LA SINIESTRA INDUSTRIA FARMACÉUTICA por Ignacio Martínez

No pongo en dudas el formidable papel que cumplieron y cumplen las vacunas en la salud de las personas. Desde la antirrábica, hasta la antivariólica que terminó con la viruela, desde la BCG contra la tuberculosis, hasta la antipoliomielítica, esta parte de la ciencia ha estado al servicio de la humanidad.

Lo terrible fue cuando los grandes laboratorios químico-farmacéuticos se separaron de los principios éticos sobre los que reposa la ciencia al servicio de la gente, y fueron dominados por los principios especuladores de la investigación al servicio del comercio, el enriquecimiento, el poder y las ganancias. En las últimas décadas hemos asistido a un proceso de comercialización de vacunas donde hubo, entre otras cosas, diferentes puntos de vista de médicos, químicos y científicos en general. Veamos.  

**Han aparecido enfermedades cuyo origen discutible también admite que pudieron haber sido creadas en laboratorios. Este ha sido el caso del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida o la gripe AH1N1 o la Hepatitis B y la C o el Ébola, para nombrar las más conocidas.

**Luego se crea una suerte de psicosis, como ha sucedido con la pandemia universal del Coronavirus, al tiempo que, mágicamente, lanzan una vacuna o un tratamiento, cosa que aún no ha ocurrido con este reciente flagelo.

**A partir de ese momento imponen la obligatoriedad de la vacuna por medio de leyes y la complicidad de Ministerios y Academias, como ha ocurrido con la vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH).

**Inmediatamente las empresas farmacéuticas deslindan responsabilidad acerca de las consecuencias que pueden acarrear esas vacunas que ellas mismas imponen, llegándose al punto de hacer firmar a los padres de las niños, siguiendo el ejemplo del papiloma, para que sean los que se hagan responsables frente a cualquier situación inesperada.

Hay una realidad incuestionable que muestra la diferencia entre la ciencia al servicio de la Humanidad, o al servicio de las ganancias de las  empresas. La industria químico-farmacéutica pone trabas para acceder a medicamentos más baratos. Hoy facturan más de 600 mil millones de dólares. Sin embargo, simultáneamente, alrededor de 14 millones de personas mueren por enfermedades infecciosas y parasitarias que podrían ser perfectamente tratables por los medicamentos que las multinacionales están en condiciones de proporcionar. La paradoja es que las vacunas están en manos monopólicas, el mercado está expuesto exclusivamente a esas vacunas, pero las poblaciones más pobres del mundo no acceden a ellas porque no las pueden pagar.

Acá aparece el oscuro mundo de las marcas y las patentes que dan poder a no más de 10 complejos farmacéuticos, para controlar el 60 % de la comercialización de medicamentos en el mundo. El Acuerdo sobre los derechos de propiedad intelectual de la Organización Mundial del Comercio (OMC) estableció reglas para los precios de los medicamentos y sus patentes, pero el poder y la concentración de la industria farmacéutica no ha cesado de crecer y de imponer sus conveniencias. Las grandes empresas son de origen estadounidense, alemán, francés, suizo, inglés y sueco.

Los medicamentos deberían concebirse como bienes sociales y no como mercancías. Si así fuera, la mortalidad por enfermedades perfectamente atendibles y curables en el mundo, se reduciría notablemente.

¿Qué papel debe jugar la OMS ahora frente a este nuevo flagelo Covid -19? Debe alentar la investigación urgente, pero al mismo tiempo debe exigir que las fórmulas que resulten para la vacuna o los medicamentos, se hagan públicas, de acceso universal, procurando su fabricación a escala planetaria, donde cada país pueda dedicar expertos, infraestructura y capitales para su rápida fabricación, distribución y suministro. Este sería uno de los grandes avances de la Humanidad, al día siguiente de la finalización de la cuarentena y el hallazgo de la medicación.

La OMS debe alentar a la colaboración entre las naciones y los científicos. Debe exigir, junto a la ONU, el fin de los bloqueos a países como Cuba que han dado cátedra del internacionalismo humanitario y está al frente de la investigación médica. Para adentro, la OMS deba limitar la incidencia enorme y nefasta que ejercen sobre ella las mismas corporaciones mercantilistas de los medicamentos. De abajo hacia arriba, los colegios médicos, los ministerios de salud, las universidades nacionales, los pueblos organizados, deben sumarse a este tipo de reclamo. Las pandemias son mundiales. Que las curaciones también lo sean.

Artículo publicado en la contratapa del Semanario Voces 16 de abril 2020  

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