, ha sido resistido desde los ámbitos gremiales y recibió escaso impulso desde las autoridades. Vale insistir que la participación social no puede reducirse a la elección de representantes. Un punto central es el desarrollo de prácticas colectivas, de procesos amplios donde la población participe como protagonista de las transformaciones.

Mucho antes de acceder al gobierno nacional la izquierda promovió estrategias de  Descentralización  Participativa, con base territorial. Existe  una larga experiencia en este sentido y constituye un grave error desestimarla  desde la política nacional en estas nuevas etapas. La descentralización participativa implica nuevas formas de distribución del poder y la construcción de nuevos poderes, la gestación y/o fortalecimiento de actores comunitarios, la consulta a la población y su involucramiento en las decisiones, la cogestión entre la comunidad y el Estado de emprendimientos y servicios. Acotarla a los temas locales es una forma de impedir su profundización. Por el contrario lo local, lo departamental y lo nacional deben articularse para responder a los problemas de la población en cada territorio y eso incluye las posibilidades de participación democratizadora. El Presupuesto Participativo, las Asambleas de Salud, las Redes de salud, de infancia, de adultos mayores, de medio ambiente, son ejemplos muy ricos sobre los cuales hay que reflexionar críticamente e innovar creativamente. Desarrollos teóricos como los de Planificación Participativa y Gestión Asociada constituyen aportes a integrar en estos debates.

La financiación de los partidos y las campañas electorales es uno de los nudos que pone en evidencia los mecanismos por los cuales el dinero, el poder económico, incide en la política. La corrupción se vuelve estructural en algunos contextos, afectando al conjunto del sistema político. Pero aún en los casos en que no alcanza esas dimensiones,  el dinero es un gran factor de poder antidemocrático en la política. En Uruguay vemos las financiaciones anónimas que tuvo el Partido Colorado, las donaciones empresariales que predominaron en las finanzas del Partido Nacional pero que también llegaron al FA, las donaciones encubiertas por el cobro de tarifas diferenciadas por parte del oligopolio de la TV, la incapacidad de la Corte Electoral para realizar los controles mínimos sobre lo declarado por los partidos. Son aspectos que afectan la calidad de la democracia. Los principios de transparencia y rendición de cuentas han tenido muchas dificultades para implementarse efectivamente.

La reducción de la política a la gestión de gobierno es un grave problema para la izquierda. Las distancias y los sistemas de relaciones que el Estado genera en relación con la población encasillan la política adjudicando roles bien acotados: elegir los gobernantes cada 5 años. Durante el resto del tiempo los ciudadanos son espectadores conformes o críticos y las fuerzas sociales desarrollan sus reivindicaciones específicas.

La política como acción colectiva y de masas sobre problemas de la sociedad no puede perder relevancia por el hecho de que la izquierda llegue al gobierno. Por el contrario debería dar un salto en calidad. Ni encerrados entre las cuatro paredes de la institucionalidad, ni anémicos apéndices del gobierno, las organizaciones políticas pueden  ser un centro de prácticas políticas hacia y con la población, con capacidad de iniciativa y movilización ciudadana, un dinamizador de ciudadanía activa y a la vez estructuras democráticas y participativas a su interna. Las fuerzas sociales son parte central de la lucha por una hegemonía antineoliberal, integrando demandas distintas en proyectos comunes, defendiendo sus intereses particulares pero desplegando también propuestas y acciones sobre los problemas generales.

Los gobiernos, los partidos y las fuerzas sociales pueden, desde sus roles, características y contradicciones, pero en alianzas, sumando fuerzas, promover formas de hacer política que salgan de los moldes tradicionales, que los superen o los complementen. Ese tipo de prácticas requiere cambios en las estructuras políticas del Estado y a la vez son condición para esas transformaciones.

*Publicado en DÍNAMO/La Diaria

http://ladiaria.com.uy/media/editions/20160613/la_diaria-20160613-dinamo_2.pdf

Gabriel Delacoste comparte su visión sobre el futuro

Gabriel Delacoste en el espacio de preguntas y respuestas da su visión del futuro. La mesa redonda, dedicada a la democratización de la sociedad estaba integrada también por Gustavo Gómez y Adriana Cabrera y moderada por Virginia Martínez. Organizada por un grupo de frenteamplistas independientes se realizó en la Huella de Seregni en el marco del ciclo de debates La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda.

Gabriel Delacoste durante el espacio de preguntas y respuestas

Gabriel Delacoste en el espacio de preguntas responde sobre el futuro del Frente Amplio y la izquierda en el Ciclo de Debates, La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda. La mesa redonda, dedicada a la democratización de la sociedad estaba integrada también por Adriana Cabrera y Gustavo Gómez y moderada por Virginia Martínez. Se realizó el 26 de noviembre de 2015 en la Huella de Seregni.

Gabriel Delacoste en la mesa redonda sobre democracia

La quinta mesa redonda del Ciclo de debates: La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda estuvo dedicada a La democratización de la sociedad. Frente a la pregunta ¿qué cambios políticos y jurídicos son necesarios para profundizar la democracia? intervinieron como panelistas Adriana Cabrera, Gustavo Gómez y Gabriel Delacoste. Moderó el panel Virginia Martínez. La actividad tuvo lugar en La Huella de Seregni el jueves 26 de noviembre de 2015.

Andrés Dean responde sobre la aplicación del modelo de Roemer en las empresas públicas

Momento de respuestas durante la mesa redonda destinada al modelo económico del ciclo de debates, “La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda”. En la misma intervinieron los economistas Andrés Dean, Andrea Vigorito, Alberto Couriel y Carlos Viera. Se realizó el 5 de noviembre de 2015 en La Huella de Seregni.

El economista Andrés Dean responde sobre el monto que implicaría una renta básica universal

Momento de respuestas durante la mesa redonda destinada al modelo económico del ciclo de debates, “La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda”. En la misma intervinieron los economistas Andrés Dean, Andrea Vigorito, Alberto Couriel y Carlos Viera. Se realizó el 5 de noviembre de 2015 en La Huella de Seregni.

Carlos Viera en momento de preguntas

Mesa redonda sobre modelo económico durante el ciclo de debates: La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda.
Como panelistas participaron los economistas Andrea Vigorito, Andrés Dean, Alberto Couriel y Carlos Viera.

Andrea Vigorito responde a Lucía Lago sobre el rol de la economía y la política

Momento de preguntas y respuestas durante la mesa redonda destinada al modelo económico en el ciclo de debates: La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda. En la huella de Seregni, el 5 de noviembre de 2015.

Alberto Couriel responde durante la mesa redonda dedicada al modelo productivo

Momento de preguntas durante la mesa redonda destinada a modelo económico del ciclo de debates: La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda. En la misma participaron los economistas Andrea Vigorito, Andrés Dean, Carlos Viera y Alberto Couriel.

Carlos Viera sobre modelo económico

Intervención del economista Carlos Viera en la mesa redonda sobre modelo económico durante el ciclo de debates: La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda el 5 de noviembre de 2015 en la Huella de Seregni. Particiaron también Andrea Vigorito, Alberto Couriel y Andrés Dean. Moderó Lucía Lago.

Intervención de Andrés Dean durante la mesa sobre modelo económico

Intervención de Andrés Dean durante la mesa sobre modelo económico en el marco del ciclo de debates: La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda. La misma tuvo lugar en la Huella de Seregni el 5 de noviembre de 2015. Participaron también Andrea Vigorito, Alberto Couriel y Carlos Viera. Moderó el debate Lucía Lago.

Intervención de Andrea Vigorito durante la mesa redonda sobre modelo económico

Mesa redonda del 5 de noviembre de 2015, en el marco del ciclo de debates “La crisis del capitalismo, una mirada desde la izquierda” en la que intervinieron junto a Andrea Vigorito, Andrés Dean, Alberto Couriel y Carlos Viera. Fue moderado por Lucía Lago y tuvo lugar en La Huella de Seregni.