VIOLENCIA DIGITAL Y PANDEMIA por Adriana Cabrera Esteve

La generación de los Baby Boomer conoció formas de comunicación por las que se debía pagar bastante más que ahora. A muchas y muchos se nos advertía sobre el uso prolongado del teléfono para que las cuentas de ANTEL fueran accesibles para el núcleo familiar, no se nos permitía realizar llamadas de larga distancia, y más acá en el tiempo, ya adultes, no podíamos abusar del uso de Internet ya que la cuenta se sumaba a la del teléfono. Las redes sociales, los smartphones, las nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TICs) y las políticas de conectividad impulsadas por el gobierno anterior fueron resolviendo ese problema. En la actualidad podemos realizar videoconferencias y las conversaciones de larga distancia dejaron de ser un problema. Estamos hipercomunicades sin grandes costos extras. La masividad del uso de las redes sociales ha irrumpido en nuestras vidas sin que tuviéramos tiempo de analizar sus posibles consecuencias. Permitieron en un principio la democratización de la información, la fluidez en la organización, mayores convocatorias y obraron como caja de resonancia de las denuncias y demandas. Al tiempo que espacios como Wikipedia han democratizado el acceso y la producción del conocimiento.

No habíamos terminado de disfrutar el proceso de democratización que ofrecían las redes cuando ya tuvimos que enfrentar el proceso de manipulación.

Sabemos que lo que se comercializa son nuestros datos, nuestra sensibilidad, nuestras percepciones, nuestros gustos, nuestras opiniones. Cuántos clics hacemos en una u otra historia o imagen es lo que operacionalizan las grandes compañías que poseen las redes. Mientras, aceptamos como natural que Facebook nos pregunte todo el tiempo qué estamos pensando y que Twitter nos pregunte qué está pasando. Brindamos al mundo información sobre nuestra vida privada al tiempo que nutrimos de datos el conjunto de algoritmos que nos hacen interactuar con los que piensan parecido a nosotros y nos aíslan de los que piensan diferente. Es un fenómeno nuevo. A las lógicas algorítmicas de la comunicación debemos sumarle las estrategias de manipulación de algunas asociaciones a través de la contratación de trolls o perfiles falsos, verdaderos mercenarios de la comunicación, que han ido cambiando las formas de relacionamiento en las redes, minando la información de fake news o noticias falsas, difundiendo una publicidad paralela en la que desde el anonimato se puede agredir y acosar a los y las que piensan diferente, sumiendo en la desinformación e incentivando el odio en una parte de la sociedad e intentando el aislamiento de la otra. El bloqueo es la nueva forma de invisibilización. Como afirma Rita Segato, la gran malla de conectividad está dividida por un muro de Berlín, y no sabemos qué sucede del otro lado del muro y no podemos llegar allí con un debate abierto. Al mismo tiempo, los usuarios de las redes adquieren una sensación de omnipotencia y el trato difiere por lejos del que podrían tener en un diálogo cara a cara. Se tiende al narcisismo, a no aceptar el disenso, a querer arrebañar en base a la construcción de un enemigo. Esa cultura de la enemistad tiende al fascismo.

Las redes son un espejo de los clivajes existentes en la sociedad.

Por un lado entre los efectos de la manipulación y la intimidación está el de perpetuar los roles de género tradicionales por el convencimiento o por las diferentes formas de violencia, moral, simbólica, psicológica. En la actualidad, las nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TICs) ofrecen un nuevo espacio de violencia basada en género y generaciones.

El acoso por ejemplo, es una de las formas que adquiere la violencia digital de género en el espacio público con un perpetrador desconocido. Han sido estudiadas otras. El sexting o intercambio de fotos y videos de tipo sexual que pueden ser usados por segundas o terceras personas sin el consentimiento de la primera. El grooming o establecer vínculos entre una persona adulta y un menor con consecuencias de abuso por parte de la primera. El cyberbullying o acoso psicológico a través de internet. El cyberacoso sexual puede ser esparcir rumores mediante la utilización de perfiles falsos, teléfonos descartables o correos electrónicos. Riesgos de privacidad como usurpación de contraseñas, geolocalización, control de publicaciones y amistades.

  Otro de los efectos de la manipulación, lo estamos viviendo ahora en este momento de crisis. Es el del accionar, cual un ejército de espías dormidos, de un conjunto de opinólogos destinados a ocupar las redes e intentar desacreditar la información brindada por mujeres y hombres de ciencia o por los medios de prensa que reproducen los datos, la mayoría de las veces brindados por el mismo Estado. Se construye así una posverdad, una “plataforma de pensamiento irracional” al decir de un amigo, con el que deberemos lidiar para construir una cultura de cuidados en la que el derecho a la vida humana prevalezca.

Publicado el 15-4-2021 en El Diario Médico

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