EL DÍA QUE CONOCÍ A GUILLERMO por Milton Romani Gerner

Eran los primeros días de junio de 1968. Habíamos ocupado el Instituto Miranda. Era uno de los 18 liceos ocupados, mas algunos centros de UTU y también el Instituto de Magisterio.

El movimiento estudiantil uruguayo, tuvo su puntapie inicial con el estudiantado de secundaria, UTU y Magisterio. Ya en mayo algunos habíamos acompañado la 2a Marcha Cañera y habíamos sido reprimidos fuertemente el 1 de mayo frente a la Embajada de EEUU (que, en ese entonces, estaba en Av. Agraciada y Colonia).

Seguidamente retomamos la lucha por el boleto estudiantil que había sido intensa en 1967.

Las movilizaciones callejeras culminaron con la ocupación de todos los centros. Que duraron hasta el 13 de junio cuando Pacheco decretó Medidas Prontas de Seguridad y desocupación por la fuerza de los centros.

Eran ocupaciones abiertas, es decir que había circulación de estudiantes que entraban y salían. Pretendíamos seguir dando clases con lo que llamábamos Contra Cursos, ensayando nuevas propuestas docentes, en general teñidas de latinoamericanismo y combatividad.

Convocábamos a asambleas de padres y docentes.

Teníamos al liceo bajo control estudiantil. Debíamos hacernos cargo de todo, limpieza, mantenimiento, etc. Tuvimos una inundación en la sala de arquitectura y allí vino la foto que salió publicada en un diario progubernamental: nosotros con pantalones remangados, sacando agua y con pinta de fascinerosos. ¨Los destrozos de los estudiantes ocupantes. Vaciaron una piscina y mataron todos los peces¨.

Que bronca nos agarramos. Citamos una conferencia de prensa. Nunca lo habíamos hecho, no teníamos ni idea como se hacía. Pero llamamos a varios medios y vinieron. Entre los periodistas se destacaban dos que vinieron en motoneta y mostraron carnet del diario Acción. Pasen.

Como a la mitad de la conferencia un periodista flaco, algo tímido que me dijo era del diario Hechos (que lo dirigía Zelmar Michelini) me saca para afuera y me dice: ¨Mira (sin acento, no dijo ¨mirá¨) quiero advertirles de algo. Esos dos que están allí no son periodistas. Los conozco a todos, creo que deben ser tiras¨

Efectivamente, cuando los volví a mirar, tenían una pinta de tiras que volaban. Los encaramos de vuelta, ahora en tono amenazante. Efectivamente se habían dedicado a hacer preguntas impertinentes. Les dijimos que se fueran y se fueron corriendo.

Cuando terminamos la conferencia, me acerqué para agradecerle y estrechar su mano. Nos había impresionado mucho su actitud de solidaridad. De quién se había animado a salir de su rol, y se había comportado como un compañero.

Me dijo: mi nombre es Guillermo Chifflet y estoy a vuestras órdenes. Porque él fue siempre muy formal, por aquello que lo cortés no quita lo valiente. Y vaya si fue valiente Guillermo.

Un adiós a Alfredo Pareja Carámbula

Hoy despedimos a un viejo amigo. Compañero de lucha de la vieja guardia, con fuerte convicción libertaria, humanista, tenaz y fraterno. Alfredo estuvo preso en el Penal de Libertad de donde salió a Suecia para tratar su afección pulmonar. La prisión y las torturas recurrentes habían afectado su ya comprometida salud. A partir de entonces, su vida fue una larga lucha por la sobrevivencia en la que una y otra vez ganaba la batalla. No sólo fue un ejemplo en su búsqueda de justicia social, fue también un referente existencial. “Si Alfredo puede, yo también puedo” pensamos algunos en los momentos duros. Licenciado en Psicología y con formación en bellas artes, se dedicó a la tarea de preservar el patrimonio pictórico de su padre. Impulsó el Centro Cultural Miguel Ángel Pareja hoy situado al lado de la vieja estación de tren, en la ciudad de Las Piedras. En los últimos años, eligió acompañar esta aventura de crear un Taller para el pensamiento crítico. Y nos permitió usar la obra de su padre, Miguel Ángel Pareja, “Caballos”, como nuestro logo. Participó al límite de sus fuerzas, como intentando mostrar que la voluntad podía doblegar las limitaciones que le imponía su cuerpo. Además de un hombre inteligente y comprometido, parafraseando a Antonio Machado, fue “en el buen sentido de la palabra, bueno”.