A proposito del derecho de asilo y refugio

Por Milton Romani

Escribi este artículo en La República en el año 2000 cuando conoci a Luce Fabbri. Hay un entretejido familiar, ideológico y académico que me parece interesante compartir a la hora de reafirmar el derecho de asilo como tradición del Uruguay y como marca distintiva de la politica exterior.

 Luce Fabbri

Jamón con melón era el almuerzo frugal que degustaba plácidamente cuando la conocí. Hace de esto cuatro años. Mi padre me había anunciado que, después de tantos años, la tía Celia estaba en Montevideo y, como una referencia familiar para mí desconocida, dijo: está parando allí en la calle Juan Jacobo Rousseau, en la casa de Luce. Los hilos familiares me llevaban a conocer a esta mujer, que los registros académicos la extrañaban hacía cinco años como docente de la Facultad de Humanidades, docencia sólo interrumpida por la persecución de la dictadura. Un referente del movimiento obrero, del anarquismo, de la historia y la literatura, seguía, sigue, regalando docencia.
Docencia y debate

En ese encuentro me contaría que, cuando llegó a Montevideo en el 29, proveniente de Francia (primer país donde recaló luego de abandonar, sola, la Italia fascista y donde esperó reunirse con el resto de su familia) bajó del barco y “los compañeros ya habían avisado y estaba esperando Antonio Destro con su auto”. Ella, que no hablaba español, quedó cara a cara con la hija de Destro, una muchacha de su misma edad con la que serían amigas toda la vida. Celia Destro, mi tía. Amistades que se construyen en la solidaridad y en el afecto compartido. En este nuevo encuentro entre jamón y melón se ampliaba y expandía agradablemente. Saludé a la tía Celia que con sus 86 años me dijo, cargándome y con una dulce sonrisa: “Pibe, vos sí que estás más viejo y más gordo”. Ya instalado comenté, entre otras, que había compañeros historiadores investigando la época de los anarquistas y del movimiento obrero…

No me lo diga –dijo Luce–, ahora con ese asunto de la historia oral, me vienen a ver a cada rato. ¡Ah! ¡Imagínese, tengo 88 años! Pensativa, agregó: “Desgraciadamente les interesa lo malo del anarquismo”. Yo sabía que se estaba refiriendo a los anarquistas expropiadores. Sobre los cuales, durante y después, hubo una gran polémica. Ella continuaba el debate. Lo expuso en el filme “Acratas” que se está exhibiendo. Sabía también, por compañeros viejos del PVP, que el debate que dividió aguas en la FAU fue a raíz de la Revolución Cubana. Mientras que para algunos compañeros se trataba de una experiencia que rompía con algunos códigos, para Luce era una reedición de las deformaciones burocráticas y autoritarias. Su indeclinable postura con respecto a cualquier tema no le hacía perder ni la amabilidad, ni la dulzura, por sobre todo el sentido del compañerismo, de la amistad fraterna y de la solidaridad profunda. Eso sí, no eludía ninguna polémica, algo que en el Uruguay actual parece raro, extraño: debatir sin miedo a la confrontación. Hoy en día parece que cualquier discusión es la amenaza de un conflicto violento y se elude, se apela siempre a la dudosa e impertinente “tolerancia”. El tierno relato que ella hace en el filme citado, sobre Simón Radowisky es testimonio de esa actitud tan suya. Lo rescata en su dimensión humana y también en su acto heróico. Al mismo tiempo, polemiza. Solvencia intelectual, coraje y capacidad para discriminar. También afecto.

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Una clase magistral

“En Italia me editaron un libro sobre la biografía de mi padre… mire, lo tengo por acá: ‘Luigi Fabbri, Historia d’ un Uomo Libero’”. En la tapa del libro una foto de cuatro hombres que posaban desde la cubierta de un barco. Me preguntaron, Luce y tía Celia si conocía a alguien en esa foto. Identifiqué al tío Antonio. Se trata de los cuatro deportados del año 33, que la dictadura de Terra expulsó por la fuerza. Parte de la persecución contra los anarquistas y una colaboración activa (coordinación represiva ya en aquellos años) con Mussolini. Atrás de la foto original (que me mostró) unas líneas manuscritas: “All’ amico e compagno Luigi Fabbri, indimicablemente…” y firman Hugo Treni, Antonio Destro, Barca Giacomo, Julio Stepani a bordo dell’Oceania, 16-12-33. Más abajo, una anotación de una inclaudicable historiadora señala (“deportati in Italia dalla dittadura di Terra-Uruguay). Para más datos se agrega: “Hugo Treni é Ugo Fedeli”.

Luce develaba un enigma familiar que poblaba mi niñez. Mi viejo relataba desde añares un personaje muy querido de su propia infancia, refugiado italiano, llamado Hugo. Vivió en un apartamento de los Pasajes de Rocha, casa por medio a la de mi papá. Su militancia antifascista era de las cosas que se comentaban con discreción en el barrio. Mi viejo lo admiraba: “escribía para varios periódicos europeos, dominaba varios idiomas, un bocho…”. Obrero mecánico, había llegado huyendo de Mussolini y trabajaba en el Frigorífico Modelo. Luce cuenta: “era un autodidacta, dominaba varios idiomas y era un escritor implacable contra el fascismo, por eso era perseguido”. Con paciencia docente, agrega, entre feta y feta de jamón, con ese español apenas matizado con un académico toque itálico “su nombre verdadero era Ugo Fedelli, cruzando los Alpes se refugió en Alemania, trocó su nombre (“el radical Fedel quiere decir “fiel” y como la mayoría de los nombres italianos, terminan en “i” que significa “hijo de”) por el de Treu, que significa lo mismo en alemán” Su clase de idiomas se detuvo en “la peculiaridad de la pronunciación de Treu en alemán, que a diferencia de las palabras alemanas no se pronuncia como se lee, sino que se dice “troi”. El exquisito detalle lingüístico se deslizaba suavemente entre similares trozos de melón. “Ocurre que cuando mandaba sus artículos firmaba en manuscrito treu, y alguien confundió y le puso Treni. De ahí en adelante se lo conoció como tal”.

Emociones y reencuentros

Mi padre lo recordaba llegando con su gran mameluco haciendo el deleite de los pibes del Pasaje. Era un tipo grande que tomaba a los chiquilines y los hacía caminar por su pierna hasta llegar a los hombros proponiéndose como un gran Alpe italiano. Su gran deseo, compartido con su compañera Clelia, era tener un hijo. Y así nació, ellos con edad madura, el pibe, su gran, compartido, amor.

Golpe de Terra, la policía rodeando al barrio. Captura recomendada para Hugo Treni. No lo encuentran y dejan una “imaginaria” de control para prenderlo cuando llegue. El Pasaje Nº 2 alborotado despliega la solidaridad, activa, conspirativa. Clelia pone en una de aquellas viandas, ropa de civil y documentos. Se la pasa por el cerco a la vecina lindera. Y ésta a la otra y a la otra. Uno no puede dejar de seguir viendo “una especie de ola solidaria que hacía navegar esa vianda salvadora” como magistralmente lo describió Luce, emocionada, cuando le conté la anécdota atesorada. Ella fascinada por el relato de la solidaridad de los vecinos salvando a un compañero, yo conmovido por tener una interlocutora válida y por fin encontrar en esa foto al destinatario de dicha acción, el famoso Hugo de los relatos paternos. Cuando la vianda llegó a lo de doña Teresa, esta tuvo una idea: “llamalo al Apolito, nadie va a sospechar de un botija de 13 años”. El designado era precisamente mi viejo que a la sazón contaba con aquellos jóvenes años. Salió por delante de la cana, como bobeando, con la vianda. “Cuando llegué a la esquina doblé y… no me daban las piernas; corrí y no paré hasta llegar al Frigorífico para avisarle a Hugo y darle aquella vianda… Nunca más supe de él… Lo último que me dijo Hugo, fue: ‘cuidá al Falucho’, aquel perro que me había regalado porque se había puesto rabiosamente celoso con el nacimiento del hijo esperado”.

luce FabbriLuce Fabbri supo decirme la verdad que no conocía mi padre; luego de tantos años. Ugo Fedelli fue posteriormente capturado y repatriado junto a los otros tres, con la diferencia de que él fue inmediatamente preso por la policía fascista y enviado a un campo de concentración en la isla de Elba. Allí fueron también confinados su compañera Clelia y el pequeño hijo. Los tres morirían en ese campo de prisioneros.

Autodidactas

Fue tan emotivo aquel encuentro con Luce que me atreví a escribir un relato con pretensiones literarias. Sólo me animé a mostrárselo a ella que lo recibió, leyó atentamente, comentando, señalando y alentándome. Porque era una entusiasta empedernida. En una de las posteriores visitas me preguntó si no tenía algún libro de naturismo o hidroterapia, heredado de mi abuelo y/o tíos que yo había mencionado en mis relatos, a propósito de las ideas naturistas que componían las inquietudes de la cultura anarquista de aquella época. “Porque estoy haciendo una investigación sobre el autodidactismo en el movimiento obrero… la empecé a partir de 1850. Lo que pasa es que ahora parece evidente que todo el mundo tenga primaria y hasta secundaria. Pero el movimiento obrero se formó con gente que luego de trabajar su jornada venía a su casa a aprender. El papel de las bibliotecas obreras fue apoyar una educación popular en muchos planos, pero el papel del autodidacta para aprender en libertad jugó un papel tan importante!” Tenía para ese entonces 90 años. Cuando en conversación telefónica ella me comentó poéticamente la metáfora de aquella ola solidaria que se levantaba por encima de los cercos para ayudar a Ugo, le dije que a mí me emocionaba haberme encontrado con ella y con los relatos de mi infancia. Se rió y compinche deslizó con su suave voz telefónica: “Por eso nos conmueve la historia…” Sospecho que Luce sigue riendo, ahora con más razón y sentimiento… la historia nos sigue conmoviendo.

05 de septiembre de 2000 La Republica (http://www.lr21.com.uy/editorial/21186-luce-fabbri)

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